Por Eduardo Bautista
Dicen que lo único que cura el miedo es el peligro auténtico. Ozzy fue un niño que le temía a todo. Ansioso de cuerpo entero, creía que su madre moriría si no esquivaba las líneas del pavimento. Ese era su juego. Uno muy cruel si se toma en cuenta que era un pequeño de siete años. «El miedo a una inminente catástrofe dominaba mi vida», reconoció Ozzy en su autobiografía I Am Ozzy (Confieso que he bebido). Pero él ya vivía en una tragedia: la de la Inglaterra de la posguerra, donde los niños no podían jugar sin temor a activar una bomba.
John Michael Osbourne —ese era su verdadero nombre— fue un niño disléxico de pobre desempeño escolar. En Birmingham —ciudad que fue ferozmente bombardeada por los nazis por ser uno de los corazones industriales del Reino Unido— no había revoluciones floridas como en San Francisco; rara vez las familias de clase trabajadora albergan utopías. Aunque tiempo después él haría la suya, de terciopelo negro. Pero en esa Birmingham profunda, la mayoría de los chicos pobres solo aspiraban a tres caminos: las fábricas, la cárcel o las drogas.
Cuando su padre —un trabajador que doblaba turnos en una ensambladora de General Electric y en sus tiempos libres veía los partidos del Aston Villa— se emborrachaba, le decía: «O acabas en la cárcel o haces algo grande». La boca del viejo vaticinó el destino. Ozzy pagó una condena de tres meses por robar un televisor y, al salir, se hundió en el mundo más oscuro del blues en las viejas tiendas de vinilos, que también hurtaba. Así se dibujaron las primeras pinceladas de Ozzy como el retrato de cuerpo entero que acabaría por cambiar la forma de entender, imaginar y tocar el rock en las próximas décadas. Porque Ozzy representó al heavy metal con todas sus virtudes, todos sus defectos, todas sus contradicciones y todos sus excesos. https://www.youtube.com/watch?v=MiY2JsGXrtM

La música —esa otra forma del orden— hizo eco en el Ozzy tímido y disléxico que no sólo escribía, sino que también veía el mundo al revés. Los Beatles —siempre lo reconoció— le dotaron de la chispa necesaria para convertirse en músico, pero el caos de su interior necesitaba otro contorno. Si los Rolling Stones pintaron de negro al rock and roll y Lou Reed lo vistió de cuero, Black Sabbath le pondría cuernos y un tridente. El niño que le temía a todo había decidido abrazar a las tinieblas. https://www.youtube.com/watch?v=W6sVXK9o0Ys
La voz de aquel adolescente encontró resonancia en un grupo de inadaptados iguales a él: un guitarrista de dedos mochos llamado Tony Iommi, un bajista violento y un tanto borracho llamado Geezer Butler y un baterista enérgico y excéntrico llamado Bill Ward. Juntos formaron una banda que concibió al heavy metal como el hijo bastardo del rock, aunque al final ese bastardo se convertiría en el vástago que mayores dividendos generaba a la familia. https://www.youtube.com/watch?v=pTHeY0-P4MY
Black Sabbath fue su gran sello, un grupo emergido del inframundo heredado de la Segunda Guerra Mundial: juventudes enfurecidas por trabajos que dejaban para medio comer, para medio vivir. El miedo atómico se respiraba en cada noticia, en cada café, en cada pub. Estados Unidos era el oasis de la esperanza hippie; Inglaterra —en muchas de sus regiones— era una caldera de odio, de una furia que otros, después, llamarían punk. De ambos lados del Atlántico, sin embargo, se gestaba la rabia en sociedades que dejaban de creer en los viejos relatos y las promesas del poder jamás cumplidas. Para muchos jóvenes, la corbata ya no era gesto de percha, sino babero para cerdos. https://www.youtube.com/watch?v=K3b6SGoN6dA
El sonido grave y lúgubre de Black Sabbath no invitaba a las quimeras o las fábulas, sino al asomo a las profundidades reales, allí donde pocos cavan por temor a nunca salir. De la mano —quizá poco, quizá mucho— de la narrativa satánica que solo buscaba incomodar a las buenas e hipócritas conciencias, el grupo irrumpió en 1968 como un volcán en erupción que acabaría por crear su propia Pompeya: sitio sagrado donde la muerte habla.

Y es que los últimos dos años de la década de 1960 fueron medulares para la redefinición de tantas cosas. The Beatles demostraba que prácticamente todos los cánones podían romperse con el Álbum Blanco; David Bowie revelaba que había formas distintas de existir en un mundo gris de identidades frágiles; Pink Floyd marcaba la pauta para abrir el rock a todas las expresiones musicales posibles; The Velvet Underground daba cátedras de independencia en una industria que se volvería el doble de mezquina; The Doors mezclaba sonidos chamánicos con psicodelias malditas; The Stooges se revolcaba en el lodo de un mundo que sometería como perros a tantos jóvenes; Led Zeppelin mostraba que llorar no está tan lejos de fornicar; Jimi Hendrix revolucionaba la forma de tocar la guitarra con una humildad supina; Janis Joplin sentaba las bases de la poderosa —pero tantas veces relegada— energía femenina, veneno para hombrecitos acomplejados; Bob Dylan demostraba que no hay mejor acompañante para un gran riff que una palabra adecuada, y Frank Zappa y King Crimson comprobaban que, en la música, no había límites.

Aquel fue, sin duda, el gran concierto del siglo XX. Uno de varios, claro está, pero acaso el más importante. Fue la hoguera donde ardió lo rancio. Y Ozzy Osbourne estuvo ahí para cantarlo con tantos otros cuyos nombres, seguramente, fueron olvidados. Su muerte, por eso, no es una noticia cualquiera. Es el recuerdo de una época donde la ira convivió con la ilusión. Porque ambas cosas, al final, son el resultado del anhelo por una vida mejor. “Los niños de la guerra”, les llamó Ozzy en Children of the Grave. “Niños aburridos por ser empujados para que les digan qué hacer, niños que lucharán contra el mundo hasta triunfar”.
¿Triunfó Ozzy Osbourne? Porque Ozzy fue, también, el ateo que se casó, el drogadicto que quiso dar lecciones de moral, el antisistema que hizo de sí mismo una máquina de hacer dinero, incluso —dicen muchos— a costa de su propia congruencia. A Ozzy, sin embargo, parecía importarle poco. Dicen que las contradicciones caben mejor en las almas cínicas y las mentes complejas. Porque quien crea que Ozzy tiene su nuevo domicilio en el infierno o el paraíso, se equivoca. Esa clase de espíritus moran en otro lado: solo basta con darle “play”.