Simón Bolívar: La necesaria lucha por la libertad

Por Begoña García Iturribarría

(Ejercicio de momento histórico)

Cartagena, Colombia, un calor abismal que recorre las calles de la ciudad y que emborracha las palmeras con el sol de mediodía. En los balcones, señoras que aprovechan el agradable clima para tender y secar sus prendas en las terrazas, se asoman a la parte superior de las casitas para escuchar de cerca el bullicio del mercado.

 

Transitan por las calles comerciantes que venden fruta, animales, plantas y artesanías. Mientras que otros cargan guacales llenos de mercancías para comenzar la jornada.

 

El aroma a arepas abunda y se combina con el olor a tabaco que viene de las esquinas o parques cercanos a la avenida, dónde dos hombres realizan un breve descanso para dar bocanadas de humo de cigarro mientras juegan dominó.

 

Con las camisas sudosas y sonrisas visibles, mueven las fichas entre risas y entre el desplazamiento se alcanzan a ver sus brazos regordetes de piel morena tocada por el sol del Caribe.

 

Al dejar la calle atrás y llegar a Convento de San Agustín y al puente Calzada, hasta la media luna, se ve la casa del Marqués de Valdehoyos y propiedad de Mariano Montillo.

 

Enfrente de la intriga e incertidumbre por el encuentro, un gran portón de madera y detalles en oro se interponen con las ideas del posible escenario de aquella reunión y la realidad aledaña.

 

La albada color bronce espera a ser llamada para notificar la llegada. La espera a entrar a la casona es breve. Vecinos se asoman por las terrazas. Gente que murmulla mientras señala “discretamente” la residencia.

 

Se escuchan los pasos que se acercan a abrir el portón. No es el general.

Abre la puerta una mujer con delantal- el cuál usa para limpiar su mano izquierda, mientras que con la otra sostiene la chapa de la puerta. Me hace pasar al vestíbulo.

 

No tarda mucho en llegar.  Estrecha su mano y posteriormente ofrece café recién hecho. Nada como un tinto colombiano. Acerca un plato con fruta y arranca dos uvas. No toma café. Nunca fue de su agrado. Acerca una copa de vino casi vacía y da el último sorbo.

 

Los años han pasado para el general, a quien también llaman “El Libertador” o “Culo de fierro”, ya que ha dado casi ocho veces la vuelta al mundo montado a caballo por el solo hecho de liberar a la América milenaria.

 

Se nota cabizbajo, cansado, viejo. Sus pobladas cejas se curvean al momento que empieza a hablar sobre la tristeza y dolor que sintió por el asesinato de Sucre. Sus ojeras delatan lo que después el mismo asegura “No he podido dormir bien desde que llegué a Cartagena”

 

De rasgos criollos, de piel blanca ligeramente dorada por el clima tropical. Innegablemente un hombre americano. De apariencia aristocrática y elegante –sin dejar de ser austero- El Libertador de América, como se le conoce, no le hace honor a su grandeza precedente.

 

Más allá de su obra legada luce como un hombre sencillo e introvertido, pero que sostiene la imagen de un hombre práctico que busca convencer con la razón sin imponerse. Sus palabras tienen un tono desolador pues su llegada a la ciudad había sido difícil. La gente hablaba mucho sobre su arribo, bullicio que trataba de evitar.

 

“Separarme para siempre del país que me dio la vida para que mi permanencia en Colombia no sea un impedimento a la felicidad de mis conciudadanos” dice melancólico  el general Bolívar, que días anteriores había renunciado al Congreso de Colombia, el 27 de abril, debido a su interés en que el bien de la patria exigiera y ayudara a la ciudad de la República. Por lo menos a la paz y la concordia entre los colombianos.

 

Una luz que entra por una pequeña ventana acompaña el diálogo dentro del estudio lleno de papeles y libros de distintos géneros dispersos por el escritorio –entre ellos, su obra favorita Don Quijote-.

 

Simón Bolívar habla y, mientras lo hace, su forma de mover las manos armoniza con sus palabras. Un orador pulcro. “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo por su libertad y gloria. Una emancipación absoluta de toda la América, la edificación de un Estado centralista que logra cohesionar aquello en virtud de la heterogeneidad racial, cultural y geográfica” dijo el general, quien recuerda los detalles de una lucha incasable: El origen de la unificación Latinoamericana.

 

Las arrugas en el rostro son el testimonio del cansancio que dejaron años de lucha como líder militar y político, cargos guiados desde temprana edad por su pensamiento liberal.

Simón Bolívar, quien pasó por innumerables peleas con caudillos, conspiró contra el régimen realista en Caracas; quien realizó campañas libertadoras, fue

 

Consejero y fungió con otros cargos políticos importantes.

Pinturas en los muros, una flauta en una de las mesitas y pequeñas esculturas evidencian a un hombre apasionado, que lejos de hacer política, encuentra particular gusto por la música y las artes.

 

La mujer –quien parece trabajar en la casa, misma que abrió la puerta anteriormente- notifica que la comida está lista. Habían pasado dos horas y el apetito ha quedado adormecido tras la plática.

 

Anuncia que irá en un momento. Antes de pasar al comedor, se levanta. Toma el plato del que anteriormente había tomado fruta al comienzo de la charla. Se levanta mientras dice,  decidido: “Es necesario que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, además de que se nos vería de acuerdo cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria” Hace referencia a las prosperidades destinadas para la América, su mayor aspiración.

 

Ver formar en América la más grande nación del mundo por su libertad y gloria.

 

Al salir del estudio el olor a arepas se expide por la cocina. Extiende su mano. Insinúa la invitación de seguir la plática en el comedor. Al degustar la comida –otro de los placeres que disfruta el general Simón Bolívar-  mazamorra, papelón, hallaca, yuca, vino yacen en la mesa. Saca una fotografía de su bolsillo. Habla de Manuela, su compañera hasta el final de sus días, a quien recuerda con cariño mientras muestra la vieja fotografía. Una lágrima se asoma por sus ojos haciéndolos cristalinos.

 

Al terminar el almuerzo vacía lo que queda de la botella de vino en su copa. Recuerda sus primeros años en Venezuela, a su familia, su formación “informal” y sobre todo, su primer acercamiento a lo que comenzó como un ideal que se convirtió en una lucha. Él es el general Simón Bolívar, un hombre apasionado.

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