Celina, El Monsi y Poniatowska

(Voces del sismo del 85)

Por Tania Juárez Mora

Sólo bastaron dos minutos para que en la mañana del 19 de septiembre de 1985 se derrumbaran gran parte de las construcciones importantes que conformaban el Distrito Federal, debido a un movimiento natural de las placas tectónicas de la Tierra.

El terremoto dejó sin hogar y trabajo a muchos ciudadanos y, en el peor de los casos, sin familia, sin vida o en calidad de desaparecidos a otros miles.

“Yo no me percaté del temblor. Salí muy temprano y noté que los postes se movían, pero nunca imaginé que se tratara de uno”, relata Celina Mora, quien en esa fecha habitaba en el Estado de México, uno de los lugares que sirvió como alojo para las víctimas del terremoto.

Aquella sensación, que en un principio creyó que provenía de un mareo, cambió por un temor que inundó todo su cuerpo de pies a cabeza, según lo describe Celina, pues al llegar a la Ciudad de México se encontró con que las oficinas en donde trabajaba ya no existían. No tenía conocimiento del paradero de sus compañeros quienes habían llegado con anterioridad a su antiguo trabajo del que sólo quedaron ruinas.

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“No sabía lo que era un terremoto hasta ese momento, ni lo que podía provocar éste, pero al ver los cientos de cuerpos incompletos y la Ciudad en ruinas, supe que se trataba de algo muy malo”, expresa Celina.

Ese 19 de septiembre de 1985 significó un cambio para la vida de muchos mexicanos; entró en su vocabulario usual la palabra terremoto y, en algunos casos, adquirieron el nuevo valor que surgió entre la ciudadanía, como apoyo a los afectados: La solidaridad, que el escritor Carlos Monsiváis menciona reiterativamente en su obra, No sin nosotros. Los días del terremoto.

La obra mencionada y algunos títulos más le sirvieron a Celina de apoyo para comprender el fenómeno del 85 y lo que había ocurrido con las personas que habitaban el Distrito Federal, debido a que en su lugar de origen la única afectación fue el susto y la histeria, sin pérdidas humanas que lamentar.

Pasaron los años y en el 2001 ella se mudó a la Colonia Guerrero en el Distrito Federal. Tenía miedo de su decisión, pues “en el D.F sí hay desastre”. Y se encontraba cerca de una de las historias que más le habían impactado y de su libro favorito sobre el suceso: Nada, nadie: Las voces del temblor, de la escritora Elena Poniatowska.

Se trataba del testimonio de un señor de Tlatelolco, quien salió esa mañana por el pan para desayunar con sus hijas y esposa antes de irse a trabajar. Durante ese lapso sintió un mareo, pero de igual que Celina, no supo que se trataba de un terremoto, y al regresar descubrió que se había quedado sin familia y sin hogar.

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“Me impactó mucho que, en cuestión de minutos, puedas perder todo lo que quieres o has conseguido. Esa historia la traje conmigo y la leía para recordarla en cada conmemoración del siniestro”

Un día, en la Alameda Central, ella platicó con un señor sobre los infortunios de la vida, el trabajo, la economía, el mal gobierno y la familia. Justo al tocar el último punto al señor se le rozaron los ojos y, con la confianza que te puede brindar un desconocido, le contó la forma en que perdió a su familia en el terremoto que sacudió a la Ciudad en 1985.

–Disculpe, ¿a usted lo entrevistó Elena Poniatowska? –preguntó Celina, esperando una respuesta afirmativa, pues todo indicaba que se trataba del testimonio que la escritora incluía en su obra.

–¿Quién es ella? Sólo recuerdo que una vez una viejita chistosa, chaparra y con canas me preguntó cosas sobre mi experiencia en el 85. No sé si se refiera a la misma.

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