“Sólo aspiraba a ver entre la tierra su cobija”

(Voces del Sismo de 1985)

Por Andrea Basulto García

“Todavía recuerdo la suciedad de mis manos, ensangrentadas y con heridas que ardían. Sentía que ya no tenía más fuerza. Nada de eso importaba porque  lo único que quería era sacar a mi hija de los escombros.”

Claudia Cerna había salido a comprar cosas para preparar el desayuno. Su hija, Isabel, no había ido a la escuela y dormía.

Caminó de regreso a casa cuando comenzó a marearse. Miró hacia arriba y vio como los postes de luz se derrumbaban. No podía correr. La acera oscilaba de un lado a otro y el movimiento impedía su paso.

Las nubes de polvo aparecían a lo lejos. Soltó la bolsa que traía en el brazo y buscó alejarse de los que pronto sólo serían escombros.

El terremoto del 19 de septiembre de 1985, de 8.1 grados Richter, sacudió a la Ciudad de México, el cual dejó, según cifras oficiales, casi 10 mil muertos.

La casa de Claudia, ubicada en la Colonia Roma, entre Zacatecas y Orizaba fue ejemplo del desastre.

En lo único que pensaba era en su hija. Los gritos opacaron el canto de los pájaros y la gente corría y salía de sus casas para salvarse. El único objetivo de Claudia era llegar por Isabel, lo cual no fue posible. A pocos pasos de estar ahí su edificio ya estaba en ruinas.

« Me acerqué y corrí desesperada a los escombros. Nadie me ayudaba. Todos estaban en pánico. Sólo escuchaba el llanto y las sirenas de las ambulancias. Traté con todas mis fuerzas mover los grandes pedazos de piedras, rasguñaba los escombros. A pesar del bullicio me concentraba en la voz de mi hija y aspiraba a percibir un grito, ver entre la tierra su cobija. Abrazarla y decirle que su mami estaba sólo por ella. No fue posible ».

Su desesperación era notoria.

Elementos de Protección civil llegaron al lugar y se acercaron a ayudarla. Claudia estaba en ‘shok’. Le faltaba el aliento. No podía respirar y sabía que en cualquier momento iba a colapsar. Lo único que quería era ver de nuevo a Isabel. Despedirse de ella.

Incomunicada mientras pasaban las horas, su esposo Pedro llegó al lugar. No pudo responder a su llamado. Se encontraba sentada encima del que había sido su hogar durante ocho años. Sintiendo el dolor de las personas. Estaba ahí, viendo como toda una vida se consumaba.

Durante los siguientes diez días en  la Ciudad sólo se escuchaba el eco de los rescatistas y voluntarios haciendo su labor. Lograron salvar a más de 4 mil personas.

Se respiraba la tristeza. Todos sabían que era un día distinto. Muchos no irían a sus trabajos. Otros ya no tenían lugar a donde llegar después de un día largo. El terremoto se había llevado hasta los recuerdos.

Las muestras de solidaridad entre los ciudadanos fue evidente e irrepetible, así como el apoyo de distintos países. Fueron grandes pérdidas. No sólo la de Claudia y Pedro que no pudieron recuperar el cuerpo de su hija, sino la de miles de mexicanos.

Aún no puede con la tristeza. Sigue preguntándose qué hubiera sido de su hija. A treinta años de lo ocurrido honra la memoria de todos aquellos que perdieron la vida y de Isabel Barajas Cerna. Forma parte de las brigadas preventivas y, ahora, comparte su historia.

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