No fue secuestro, a Lucas lo mataron

Por Begoña García Iturribarría

 

Consuelo lavaba los platos cuando recibió una llamada a su teléfono celular. Era su hermana Celia que, con voz nerviosa y sollozos, le dio la noticia que dejaría a Consuelo sin aliento.

 

A partir de esa llamada el frío recorrió su cuerpo y la incertidumbre comenzó a sugestionarla. Pensó en su padre, quien padece diabetes y que seguramente estaría muy mal con la noticia.

 

Llamó a su familia y contestó su mamá. A Consuelo le confirmaron la noticia: su tío había sido secuestrado ese mismo día.

 

***

 

Como cada semana, el papá de Consuelo tuvo consulta con el doctor. Fue cuando recibió la llamada de su hermano Lucas. Ambos habían quedado de almorzar en una fonda del centro de la comunidad de Hueytlalpan, en la ciudad de Chilpancingo, Guerrero.

 

Durante ese momento en el que los padres de Consuelo pedían de comer al mesero, notaron que Lucas se veía  nervioso. Volteaba varias veces a los lados como si alguien lo vigilara.

 

Al terminar de comer mencionó que iría a su casa por unos papeles que le habían pedido del Sindicato de Materialistas de Chilpancingo, donde él trabajaba. Se despidieron con un abrazo cálido y terminaron el encuentro como cualquier persona que cree con un “nos vemos al rato” se mantendrá la esperanza de un encuentro a futuro. No esta vez. Después de ese día no lo vieron más.

 

***

 

 

 

Los días de aquel marzo lluvioso y ventoso acompañaron la atmósfera de tensión, miedo y desasosiego. La luz y la comunicación se veían obstaculizadas por el tiempo que azotaba a todo el país. Consuelo –quien vivía en la Ciudad de México– se sentía aún más impotente al no poder comunicarse con su familia en esos momentos difíciles.

 

***

Los hermanos de Lucas, al enterarse del posible secuestro, se desplazaron a Tixtla (a 30 minutos de Chilpancingo) a esperar la llamada de los raptores, debido al problema de interferencia en las vías telefónicas en la comunidad.

 

La esposa de Lucas, Lizbeth, fue a casa de un hombre del pueblo, quién había sido secuestrado años atrás, para obtener cualquier tipo de información que le fuera de ayuda. La tía de Consuelo se encontró en la entrada de aquella casa.

 

Una mujer, esposa de aquel hombre, la recibió y la pasó a la cocina. La mujer hervía frijoles en una olla. En ese momento Lizbeth, que había tomado asiento en una de las banquitas de la cocina, fisgoneaba los objetos que se encontraban en ese sitio hasta toparse con un periódico.

 

Su curiosidad se posó unos minutos en una imagen que aparecía en la primera plana que llamó su atención. “Encuentran a hombre en la Laguna El Resumidero”. Lo tomó con ambas manos y comenzó a hojearlo. Al ver la fotografía su sorpresa fue aún mayor. Era Lucas con heridas de muerte. La imagen resultaba estremecedora.

 

Lizbeth, con el nudo en la garganta, afónica y alterada, tomó el teléfono para comunicarse con Antonio, el tío de Consuelo, para darle la noticia de que Lucas estaba muerto.

 

–¡Toño, Lucas está muerto!

 

–¡No! ¡Es imposible!¡Estas inventando!

 

“Apareció en el periódico, Ése día que lo vi por última vez usaba unos pantalones y unos tenis con los que salió de casa. No es coincidencia”. Lizbeth le platicó a Consuelo la situación en la que aquellos días de incertidumbre habían acabado en una completa tragedia.

 

Consuelo contaba, entre un llanto contenido, aquel momento que la había tenido preocupada por su tío y por la salud de su padre.

 

Los rasgos de Consuelo se crispaban y de pronto suspiros delataban la tristeza que acompañaría a su familia durante toda la vida, ya que como ella lo mencionaba, ese había sido el primer caso trágico en la familia.

 

***

 

Tras la noticia, los hermanos de Lucas llegaron al Servicio Médico Forense de Chilpancingo en dónde se encontraba el cuerpo de Lucas. Antonio, su hermano, pasó para reconocer el cuerpo y tiempo después Lizbeth llegó. Era un hecho, Lucas estaba muerto y había sido torturado. Tenía diversas heridas en el rostro hechas con un objeto punzocortante.

 

De inmediato trataron de comunicarse con la familia, sin embargo, debido a la falta de señal por la tempestad se dificultaba la comunicación por teléfono. Después de varios intentos lograron comunicarse con Faustino, hermano de Consuelo, notificándole lo ocurrido y advirtiéndole una espera larga que les tomaría llevarlo a casa debido a la infinidad de trámites para trasladarlo al pueblo

 

Consuelo platica la sensación que tuvo al escuchar la dura noticia que la petrificó por un momento,  que la  afligió al pensar en la salud de su padre.

 

***

 

En ese momento y con lágrimas en los ojos sabía que tenía que ir para Guerrero. Dinero, un suéter, una maleta con comida, cepillo dental, fueron objetos que tomó y guardó en una mochila, además de su celular que llevaba en la mano para comunicarse con Celia.

 

Ambas se encaminaron a la estación de autobuses. Entre lágrimas, un viento duro y fatigoso, las acompañó hasta la central en donde esperaron media hora para partir a su pueblo.

 

Al llegar, Daniel, su vecino, pasó por ellas. Su piel morena lucía pálida y estaba anonadado por la terrible situación que nubló al pueblo de Hueytlalpan.

 

Celia y Consuelo, con el cabello y ropa mojada, con los ojos hinchados, miedo y ansías de abrazar a su padre que había perdido a su hermano, llegaron a casa de su abuela.

 

Su abuela, una mujer de edad avanzada, llevaba puesto un rebozo en la cabeza color azul y lloraba mientras un rosario curveaba su muñeca “No es posible que mi hijo menor haya muerto y yo siga con vida”.

 

El papá estaba en el patio trasero. Mientras la mamá de Consuelo y su hermana se desahogaban con la abuela, ella salió a abrazar a su padre. El encuentro de Consuelo y su padre no hubo palabras. El abrazo más esperado liberó en ella una sensación de tristeza y al mismo tiempo calma. Trató de contenerse para dar ánimo a su padre. Él no lloraba, estaba bien de salud, pero la tristeza era evidente.

 

***

 

Le habló del último almuerzo juntos, en dónde, sin saberlo, se dijeron adiós.  “Tu tío dijo que me iba a cuidar, pero quizá se estaba despidiendo. Quizá no me cuidará en vida, pero me cuidaría desde donde estuviera”.

 

El cuerpo llegó a las doce de la noche a la casa de su abuela, donde lo velaron y días después hicieron la misa y el entierro en el pueblo.

 

Consuelo, después de un largo suspiro que la mantuvo entristecida cada vez que recordaba aquellas imágenes, soltó unas palabras esperanzadoras que le devolvían el aliento.

 

“No quisieron hacer la investigación. A todos nos da miedo que se vayan ahora contra alguien más de la familia, sobre todo por mis primos. Sería el cuento de nunca acabar. Y quién sabe, pudieron ser los sicarios o incluso del mismo Sindicato de Materialistas, en donde mi tío trabajaba. Ahora sí que ojalá algún día tenga su merecido aquel que mató o mando matar a mi tío. Ahora sí que como me dijo mi papá, sólo dios sabe porque hace las cosas”.

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