Nuestros cien años de soledad

Por Rivelino Rueda

Supongamos que en aquel lejano 1965, en Torreón, Coahuila, Dolores se hubiera ausentado de su trabajo en el Puerto de Liverpool por algún malestar temporal, o que la maquinista de las «cocas» hubiera sido colocada en otro departamento. Supongamos que “El Faroles” hubiera determinado ir a Tampico, o a Puebla, a seguir su carrera de futbolista profesional. Mucho peor, a la Ciudad de México para jugar con el América.

Mónico Rueda ya no hubiera tenido el pretexto de decirle a sus compañeros «¡Vámonos por las Frías!», o sea, las hijas de Don Manuel, mi abuelo, María Luisa, María Elena, Blanca y Lola Frías.

En primera, no me imaginaría una navidad, un año nuevo, un cumpleaños del Tío Luis, o cualquier fecha del calendario que se utilizara de pretexto para degustar “la cochinita” de “La Tía”, “La abuelita”, “La Mana Lolita”.

Tampoco imaginaría una reunión familiar sin el buen humor del “Chiquilín”, sus trucos de inflar de aire los cachetes para que su sombrero levitara ante la impavidez de todos, los actos equilibristas con la escoba, sus geniales caracterizaciones que arrancaban la carcajada de todos, o el dominio del balón por más de media hora que dejaba a más de uno con la boca abierta.

Pero eso no ocurrió. Mónico y Dolor se casaron un primero de julio de 1967 en La Laguna bajo un torrencial aguacero en zona desértica y con un «Faroles» que no paraba de ir al baño por un bíblico dolor de estómago. Ahí comenzó el realismo mágico de todos estos años, el tamaño de nuestra soledad.

En una fotografía tomada en esos días se observa triunfante a la hueste chilanga. Recuerdo que en esa imagen están Othón, Nandito, Chelo, los abuelos Luipita y Mónico, Tío Luis, Tía Florita, Tío Chavo y Tío Miguel… Una horda de exquisitos que fueron a darle el visto bueno a la «muchachita de provincia» que formaría parte de los Rueda. Ojo. Eso aún pasa.

La apresurada pareja inició una alucinante travesía para su luna de miel, de Torreón a Monterrey, a un rancho de los abuelos, y de tierras regias a la Ciudad de México. Primero los Tíos Luis y Flora les abrieron las puertas, luego Tía Eloísa y Tío Juan. Beto nació en el límite de los nueve meses, lo que provocó sospechas en más de uno.

Recuerdo muy bien una ocasión que esa pareja indomable llegó disfrazada “de españoles” a una noche de Grito de Independencia a la casa de una amiga de Dolores. Mónico, como esos gachupines que dibujaba Rius, con camisa blanca arrugada y mal fajada, cejas y barba tupida, pantalón y zapatos negros, y un puro apagado en los labios.

Dolor, con un vestido de sevillana, un tocado de claveles rojos en el cabello y castañuelas en sus finas y delgadas manos. Una “Maja” en todo el sentido de la palabra pues.

Los disfraces provocaron el malestar de varios. ¿Cómo era posible que esa pareja tuviera el atrevimiento de caracterizarse de la raza que nos conquistó 500 años atrás? Digo, no iban con armadura, espada y montados a caballo, ni los presentes vestían como en 1810, más bien como un siglo después, en la etapa de la Revolución Mexicana, pero el agravio fue mayúsculo.

Tal vez esas pequeñas señales de intransigencia hicieron que sus hijos fueran intransigentes, pero intransigentes en el buen sentido… Para construir, para aportar, para trascender, para siempre ver por el bien colectivo. No me veo fortalecido sin pensar siempre en su ejemplo. Nunca me vería. Lo llevo a cuestas, lo tengo tatuado, lo transpiro en cada instante.

Muchas cosas han pasado desde aquel aniversario de 30 años allá por el Lago de Guadalupe. Por ahí hay un video de esos tiempos en el que se observa la mirada de desaprobación y enojo de Carlos, Beto, Joselo, Fernando, Verónica, Jairo y Marifer cuando llego como a la mitad de la misa. “¡Hasta parecen Rueda!”, me dije para mis adentros.

También muchas cosas han cambiado desde aquel aniversario de 40 años en la casa de Joselo en la calle de Cuautla, en la Condesa. Lo más difícil, el accidente de Beto y la partida de Tío Luis y de Tía Florita. Pero está por demás decirlo: ellos siempre estarán presentes, con su alegría, con su tenacidad, con sus enseñanzas.

Seguido me preguntan que si me da mucho orgullo apellidarme Rueda. Creo que no sólo es un apellido que enorgullece, sino todo lo que conlleva. Y es que no sólo es un apellido de cinco letras que se puede ver en cada carnicería, zapatería, pulquería o cantina, tlapalería o heladería de Villa del Carbón. No.

Creo firmemente que portar este apellido significa un enorme ramillete de enseñanza y de esperanza. Como los Buendía, en Cien años de soledad, del entrañable Gabriel García Márquez, los Rueda afianzaron bien sus raíces y transmitieron a las nuevas generaciones aprendizajes únicos, de esos que lleva uno adentro, bien adentro. Y aquí, en esta reunión, sólo está un pequeño pedacito de ese ejemplo.

De Tía Eloísa a Camila; del Tío Miguel a Emilio; del Tío Cato a Michelle y Diego; de Tía Luisa a Abril, Ashelen y Damián; de Tío Luis a Dani, Mía y Fernanda; del Tío Chavo a Josué. Todos, bisnietos, nietos, sobrinos, hijos, hermanos y colados, todos, queremos abrazarlos y formar parte de esta celebración especial, sobre todo porque por ahí dicen que “la vida comienza a los 50”.

Y sí, así con lo poderoso que se escucha: son 50 años de estar juntos, medio siglo que, sumados, son 100 años, un siglo. Altas y bajas, alegrías y tristezas, sabores y sinsabores, hartazgo y recapitulación, desencuentros y amor, mucho amor, creo que la clave de todos estos años, a pesar del “Ohhhhh” de Jairo en un elevador de Acapulco, a pesar del “los ahogados no hablan” de Joselo a Vero en unas de esas largas y ociosas vacaciones de verano.

A pesar de un Carlos rockero y un Beto disco, a pesar del memorable “luego vas a querer ir a Disneylandia” de Mónico a Rivelino cuando no lo dejó ir a Cuernavaca con sus primos, a pesar del “¿te cuido tus tenis?” de un lanchero a Joselo en una playa rocosa de Acapulco, a pesar del “¡No cierra la puerta!” y del “¡Porfavorcito mijo!”

Son cincuenta o cien años, como se les quiera ver. Los que sean. Nunca nos cansaremos de darles las gracias por cada instante que nos han dedicado. Todo el tiempo lo haremos Mamá, Papá, Mamá Chelo, Papá Nando, para que por siempre recuerden que las estirpes condenadas a cien años de soledad siempre tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra, por fin y para siempre.

@RivelinoRueda

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