Los “paracaidistas” de la Colonia Anáhuac

Por Aurora Villaseñor Mejía

Foto: Eladio Ortiz

La calle da el aspecto de un lugar deshabitado y poco frecuentado, como suspendido tiempo atrás. Con casas viejas de fachadas carcomidas ya por el sol, cuyas rejas impiden el vuelo de la correspondencia que, en forma de abanico, invade las chapas.

Los perros echados sobre las banquetas al sol, esperan la ración matutina de tortillas agrietadas. Junto con el alimento va la cubetada de agua jabonosa para eliminar el hornazo a marihuana acumulado en los rincones grasientos.

Pero cuando el agua jabonosa de Inés se evapora de entre las aceras y ella cierra la angosta puerta negra, echando llave tras de sí, la armonía natural de una calle desalojada se disimula tras el cúmulo de ojos sigilosos que vigilan a través de los huecos sin cristales desde un segundo piso el fluir de alguno que otro transeúnte solitario que, apresurado, se desplaza hasta doblar en la esquina a la izquierda y llegar a la estación del Metro, inocentemente convencido de que es la única alma ahí presente.

Sin embargo el sol sube diariamente, se derrite en esta obra y los jóvenes con piel de bronce se pelean entre sí, se chiflan, gritan y azotan, hasta que de sus omóplatos emergen densos hilos rojos.

Es ahí cuando salen a la banqueta, violentos, para extender las piernas y estirar la mano empuñada hasta ese momento con esencia a PVC, para dejar por un momento la nariz congestionada y sujetar la caguama.

Los “paracaidistas” –como los denominan algunos vecinos de la calle perpendicular a esta construcción– no alteran ya la cotidianeidad, son pieza del mosaico urbano que bravamente caracteriza muchas colonias de la ciudad.

Aquí no hay candados que impidan el acceso, no obstante las cadenas a uno le pesan después de atravesar la puerta blanca con vidrios quebrados con la intención de ascender por los altos escalones de cemento y encontrarse así con tendederos entrecruzados que delimitan los dormitorios de estas cabecillas de greña brava.

Éste es su territorio temporal, al menos hasta que los desalojen con el objetivo de construir nuevos departamentos y así emigren al edificio contiguo, como han venido haciendo, acumulando los precios de la ciudad que calan en los huesos y los músculos atrofiados durante las noches heladas.

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