Media hora con los “coyotes” de Plaza Meave

Por Gustavo Eduardo Ricaño Rodríguez

Los robos afuera de esta Plaza son el pan de cada día. El año pasado ocurrieron 48 mil 510 robos en la Ciudad de México en todas sus modalidades. Entre ellos, 4 mil 423 fueron sólo de celulares. Nadie puede hacer nada. Los oficiales vestidos de azul. Aquellos que sirven y protegen a los ciudadanos, optan por dejar libres a los asaltantes en vez de llevarlos a la delegación para realizarles un proceso legal. Muchas veces los locatarios son los que realizan justicia por propia mano ante los constante robos de celulares.

Tres  jóvenes, Marco, Paco y Gustavo, caminaron desde el Metro Bellas Artes hacía Plaza Meave para comprar videojuegos. El camino era solitario, había poca gente y los locales comenzaban a cerrar. Los pocos vendedores que se encontraban por Eje Central Lázaro Cárdenas ofrecían celulares y programas de computadora a un bajo costo. En general la gente los ignora y siguen su recorrido como si no existieran.

En el transcurso, un señor sonriente de baja estatura y con los ojos rojos, detuvo a los tres amigos para preguntarles sobre una ubicación.

–Oigan, estoy medio perdido, ¿no conocen una vecindad por aquí? Me están esperando unos familiares.

–No, no sé– contestó Paco de forma seria.

Una calle después, a un lado de la Plaza de la Tecnología, el mismo señor volvió a preguntar por la vecindad y, al no recibir respuesta, detuvo con un jaloneo a Marco.

–Les conviene que me contesten carnales. Cuando les diga algo mejor respondan.

–No sabemos dónde está la vecindad y tenemos un poco de prisa–, dijo Marco.

El hombre exaltado soltó una cachetada al adolescente de 16 años que acababa de responderle.

–No me contestes cabrón. Mejor pórtate bien. Estoy buscando a unos weyes que nos quitaron una feria, me dijeron que eran tres chavitos como ustedes, nos dieron una descripción parecida a la suya, así que mejor cooperen. Después de verlos por unos segundos dijo.

“Les pido una disculpa si los detuve así. La neta ya sé que no fueron ustedes, pero de todas formas los detuve por si las moscas. Ya ahorita se van, vamos acá a la esquina”.

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Ahí había un hombre obeso de playera blanca que le indicó al otro individuo que se fuera, ya que se iba a encargar de los tres. Les explicó la misma historia. Jóvenes que había robado dinero. Agregó que era más de un millón de pesos.

–La neta, cuando los encontremos les vamos a ponerle la madriza de su vida, así que al chile que se ponga trucha porque les va a ir muy mal. Yo gano muchísimo dinero. Tengo las tarjetas de crédito más cotizadas. Yo no necesito nada de ustedes. Sólo quiero lo mío de vuelta y darles la lección de su vida a los cabrones. ¿Ustedes no saben nada? No queremos confundirlos–, preguntó tranquilamente mientras veía a los jóvenes detenidamente a los ojos.

–No–, contestaron los tres mirándose unos a otros.

Les recomendó que se quedaran tranquilos. Pero el nerviosismo era mayúsculo. No querían saber lo que le harían a los muchachos que habían robado el dinero.

–Ahorita los vamos a llevar al Metro. Sólo por seguridad. Necesito que vacíen sus bolsillos, todo el dinero, las llaves, las carteras y el celular. Quiero ver qué traen.

Gustavo sacó su celular, Paco 30 pesos y Marco mostró 850 pesos y un celular.

“La neta los venimos siguiendo desde calles atrás y uno de mis chalanes me dijo que tu traes una laptop en tu mochila”, señaló a Marco

–Sólo traigo videojuegos.

Y era verdad.

–Tengo tu palabra de hombre. Sólo no te quieras pasar de vivo.

Ese día las calles del Centro Histórico estaban repletas de militantes que utilizaban playeras, banderas y gorras amarillas del PRD. Andrés Manuel López Obrador reunió a miles de personas en el Zócalo para apoyar su candidatura a la presidencia, en junio del 2012.

La Avenida Juárez se encontraba cerrada. Cientos de granaderos que salían de camiones de policía se desplegaban por la calle de Cinco de Mayo para evitar cualquier disturbio. No había ningún oficial en esa zona. Todos se habían localizado en un punto.

El sujeto señaló con el dedo hacia la estación del Metro Salto del Agua. Bajaron las escaleras mientras los abrazaba como si fueran amigos. Los arrinconó y les dijo que no voltearan a ningún lado. Los amenazó con soltarles bolsas de “polvo blanco” si le llamaban a un policía, justificando que los adolescentes eran traficantes de drogas.

–Yo no soy asaltante. Yo soy su amigo, los quiero ayudar. Ahorita me está marcando el wey que los detuvo allá arriba. Quiere que los lleve a la vecindad que está cruzando. Lo hicieron enojar y les quiere poner una putiza a los tres. Yo ahorita le estoy diciendo que los deje, pero no quiere.

Gustavo se mantenía tranquilo, pero tenía ganas de desmayarse. La amenaza era grande y no soportaba la idea de ir a un lugar desconocido. Paco se lamía los labios y Marco tenía la mirada perdida en la ropa que llevaba puesto el señor que estaba frente a él.

Los minutos parecían horas y el corazón parecía salirles del pecho.

El individuo que los retuvo sacó su celular y empezó a enviar un mensaje.  Volteó a ver a los chicos  que no rebasaban los 19 años.  Él les dijo que podría haber una solución a su problema. Les pidió que le dieran todo lo que traían en los pantalones con la promesa que se los devolverían en la estación San Lázaro. Sólo tenían que subir las escaleras a la calle de nuevo. Darle un abrazo “como amigos” y un apretón de mano. Es ahí donde le entregarían las pertenencias.

Al subir las escaleras, el hombre vestido de blanco se adelantó. La gente se movía de un lado para dejar pasar a una decena de granaderos que  bajaron con sus macanas y sus escudos. Gustavo, Marco y Paco los vieron de frente, pero no hicieron nada para informarles sobre la situación que estaban viviendo. Al llegar a la calle se comenzó a realizar lo acordado, pero el individuo de ojos rojos volvió a aparecer.

–Déjame llevármelos. Les voy a dar su calentadita para que aprendan a no pasarse de listos conmigo. Ahí se los va a cargar la chingada–, dijo exaltado mientras veía detenidamente a Marco.

–Ya déjalos. Los llevamos al otro lado de la calle y ya. Ahí que se pierdan en la oscuridad de las calles, ya si los jalan no es nuestro problema.

Los empujaron a los tres para que caminaran, pero Paco le dijo que les darían todo lo que trían con el fin de dejarlos ir. Los dos sujetos comenzaron a hablar y aceptaron el trato que les habían hecho.

–Como dije antes, no somos rateros ni nada, sólo por ahora denme sus cosas. Les voy a dejar 50 pesos. Se van a ir a la estación San Lázaro y ahí los espero en una media hora para entregarles todo. Ahorita este wey los va a dejar ir, así que agradezcan que les hiciera el paro.

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Su amigo contestó casi gritando. Su respiración era agitada y su mirada se mantenía fija en los ojos de sus víctimas. Volvió a levantar la mano y le volvió a propinar una cachetada a Marco.

–¡Se salvaron hoy weyes! ¡No los quiero volver a ver otra vez pasar por aquí! Hagan al pie de la letra lo que les dicen, y ni piensen contarle a la chota nada de esto. Ahorita voy a mandar a unos (compañeros) a seguirlos y si ven algo sospechoso los van a lanzar a las vías.

Se hizo lo que habían platicado en la estación del Metro. Pasó primero Paco, quien tenía una cara seria. Le dio un abrazo a la persona que lo contuvo durante todo este tiempo. Marco siguió el “protocolo” e hizo lo mismo, pero a él le dejó cincuenta pesos. Y al final pasó Gustavo. Le dijo que era un gordito muy simpático y le dio un abrazo.

Compraron boletos del Metro y esperaron el tren. Un hombre vestido con una playera blanca sin manga y una mujer con su hijo les dieron a entender con señas que se subieran al vagón. Se adentraron e hicieron al pie de la letra lo que les dijo. Al llegar a San Lázaro la pareja observó detenidamente alrededor y se acercó a Marco.

–¿Tienes algún problema?, dijo desafiante.

–No, nada, discúlpame–, contestó mientras caminaba.

Los tres se detuvieron en el centro de la estación. Vieron pasar a los sujetos que los habían seguido y se perdieron entre la gente. El hombre no apareció. Marco, Paco y Gustavo se fueron a sus casas, sin sus cosas, a salvo de todo lo ocurrido, pero asustados de aquel asalto que duró más de media hora.

A un lado de la Plaza de la Tecnología se encuentran una serie de personas que se dedican a robar celulares. Les dicen “coyotes” y cada día se hacen pasar por locatarios que reparan aparatos electrónicos. Pero al final huyen con los artículos que la gente les pone en sus manos con el pretexto ir a revisarlos.

Unas horas después los “coyotes” regresan, pero esta vez con una vestimenta diferente.

Las autoridades han detenido a varios asaltantes en esa zona, pero el ingenio del ladrón se vuelve cada vez mayor ante sus necesidades.

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