La plaza de las chingaderas

Por Argel Jiménez

Foto: Eréndida Negrete

Un río de gente y carros inundan las calles y las banquetas. Los cláxones de los autos, la voz amplificada por una bocina que habla de las maravillas tecnológicas, jóvenes que ofrecen programas de computadora, dependientes que observan o se esconden del pasar de la marea humana, se mezclan con el caminar pausado y rápido de personas que cargan bolsas grandes o pequeñas, que a la vez respetan o ignoran los semáforos peatonales.

Es una plaza comercial como muchas que hay en el Centro Histórico del todavía Distrito Federal, que según reza su placa fundacional fue edificada “para el mejoramiento del comercio popular”.

Afuera de ella, en plena calle, una mujer  de unos veinte años yace en el suelo. Un hombre obeso de su misma edad la tranquiliza, mientras un policía anota las placas de una motoneta.

Los “curiosos” contemplan a la muchacha de manea morbosa. Son más de veinte los transeúntes que interrumpen su camino momentáneamente.

La gente que pasa sin detenerse grita “¡pinches morbosos!” “¡si pagaran por ser chismosos ustedes serían ricos!” Mientras, una mujer de unos veinticinco años graba con su celular desde diferentes ángulos aquel incidente. Se mueve de un lado para otro, sin que se le despegue un adolescente que parece protegerle su sombra.

El celular capta a la accidentada y a todos los fisgones. Para verse discreta se pone el móvil a la altura de su busto.

La ambulancia llega relativamente rápido, unos diez minutos después de lo ocurrido. Suben con celeridad a la accidentada que se encuentra nerviosa. Cierran la puerta de la ambulancia. La sirena empieza a sonar y la gente se empieza a disgregar. La joven da por terminada su grabación y sonríe de manera satisfactoria por su “trabajo fílmico”.

***

Adentro de la plaza se venden tenis, celulares, ropa deportiva (pirata), mochilas (igual), televisiones, otros aparatos electrónicos y comida.

Hace mucho calor adentro de la plaza. Acompañamos  a un amigo que quiere comprarse un par de tenis para agregarlos a su larga lista.

Recorremos la mayoría de los locales que se encuentran en el lugar. Casi todos los establecimientos de tenis tienen los mismos modelos y precios. Cada quien mira los modelos de su preferencia, aunque solo nuestro amigo es el que comprará.

El recorrer de los puestos siempre lleva el mismo “método”. Se pregunta el precio, se toma el tenis, el vendedor dice el costo para inmediatamente después bajar la mirada y checar el calzado que traemos puesto (¿Lo harán para saber si se tiene el poder adquisitivo de poder comprar ese calzado?), y para que remate diciendo: “Te lo puedes probar sin compromiso”.

Ninguno de los tres accede la propuesta de ponerse el tenis y se agradece el ofrecimiento. Después de recorrer cinco locales y de que nuestro amigo  siempre vea el mismo par, le decimos que ya escoja ese mismo par en el siguiente puesto que veamos. Él accede, ya que no pensamos deambular en esa plaza con el intenso calor que hace ahí.

***

Llegamos a otro local de tenis. Lo atiende un señor de unos cincuenta años y un muchacho de unos veinte. En esos momentos los dos atienden a un niño que es acompañado por su mamá.

Mientras el niño se prueba el calzado, la mamá le dice con un tono amenazante al encargado de mayor edad que se llevarán los tenis siempre y cuando les hagan una rebaja. El vendedor accede de no muy buena manera a bajar cincuenta pesos.

La señora le dice al escuincle: “¿No te quedan apretados?” “Camina para ver si te quedan bien”. El niño obedece las órdenes de la mamá mandona. “Me los llevo puestos”, dice el chamaco y le ofrecen  una bolsa para sus tenis rotos.

La señora paga el precio rebajado que pactaron. El vendedor le comenta que no tiene cambio, la “marea” con un intercambio de billetes y cierran la transacción. Los compradores se van satisfechos y el vendedor se queda igual, sin embargo, la señora no se dio cuenta que pagó 150 pesos de más. El vendedor se ufana en frente de todos: “Me la chingué con ciento cincuenta pesos y ni se dio cuenta”. Festeja la hazaña con los brazos levantados al aire.

Le toca el turno a mi amigo. Pide sus tenis color anaranjado fosforescente. “¿Me los muestra en seis?”, dice. El chalán desaparece con el par de tenis y después de unos minutos regresa con el número solicitado. Mientras se prueba los tenis sus dos amigos miran a la distancia porque, obviamente, ninguno de los dos le va preguntar: “¿No te aprietan?” “Camina para ver si te quedan bien”, como lo hizo la mamá desfalcada.

Se ve dubitativo y pide un número más grande. “Es que me aprietan un poco”, le comenta al patrón. “¿Me puede traer los del siete?” El chalán desaparece con el par de tenis. Mientras, del otro lado del local, otros incautos se prueban tenis para correr y para jugar futbol.

Después de diez minutos por fin llega el chalán corriendo. Mi amigo se los prueba y ve que le quedan igual que los otros, camina y se los vuelve a quitar. Checa por dentro de la lengüeta del tenis y se fija que tenga el número indicado y, efectivamente, ahí lo tiene, pero no se explica por qué le quedan igual. Vuelve a checar la lengüeta y nota que el número está pintado con pluma bajo una pequeña plasta de corrector.

El patrón se da cuenta que le “cayeron” en la movida. Nuestro amigo le regresa el par de tenis y le dice que no se los llevará. El señor, con un tono autoritario, le suelta: “¡Llévatelos! Te digo que después se aflojan”. Él no accede y le da un no rotundo. Solo así deja de insistir, quedándose con el enojo en la cara.

***

Decidimos mejor marcharnos, pero hacemos una última parada en el puesto de tacos que se encuentra en la entrada de la plaza. Ofrecen de suadero, longaniza y al pastor. El trompo de la carne al pastor luce bien y es de un tamaño considerable.

En rededor del puesto hay por lo menos unos quince comensales que saborean de pie sus tacos. Les ponen limón, sal o se empinan la botella de agua negra gasificada, entre el pasar de los chalanes que recogen  los platos sucios y ofrecen algún refresco.

Mientras el taquero  encargado de supervisar el “trompo”,  le da vueltas y corta la carne bajo un fuego “infernal” que la cuece y que impide que alguien esté cerca de ahí.

Sobresale de todos los presentes, un señor que se encuentra arriba de unas cinco cajas de refresco, desde las alturas divisa todo el puesto. En una mano trae servilletas para ofrecer a los clientes y en la otra una libreta y una pluma.

Su función es apuntar los tacos y refrescos que consume  cada persona. Muchos no saben que hace exactamente hasta que tienen el “gusto” de conocerlo.

Somos testigos del buen trabajo que hace el vigía al velar por los intereses del negocio. Una pareja de novios termina de comer y pasa con la persona encargada de cobrar lo consumido. Éste les pregunta “¿cuántos fueron?”, “ocho”, contesta el novio.

Con un chiflido el cajero se comunica con el “ojo que todo lo ve”. Le hace la seña con la mano que pagan ocho tacos. “El fiscal antirrobos” se enoja y checa su libreta para aclarar la cuenta. “A ver, primero pediste tres de suadero y tu novia pidió dos de al pastor, y luego pediste tres de al pastor y tu novia otros dos de longaniza”.

Los novios, ante tal evidencia, se quedan viendo con cara de sorprendidos y apenados. No les queda de otra más que pagar lo que consumieron exactamente. Pocos se dan cuenta del momento de este pequeño incidente.

Tres comensales más que terminan de comer y se disponen a pagar, por lo menos buscan pagar uno o dos tacos menos. El vigía vuelve a hacer las aclaraciones pertinentes, sin que se logren inmutar ante el engaño que pretendían hacer.

Terminamos de comer y pagamos. El cajero y el vigía checan que las cifras sean las correctas y nos vamos.

***

En la Ciudad y país del “¡ya chingué!” “¡ahora te chingas!” “¡basta de chingaderas!” “¡chinga tu madre!” “¡vete a la chingada!” “¡me lleva la chingada!” Del “chingaquedito”. Del “chingadera y media”. Del “chingativo”, salimos airosos de esa plaza.

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