“El Moro”, un ícono de la repostería chilanga

Por Gabriela Mora Rivero

 

A unos pasos del Metro San Juan de Letrán se encuentra un lugar lleno de sabor e historia.

 

Adentrarte a él es regresar a la época del México antiguo, es recordar y avivar las citas románticas de nuestros padres, abuelos y bisabuelos.

 

Es toda una mezcla de colores, gustos y olores para formar un ambiente completamente familiar y romper la rutina para que el tiempo fluya lentamente mientras se disfruta de los deliciosos alimentos que prepara la churrería más antigua de la Ciudad de México.

 

La churrería El Moro, fundada en 1935, es uno de los íconos gastronómicos más representativos de la ciudad debido al sabor espectacular de sus churros y variedad en chocolates calientes.

 

Sin duda, su historia es una de éxito. Francisco Iriarte llegó a México desde España y la churrería lleva este nombre en honor a las fiestas celebradas allá, donde un árabe conocido como “El Moro” vendía churros en los pueblos con ayuda de un carrito.

 

La churrería El Moro no estuvo muy distante a los comienzos del árabe en España, pues el fundador decidió iniciar de la misma forma en el Zócalo de la Ciudad de México hasta que poco a poco fue ganando popularidad y le fue posible adquirir el local número 42 del Centro Histórico.

 

Mónica Aguilar, una de las comensales del lugar, dice que desde que tiene memoria, la churrería “El Moro” ha sido un lugar muy cálido. Comenta que sus papás la llevaban a ella y a sus hermanos a cenar los últimos viernes de cada mes y siempre pasaban ratos agradables. Ahora ella se encarga de hacer lo mismo con sus hijos, pues quiere que la tradición familiar continúe.

 

Ahora que hay más sucursales en la Condesa, Álvaro Obregón, Cuauhtémoc, Polanco y la Roma, se multiplican también las opciones y distancias para ir, sin embargo, hay quienes prefieren la matriz en el Centro Histórico debido a la historia y al ambiente acogedor que se concentra ahí mismo.

Los churreros explican que el crear la masa no es complicado y no lleva nada de especial, sin embargo, comentan orgullosos que a pesar de esto, ningunos churros saben como los que ellos preparan ahí. Sin medidas específicas, hacen los cortes en las tiras ya fritas en aceite y las endulzan con azúcar y canela abundante para que tengan un sabor concentrado, después de eso las sirven y entonces sí, se van directo a la mesa de los clientes.

 

“Es muy gratificante trabajar en un sitio como como éste. La churrería siempre se ha esforzado por mantener contentos a sus empleados y, además, la gente casi siempre viene de buen humor. Me gusta ver cómo es que familias completas se reúnen para convivir y recibirlos con una sonrisa es lo menos que puedo hacer”, comenta Luz, mesera del lugar.

 

Y es que con sólo acercarse, el aroma a chocolate y de los churros vuelven muy complicada la decisión de negarse a entrar y comprar, mínimo, uno o dos de éstos.

 

“Nuestra primera cita fue aquí, y por ‘aquí’ me refiero a incluso la misma mesa, pegaditos siempre a la pared del fondo para sentirnos más cómodos. Platicábamos de nuestros sentimientos y sueños a futuro sin saber que 45 años después seguiríamos viniendo al mismo lugar”, cuenta doña Estela mientras su esposo, don Hilario, confirma cada palabra y da sorbos a su chocolate.

 

Ahora El Moro también cuenta con servicios para eventos especiales y ajustados a diferentes tipos de presupuestos. Esto, en palabras de los empleados, es para estar más cerca y en momentos importantes con sus clientes. 

 

Sin duda miles de historias de amor han surgido aquí y se han mantenido, así como recuerdos familiares y también grandes amistades. El Moro es historia, es cultura y, aunque los churros son originarios de España, con el paso de los años también se han convertido en parte esencial de México.

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