El olvidado Von Humboldt de la Alameda

Por J Antonio Mora Velázquez

Fotos: Eladio Ortiz

Llegaron por la noche y comenzaron a levantar los azulejos que por años permanecieron quietos, resistiendo los pasos de todas las personas que han visitado la Alameda Central.

El tránsito era abundante para la hora, pues una noche tan profunda, en la que las estrellas brillan tanto como la luna, invita a pasear. Sólo era perturbada por el martilleo.

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Prácticamente ese día sólo delimitaron el  perímetro  en el que se trabajaría y hasta el siguiente se realizaría la introducción total del nuevo drenaje. Nadie se imaginaba en lo  más mínimo lo que en realidad significaba un cielo tan claro.

Temprano por la mañana regresaron los trabajadores y, sin advertencia alguna ni nada de nada, levantaron toda la mitad del pasillo que separa la Plaza de la Solidaridad y el Barrio Alameda. Justo como suelen planificar este tipo de cosas, de putazo.

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Me aislaron de mi entorno común. Atrapado entre pedazos de azulejo y sacos de cemento. No me quedó nada más que observar cómo armaban una de esas esporádicas atracciones que aparecen y desaparecen como por arte de magia. Bueno, quizás no tan así.

No estaba ni totalmente nublado ni totalmente soleado. El aire con fuerza arrastraba las nubes dejando escapar al dios detrás. Se creaban cientos de espectáculos fugaces. A la sombra de las nubes el viento helaba mis inmóviles extremidades, mientras que a unos cuantos metros de mí una de las esculturas de Jiménez Derreida se calienta bajo el sol.

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Llevaba ya varios meses luciendo gloriosa. Aún lo hacía, pero no surtía el mismo efecto con un grupo de excavadoras aparcadas a su alrededor.

El día transcurrió con el ritmo de un martes cualquiera, trastornado sólo por el viento y el servicio público. Un hombre con undiablito cargado pasa junto a los “patinetos” que intentan no arrollar a nadie, segados por todas las hojas que se arrancaban de los árboles.

Mientras fueron sólo hojas no hubo mayor problema, pero con el paso de la horas los árboles comenzaron a ceder sus ramas. Los trabajadores pretendían ignorara el hecho para seguir con la obra, pero para las cuatro de la tarde les fue imposible sin arriesgar la vida de alguno.

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La dificultad de las personas para caminar se podía considerar como una advertencia de que más adelante era una campo bombardeado por partes de árbol y pedazos de escombro que volaban como diábolos. Todos se alejaron y se suspendió la obra. Ya no se recobraría el ritmo de trabajo.

Así, mi aislamiento se tornó indefinido. Era triste saber que pasará el tiempo y nadie notaría el error. Todos dicen que soy un homenaje. La verdad es que únicamente soy una estatua olvidada y mal fechada.

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