Sergio Pitol: recuerdos de un vecino

Por Leonardo Tenorio

Para Alejandra Rodríguez

I

Conocí a Sergio Pitol hacia el año 2000, cuando llegué a vivir a Xalapa y una amiga en común, Herlinda Ramírez, xalapeña, profesora de la Universidad de Chicago, me pidió acompañarla para realizar al traductor legendario, novelista y diplomático mexicano una sesión de fotos que tenían previamente pactada y que habría de ilustrar una entrevista realizada meses atrás por Herlinda a Pitol para una publicación norteamericana.

     Asistimos puntuales y el maestro, todo serenidad y gentileza, nos recibió en su casa de la calle Pino Suárez, una de las calles más bellas del centro de la ciudad por sus armoniosos tejados y por la delicadeza de su pendiente, rematada al final por una curva que desemboca en el Patio Muñoz, punto de encuentro de jaraneros y demás artífices del son jarocho, que justo aquellos años experimentaba un revival.

     De aquella primera reunión mis recuerdos permanecen algo borrosos. No había muy buena luz y la cámara, que habíamos conseguido prestada, tampoco era, como suele decirse, la gran cosa…

     El escritor nos recibió en su sala y poco después pasamos a su estudio en el segundo piso, vigilado por viejos retratos de escritores célebres, Kafka, Chejov, Mann, Nabokov, Paz, entre una veintena más –incluido él mismo-; a su gran biblioteca, dispersa en dos o tres habitaciones, y al pequeño y saturado cuarto en que se resguardaba su archivo fílmico: unas 2 mil películas –calculo yo- en video casetes, al que se daba acceso mediante una estrecha puerta de madera maciza, como toda la que se extendía por los techos y pisos de aquella hermosa residencia decimonónica, remodelada por el reconocido arquitecto xalapeño Bernal Lascuráin.

     Recuerdo que mientras nos comentaba los detalles de su chimenea danesa, nos dijo que, seguramente debido a la humedad, en Xalapa había sentido más frío que en ninguna otra ciudad del mundo, “más que en Polonia, más que en Rusia”, lo que me pareció exagerado, sin sentirme llamado a desautorizarlo; después de todo, aunque sin tantos viajes, yo tampoco había sentido tanto frío como el que conocí al paso de aquellos primeros meses de residencia en la capital veracruzana.

     Buscando alguna luz que favoreciera nuestro propósito, porque ya era tarde, nos trasladamos a un pequeño patio que tenía en la planta baja de su casa. Yo agoté el T-Max de 36 exposiciones buscando arrancarle siquiera un puñado de buenas imágenes, lo que no hubiera sido complicado dada la naturalidad de Pitol a la hora de brindar sus mejores perfiles; “eso sí -dijo-, que no aparezca el cigarro”, pues según era sabido ya se había separado del vicio y lo que es peor: dicha separación había quedado inmortalizada -como recordará el lector- en su “Vindicación de la hipnosis” (El arte de la fuga, Anagrama, 1997).

     Las fotos resultaron desastrosas, pese a mi aplicación a fondo, debido a que la cámara, de plano, no servía. Afortunadamente después de esto Herlinda siguió siendo mi amiga…

     – ¿En dónde escribes, Sergio? -recuerdo que le preguntó Herlinda, off the record.

     – En la cama -respondió.

     Eso y algunas opiniones y recuerdos sobre distintos personajes próximos a Pitol -Monsiváis, Poniatowska, un puñado de diplomáticos-, fue todo lo que quedó grabado en mi memoria de aquel primer encuentro con el afamado escritor veracruzano, al que asistí básicamente como simple testigo.

II

Pasados algunos meses de aquella primera visita y viéndome en la necesidad de buscar una nueva casa para continuar en Xalapa, donde me hallaba cursando la maestría en Filosofía, caminando una tarde vacía de domingo sobre la calle José María Mata -que hace esquina con Pino Suárez a unos metros de la casa del connotado maestro- girando la cabeza me encontré con una perspectiva bastante parecida a esta que muestro a continuación.

     La puerta que se aprecia al fondo del corredor, del lado izquierdo, se hallaba abierta de par en par, por lo que yo, profundamente hechizado entonces -y siempre- con la magia de esa increíble ciudad que es Xalapa, sentí aquello como un presagio, o como un verdadero destino. Y caminé hacia allá. Traspasé la puerta del fondo y no bien había dado algunos pasos apareció ante mí un personaje absolutamente singular que luego supe se hacía llamar Don Miguel.

     – ¿Qué se le ofrece? -preguntó secamente.

     – Nada, es sólo que estoy buscando casa y me gustó mucho aquí, ¿no sabe si se renta algún cuarto o algo por el estilo?

     – Sí, nada más que todavía no lo arreglan, se acaban de ir estos vecinos –dijo señalándome la parte más alta de la construcción, precisamente la que más había llamado mi atención desde el primer instante.

     – Pues no se apure, si me lo renta yo lo arreglo y se lo voy a cuidar como nadie.

     – Se lo muestro primero…

     Pasamos y entonces comprendí que aquel lugar sería mi casa por mucho tiempo, probablemente por toda mi vida -o así quise creer entonces-. Le adelanté algo de dinero y en menos de una semana me encontraba habitando ese que fue no sé si el sitio más hermoso en que he vivido, pero sí el más feliz.

     Al salir aquella vez del departamento me di cuenta de que la casa de al lado, la de las escaleras que aparecen de perfil en la imagen, era precisamente la casa de Sergio Pitol.

III

A la semana de empezar a vivir en Pino Suárez 15 comencé a leer Los detectives Salvajes, de Roberto Bolaño, cuya primera edición me había sido facilitada por un amigo madrileño, Alejandro Díaz. Como muchos me sentí fascinado, aunque recuerdo haberme atorado hacia la segunda parte de la lectura, sintiendo seguramente que la naturalidad de la primera mitad había cedido a un formato críptico, que exigía demasiado, más de lo que yo estaba dispuesto a ceder ocupado como estaba en las lecturas propias y de por sí aburridas de la maestría.

     Pese a que las excursiones de Pitol por las calles del centro xalapeño, ya por entonces bastante complicado, eran escazas, no tardé en encontrar la ocasión de saludarlo sobre la banqueta antes de verlo abordar su pequeña camioneta Nissan gris para volver a presentarme, recordándole aquella primera visita y dándole la buena nueva -para mí- de que a partir de entonces me tendría de vecino. Una vez más Pitol fue todo amabilidad y decencia, sin ocultar que lo que menos le importaba era tener demasiado contacto con la gente. Conseguí sin embargo entretenerlo lo suficiente para que -maestro al fin- dejara caer la pregunta: “¿Qué está leyendo usted?”

     – Los detectives salvajes

     – ¡Oh! ¡Excelente! -dijo- ¡Roberto era mi amigo! ¿Sabe que estuvo aquí?

     – ¿En México?

     – Sí, aquí en mi casa, me visitó hace poco. Páseme a ver después.

     Fue así que, atrevidamente, pues yo sabía desde el primer encuentro que no le agradaban las visitas improvisadas, una buena tarde toqué a su puerta llevando conmigo el libro de Bolaño y una fotografía de unos niños de Tlacotalpan que había tomado en un viaje reciente y que pensaba regalarle. No recuerdo que el libro haya provocado en él una expresión considerable –ni tendría por qué: lo llevé solamente para que recordara su invitación-, pero la foto sí.

     – ¿Ya notó –me dijo- que el niño de la izquierda tiene la mirada de Marlon Brando?

     En mi recuerdo, fue la perturbadora exactitud de esta observación la que marcó el inicio de mi verdadera, aunque breve, amistad con Pitol. Amistad de banqueta, pudiera llamarle, puesto que siempre y a pesar de las escasas salidas del maestro fue allí donde logré encontrar un espacio para tener un diálogo breve. No hacía falta más.

IV

Es difícil de seguir en sus detalles la multitud de encuentros entre Pitol y yo que a partir de entonces se sucedió en las proximidades del cruce de Mata y Pino Suárez, y que generalmente se reducían a poco más que el saludo y una que otra definición fulminante.

     Recuerdo haberlo visto una tarde tupida de neblina, con su saco verde oscuro, intentando abrir su puerta y solicitando mi ayuda para dar con la llave correcta; también recuerdo que una vez me presumió su colección de piezas arqueológicas, declarándose adicto a las caritas sonrientes totonacas; recuerdo también la aparición de Claire Lippmann, ceramista francesa, entonces aprendiz de Gustavo Pérez -también amigo y vecino de Pitol en su casa de campo- quien tomó en renta el hermoso apartamento que Pitol poseía a un costado de su casona y con quien he llevado desde entonces una amistad entrañable.

     Recuerdo también las dos o tres jornadas de trabajo que tuvimos para la realización de un documental de Albino Álvarez y Enrique Díaz (al que asistí en el sonido) sobre Sergio Pitol, Enrique Vila Matas y Juan Villoro, a quienes Enrique, gran amigo mío, había tratado en Barcelona, donde pudo constatar la bien merecida fama de mi vecino en aquella ciudad de editores que, en palabras de Jorge Herralde, tomó más de Pitol que Pitol de ella…

     Al respecto recuerdo que durante el rodaje del documental Pitol afirmó que en aquella Barcelona de los años 60’s, que me resisto a llamar “franquista”, muchos jóvenes editores, llamados a revolucionar el arte de hacer libros, se sentaban a escuchar las narraciones de sus viajes -frecuentemente en misión diplomática- por China, Argentina, Rusia, los Estados Unidos… pareciéndoles aquello imposible o cuando menos exagerado, pero seguramente estimulante desde el punto de vista literario.

     Además de las tomas que realizamos aquella vez en su casa, para lo cual fue muy útil hospedar a la producción en mi departamento, asistimos también a su casa de campo en Zoncuantla, Veracruz, a unos treinta minutos del centro de Xalapa: un jardín fascinante, lleno de desniveles y escaleras secretas en cuya zona más plana se encontraba un hermoso árbol que resguardaba el sueño eterno de su amado perro “Sancho”, enterrado al pie del mismo.

     En la parte superior de aquel edénico territorio, una casa verdaderamente pequeña y austera cerraba el cuadro. Era el lugar al que trataba de asistir para escribir cuando el creciente ruido del centro de Xalapa se lo impedía. Un escondite deleitable y, seguramente, uno de los mejores ejemplos de El arte de la fuga.

V

En uno de esos giros que las ciudades mágicas tienden a ejecutar sobre los que las viven, y con vivirlas me refiero sobre todo a ser víctimas de su magia, pronto me hallé a las puertas de Xalapa y con destino a la ciudad de México; había pasado cinco años en la ciudad de la niebla, conociendo a su gente, la gente más hermosa y alegre, hasta que me sentí abruptamente expelido por la propia ciudad y, quizá por lo mismo, renovada y completamente libre.

     Sin dinero ni proyecto de vida más allá de seguir sobreviviendo, escribiendo y leyendo, organicé una fiesta en la que regalé todas mis cosas, libros, camas, sillones, libreros, computadora, refrigerador, etc. Y abandoné Xalapa no sin antes pasar a despedirme furtivamente de mi ilustre vecino.

     Unos días antes había chocado con él en una tarde lluviosa, a unas cuadras de casa. Traía sombrero y paraguas y caminaba como un hombre de otro tiempo, de otro lugar, o quizá más bien de todos los tiempos y todos los lugares posibles: un personaje literario por dentro y por fuera. Durante ese brevísimo encuentro le avisé de mi partida anunciándole también que pasaría próximamente a despedirme de él, a lo cual asintió con la bondad y sencillez habituales.

     Me presenté en su casa unas horas antes de salir para siempre de Xalapa y, aunque breve, el encuentro fue también afectuoso y, de algún modo, nostálgico. Me regaló 2666 de Roberto Bolaño y algún otro libro suyo con una dedicatoria que todavía recuerdo: “para Leonardo Tenorio, a quien le deseo un futuro pleno, imaginativo y armonioso.”

     Nunca fui dado a juzgar sobre su salud, que era tema de no pocas especulaciones y versiones casi siempre encontradas, pero si pudiera decir algo sobre esta última reunión sería que aquella tarde, la última de julio del año 2005, hallé a Pitol en un estado excelente, mejor que en ningún otro momento, salvo quizá durante la mañana que visitamos el puerto de Veracruz como parte de la realización del documental de Albino Álvarez y Enrique Díaz.

     Aquella mañana en Veracruz fue de verdad, al margen de Pitol, uno de los más bellos días que yo recuerde, con un cielo brillante y un mar de un azul profundo, tan vívidos y expresivos, que el propio Pitol evocó (para fortuna de la producción) algunos recuerdos suyos sobre el Mediterráneo, sobre su vida errante y desde luego no pocas risas de plenitud y retratos e imágenes de antología.

     Así de pleno lo encontré aquella tarde en que pasé a despedirme y en la que con un abrazo y un apretón de manos, en el mismo lugar en el que había tenido el gusto de conocerlo, después de varios encuentros que mal he narrado aquí, me despedí de Sergio, el vecino tolerante y paciente, que pocos meses después –diciembre de 2005- sería distinguido con el Premio Cervantes de Literatura, el más importante de nuestra lengua, noticia que me llenó de alegria.

     No volví a saber de él hasta el 12 de abril de 2018, cuando sentado en un café de la Colonia del Valle, en la Ciudad de México, supe que este lector de tiempo completo -como yo lo era entonces- emprendió su último viaje a los ochenta y cinco años de edad, precisamente desde el punto en que eligió poner fin a una vida errante: su casa de la calle Pino Suárez, en Xalapa, Veracruz, donde tuve el privilegio y el lujo de ser su vecino.

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