“Ojalá se haya ido de pinta”

(Voces del sismo del 85)

Por Alejandra Zúñiga Sánchez

La tierra reblandecida de la Ciudad de México continuaba atemorizando a la población con el escalofriante crujido que producían varios edificios que el terremoto de la mañana del 19 de septiembre de 1985 había expuesto por su fragilidad.

Cuando Raúl Esquivel escuchó por voz de un vecino de la colonia Narvarte que el Conalep, ubicado en la calle Humboldt, en el Centro Histórico, se había venido abajo, causando “una tragedia similar a la del Titanic”, pero con muchos menos sobrevivientes.

La noticia para Raúl no hubiera representado mucho más de las varias que ese día había escuchado, sino es porque su hermano Juan se encontraba estudiando en esa institución a la que ni siquiera eligió como su primera opción para cursar la etapa previa a la universidad.

Raúl rezó porque su hermano menor hubiera cometido el “acierto” de irse de pinta. Sin medios de transporte que atravesaran la distancia que tenía que recorrer para finalizar con la incertidumbre, emprendió el viaje en búsqueda del menor de tres hijos que los Esquivel Ramírez procrearon.

Del Conalep nada quedaba, ni el vaivén de algún muro que hubiera quedado colgado. Todo estaba abajo. Todo era tierra y tragedia. Llanto y desamparo.

A Raúl le quedaba la esperanza de que aquel jueves su hermano hubiera escapado de la escuela, como lo había hecho algunas veces por “tener flojera” de asistir a clase o “no tener interés”, sólo que esta vez sería para poder negarse a la muerte.

fa-ojalas

En la calle Humbolt el panorama era desalentador. La esperanza no tenía lugar y Raúl regresó a su casa. Llegó y no había noticias de Juan, ni buenas ni malas. Sin embargo, el pesimismo se asomaba en la familia, puesto que el reloj ya marcaba las 19:00 horas.

La noche del 19 de septiembre fue la más negra de la historia de la familia, ya que no sólo tenían la zozobra de no saber el paradero de su hijo, sino que además tenían el miedo que las replicas del terremoto ocasionaban.

A la mañana del siguiente día, Raúl partió junto con un grupo de amigos cercanos al Parque del Seguro Social, el cual, en lugar de albergar un juego de béisbol, tenía sobre el diamante miles de cuerpos sin vida cubiertos de cal y en estado de descomposición.

Al entrar, el escenario fue devastador. A Raúl la única esperanza que le quedaba era encontrar el cuerpo de su hermano para poder darle la sepultura que merecía y, sobre todo, poder decirle adiós.

Raúl Esquivel, junto con sus amigos, recorrieron el recinto por más de dos horas, caminaron junto a cuerpos de niños, señoras, adultos de la tercera edad; cuerpos que no parecían eso, porque habían quedado desechos por la caída de los edificios y otros que estaban cubiertos de ese polvo fino blanco, mejor conocido como cal, que en este caso fungió como armadura para que el olor a putrefacción no fuera insoportable.

Finalmente Raúl encontró lo que buscaba. Los deseos de que su hermano menor se hubiera ido de pinta se extinguieron. La esperanza desapareció y lo único que quedó en él fue la paz de encontrar a su amado Juan.

Juan Esquivel fue uno de los más de 10 mil muertos que el terremoto de magnitud de 8.1 grados en la escala Ritcher dejó en la Ciudad de México, la cual quedó como zona de guerra, devastada y destruida.

Miles de edificios y estructuras se cayeron, el Centro Histórico fue una de las zonas más afectadas. Más de un millón de capitalinos no tuvieron luz y 32 estaciones del Sistema de Transporte Colectivo dejaron de funcionar. La Ciudad de México colapsó una mañana del 19 de septiembre de 1985. Una mañana que no se olvida.

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