Cómo perdonar de una vez por todas

Por Astrid Perellón

 

El gran engaño del ego es creer que debo perdonar a los demás para ser feliz o que debo perdonarme para poder amarme. Tal vez no es un engaño sino una cuestión semántica. Perdonar se ha convertido en una palabra solemne, atribuyéndole un ritual donde, usualmente, debe estar presente el otro para sellar con su confirmación el pacto de dejar el tema por la paz.

 

Para muchos adultos (y tristemente algunos niños), el acto de perdonar resulta en motivo de terapia o cualquier otro medio suficientemente impactante sin alcanzarlo realmente. En realidad, lo que pretende referir la palabra perdonar no son todas las fachadas de conclusión o <<cerrar ciclos>>. Se refiere a una sensación de alivio o liberación en el organismo, detonada por la mente. Propongo entonces que nos olvidemos de perdonar; ni siquiera lo entendemos ni sabemos hacerlo bien porque nos traiciona la memoria o la inercia. Probemos mejor los medios hermanos del perdón. Practicarlos gradualmente aliviará el asunto. Estos son:

 

-Indiferencia: ésta implica minimizar al sujeto o a la situación en tu mente. Cada vez que se asome cualquier detalle de la circunstancia que te llevó a no saber cómo perdonar, puedes reducirla en tu cabeza, como haciendo de la imagen algo viejo, empolvado, inútil. Quizá no logres restarle importancia pero sí puedes re-pensarlo como algo que no es tan relevante en este instante. Sobre todo si te estás sintiendo bien y se cruza un pensamiento traicionero, lo dejas pasar como agua de río, diciéndole con indiferencia <<en este momento no eres tan importante como el bienestar que estaba sintiendo>>.

 

-Evasión: mediante ella deliberadamente te ocupas de otra cosa. Puede parecerse a la indiferencia pero no lo es. Una requiere reconocer el pensamiento en tu mente para dejarlo pasar o reducirlo, no obstante la evasión es como cambiar de canal cuando está la escena de sexo y tú estabas viendo la tele en compañía de un niño. Rápido aprietas los botones a lo loco, hasta sintiéndote un poco ridículo. Si evades así, precipitadamente, pronto asociarás pensar en el tema con el ridículo y la incomodidad. No querrás hablar de ello y no hace falta.

 

Los temas no siempre requieren charlas aclaratorias, ni limpiarse, ni desahogarse pues el único responsable de tus emociones eres tú, con tu mente. Si en tu mente hallas alivio y liberación mediante la indiferencia y la evasión, no necesitarás el solemne perdón pues habrás conseguido tu propósito de una forma nueva.

 

Imita la fábula del aquí y del ahora donde acontecimientos atroces ocurrieron pero no voy a hablar más de ellos y punto.

 

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