“Ese cobarde nunca se apiadó”: Santa

Por Karla Mariel García Serrano

Manos de tez blanca, cubiertas por capas de mugre, reciben el recipiente que diariamente la vecina de la casa de enfrente le da a una indigente para que su pequeña hija de escasa edad tome leche.

–¡Santa! ¿Otra vez borracha? ¡Cuida a esa niña!

–¡Ay, Doña!

Es la misma frase con la que Santa se defiende de los regaños y sermones.

El cabello café castaño sin cepillar, los ojos que guardan oscuridad, dolor y un gran vacío en el brillo de su mirada. Ropas grandes y sucias cubren su pequeño y lastimado cuerpo. Esto es lo que se puede apreciar de Santa todos los días.

Santa juega con el tiempo. Logró trasladarse a ese otoño de octubre que cambiaría su vida y le daría el estatus de sobreviviente nocturna.

Las noches eran mi peor pesadilla, narra, “sólo veía que el sol comenzaba a ocultarse y el miedo venía a mi mente. En el momento en que mamá decía me ‘voy a trabajar, al rato nos vemos, dejé la cena en la mesa’, provocaba una sensación paralizante y aterradora.

“El sonido fuerte y avisador producido por el cierre de la puerta era el indicador suficiente para que mi tío me pidiera llevarle la cena a su cuarto, como favor y acto de obediencia. Solía ser el sacrificio más grande, pero si no lo obedecía me amenazaba con decirle calumnias de mí a mamá. Obviamente por el simple hecho de ser su hermano, mamá las creería y las creyó”.

Santa cuenta que “lo negro comenzaba cuando me insistía en que me acercara y yo me negaba. Como cualquier niña de cinco años lloraba como reacción al terror. Pero éste cobarde nunca se apiadó, al contrario, le generaba mayor placer verme tan indefensa”.

Santa inhala y exhala. Su mente es una licuadora que mezcla a toda velocidad los recuerdos más repugnantes. “Sus gruesas y asquerosas manos tocaban cada parte de mí, sin escapársele ni un solo lugar de mi frágil cuerpo. Su pesada masa corporal caía sobre mí, asfixiándome. Su espesa y agria saliva empapaba mis labios que eran forzados a rozar los de él. La bestia se incendiaba provocando el destroce de mi niñez”.

“El monstruo me atacó noche tras noche hasta que cumplí nueve años”, balbucea.

“¿Mamá? Bueno, si es que así se le puede llamar. Nunca se percató de los inhumanos actos que su hermano le hacía a la pequeña Santa”.

Cuando por fin Santa se armó de valor para confesar todas las atrocidades que Sergio le había causado nadie le creyó, ni la madre. Decían que cómo era posible que después de tanto tiempo que su tío la cuidara, fuera una malagradecida. Golpes, insultos, gritos se vinieron sobre ella para denigrarla.

Fue tan grande la decepción y el dolor que salió de casa para nunca volver a ella.

“Era de noche, perdí la noción del tiempo, caminé sin parar por las calles interminables de la ciudad. El miedo ya no existía en mí, tampoco sabía que sería de mi vida, lo único que quedaba era sobrevivir, no vivir”.

Un sujeto que nunca se supo quién era trató de abusar de Santa cuando una bola de vagabundos la defendió. Nunca en su vida se había sentido tan integrada como aquella noche de octubre. Los vagos con historias parecidas a las de Santa la resguardaron muchas noches. Así pasó el tiempo hasta que decidió salir adelante.

Buscó ayuda hasta llegar al Albergue Benito Juárez. Sólo duró unos meses. Nunca se comprometió de verdad a querer salir adelante. Después de estar más de cuatro años en la vagancia, mal pasadas de comida, drogas, vivir en la calle, sexo sin responsabilidad, se había más que adaptado y ya le era muy difícil acoplarse a una vida que no fuera esa.

Volvió con los suyos. “Mis hermanos”, así les llama.

Poco después se embarazó y dio luz a Candy. Una beba que aún no ha sido registrada y mal vive en las calles con su madre. Muchos colonos solidarios le dan comida y apoyo a la pequeña Candy para que sobreviva; incluso, Martha, la vecina la acompañó a que le pusieran las vacunas correspondientes y le ayuda dentro de sus posibilidades al cuidado del infante.

Santa actualmente tiene 17 años y ya es madre sin futuro. Duerme a las afueras de la Glorieta de Insurgentes y por temporadas se va a otros rincones de la Ciudad de México.

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