Nos faltó una despedida digna de un padre y su hija

Por Alondra Luviano González

Fotos Eréndida Negrete

Ese día me vestí de negro. Por primera vez supe a qué sabía la muerte de un familiar. Sentí ese nudo en la garganta que te come poco a poco, el sabor amargo que te recorre por todo el cuerpo.

***

El cáncer se había apoderado de ti desde años antes. No lo sabía hasta que me llamaste para decirme “Hija, tengo cáncer, tenemos que vernos”.

A partir de ese día teníamos encuentros ocasionales para hablar de todos los años de ausencia que nos dimos. Recuerdo que siempre íbamos a comer y llevabas aquel sombrero para disimular tu falta de cabello por las quimioterapias. Te veías muy delgado y siempre comías porciones pequeñas de comida saludable pues tu dieta era muy estricta.

No voy a olvidar cuando hablabas entusiasmado acerca de tu oficio como periodista. Me contabas aquellas historias que me sacaban una sonrisa de vez en cuando. Y me decías con la voz rota: “Tú tienes que llegar a ser una buena periodista, hijita, incluso mejor que yo”. Esas son cosas que los padres siempre te dicen y te sientes en obligación de cumplir.

Siempre me pedías perdón con la mirada, porque en palabras no éramos capaces de pronunciarlo. Evadíamos el tema pues, a veces, el dolor es mejor eludirlo, o al menos eso quiero decir que pensabas.

Poco a poco te vi caer hasta que llegó el día en que me dieron la noticia. Era un hecho. Jamás volvería a ver tu rostro.

***

Sé que te hubiera gustado saber quién estuvo en tu funeral, a qué olía, como decoraron tu ataúd y en especial que, a pesar de todo, yo permanecí ahí.

Llegue a “Funerarias Gayosso”, ubicado en Sullivan. Me dirigí a la recepción y pregunté por ti. De cierta manera esperaba que me dijeran que era una equivocación, que no existía ese nombre en esa lista de personas. No obstante la señorita me miró con ojos penetrantes y me dijo “Piso 3”.

Subí por el elevador con dos amigas que me acompañaban. Las tres nos mirábamos sorprendidas y ellas me daban ánimo para intentar no desvanecerme en pleno lugar.

A mi mente se venía todo aquello que nunca te dije, las palabras que quedaron inconclusas en cada plática. En mis 20 años de vida jamás me había topado de frente con la muerte de alguien.

Mis amigas me tomaban de la mano y después de mirar de lejos me decidí a entrar. Hoy te puedo decir a qué olía tu funeral: a flores, a sudor, a madera vieja, pero yo sólo percibía soledad y dolor.

Me postré frente a tu ataúd y es la vez en que te sentí más cerca de mí. Te dije en mi mente que me perdonarás por no ser la hija que tal vez quisiste, por dejarme llevar por el orgullo, mientras las lágrimas corrían sin parar por mi rostro.

Todos me miraban extrañados, como preguntando quién era, porque nadie de tus amigos me conocía. Era aquella hija perdida tuya de la que nadie conocía existencia alguna.

Tu fotografía sonriendo encima de tu caja era lo único que miraba en esos momentos. Quería recordarte de una u otra forma feliz y no como las últimas veces que nos vimos.

Yo sólo quería imaginar las cosas que tú querías decirme, pero había olvidado el tono de tu voz. Sólo resaltaba en medio de todo tu ataúd color caoba y ese piso blanco recién pulido.

Nos faltó una despedida digna de un padre y una hija, pero así fue nuestro adiós.

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