Los multifacéticos usos de la Guadalupana

Por Argel Jiménez

Nueve vírgenes de Guadalupe esparcidas por varias calles resguardan a todos los habitantes de una colonia del Oriente del Estado de México. Diciembre es la fecha que se utiliza para que la mayoría de los mexicanos que practican la religión católica, agradezcan que los proteja con su manto que da cobijo, compresión y amor.

Dos de esas vírgenes fueron puestas en esa colonia. La primera para “espantar” la basura y la otra para “inhibir” a los viciosos. De mínimo, cada una de las nueve vírgenes recibirá un rosario o una misa que oficiará alguno de los párrocos de las iglesias cercanas.

A principios de mes los vecinos pintarán los altares y paredes que resguardan a la deidad femenina, podarán los árboles que están cerca, barrerán toda la calle y se ofrecerán ramos de flores  de todo tipo para agradecer la protección que brinda todos los días.

La mayoría de los vecinos tratarán  de participar en la medida de sus posibilidades en dichas tareas. Los que le pondrán mayor empeño a los arreglos son los que cumplen alguna manda y buscan compensar el milagro obtenido.

Los organizadores buscan que ninguna de las misas y rosarios que se anuncian por toda la colonia coincidan en la hora, para evitar malos entendidos. La mayoría de ellas se realizarán el día 11 de diciembre.

Mis acompañantes de aproximadamente cincuenta años deciden que a la misa que debemos de ir es la que está cerca de una avenida transitada.

Las veinte sillas plegables que se rentaron son insuficientes para las más de cincuenta personas que nos encontramos ahí reunidas. Todos se saludan amablemente y esperan  a que el párroco termine de arreglar todos sus instrumentos que utilizará en la liturgia callejera.

Mientras aguardamos el inicio, mis acompañantes hacen gala del conocimiento que tienen de la vida de sus vecinos. Mencionan los que tiran basura en un camellón, los que gastan más de la mitad de su sueldo en algún vicio, los que son “buenos” cristianos, los que les pegan a sus hijos, los que no se meten con nadie, los que regatean la quincena  ganada a la esposa e infinidad de virtudes y defectos que cometen los seres humanos.

La misa transcurre sin ningún sobresalto. Llega la hora de degustar el café y el pan de dulce que se ofrece. Se forma un círculo grande en donde se comenta lo bien que quedaron los arreglos hechos por todos los habitantes de la calle y lo iluminado que quedó el altar. Agotados dichos comentarios se forman pequeños grupos y platican cualquier vaguedad para posteriormente retirarse a su casa.

Pasarán más de once meses para que se vuelvan a reunir dichos vecinos, las problemáticas de su colonia no serán pretexto suficiente para resolverlos juntos. Lo único que mueve la unión en esta colonia, menciona una de mis acompañantes, es el “culto a nuestra virgencita”.

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Es jueves 10 de diciembre y el camellón sirve de paso peatonal para las peregrinaciones que caminan sobre Calzada de Guadalupe. La iluminación es buena y hay poca afluencia de gente. Son las 19:08 horas y los contingentes de feligreses, familias enteras y personas solitarias siguen llegando en grandes cantidades a la Basílica.

Como música de fondo se escucha la canción de “La Guadalupana”, “Las Mañanitas” y canciones religiosas que hay en varios negocios. La seguridad está a tope. Hay una infinidad de policías que resguardan a los visitantes y un número considerable de trabajadores de la delegación  que controla el tránsito vehicular y peatonal.

A lo largo de la calle que conducirá al recinto religioso hay varios carros que reparten atole, otros tamales y otros más café y pan, para así poder pagar la manda contraída.

Los boleros no se dan abasto ante los muchos granaderos que buscan  traer las botas bien lustrosas. Mientras platican de los avances tecnológicos de los teléfonos inteligentes y se echancarrilla entre ellos.

Los puestos de comida y artesanías que predominan en el lugar lucen con poca gente e invitan a pasar a “probar palomitas a cinco pesos la bolsa”, “baños limpios”, y “una extensa variedad de artesanías”. Las arengas por la vendimia no cesan a través del altavoz de una pequeña plaza comercial.

En la calle abundan los señores que ofrecen rosarios y medallitas de a diez y veinte pesos, que traen colgados alrededor de sus brazos.

A la entrada del templo religioso hay una pantalla gigante que enfoca la entrada de los feligreses. Muchos de ellos lucen rostros cansados por la larga caminata que  hicieron desde sus pueblos del interior del país. Algunos llegan a darse cuenta que son tomados por la lente y alcanzan a dibujar una tenue sonrisa.

Los contingentes de numerosas personas que vienen uniformados  con algún conjunto deportivo o playeras les sirven para distinguirse  de los demás. Las combinaciones de colores fosforescentes o discretos lucen por todos lados. En las espaldas traen la información del número de las veces que han asistido al recinto de Guadalupe-Tonanzin (que van desde la primera experiencia, hasta más de treinta y cinco veces), y el nombre sincrético de sus poblados: Santa Cruz Zacatzontetla, San Sebastián Xolapa, Santa Isabel Cholula, San Lucas Acoxotengo, entre muchos más.

Todos ellos cantan a la entrada del templo diferentes canciones religiosas. La mayoría de ellos no pasan de los treinta años de edad, se oyen frases como “¡Qué bonita, qué bonita está Nuestra Lupita!” El clásico “¡Eeeeee puto!” de los estadios se convierte en “¡Eeeeeee Lupita!” “¡A la bio a la bao, Lupita, Lupita, ra ra ra!!” La música de banda y melodías sacadas de guitarra y violín se confunden en el ambiente por estar uno cerca del otro.

Los visitantes buscan guardar estos momentos en sus celulares. Un joven se rehúsa a salir en la foto. Sus amigos lo tratan de convencer que se acerque para que “tenga algo que contarle a sus nietos”. Esas palabras resultan suficientes para que este acceda a la foto, porque sabe que es difícil que vuelva a venir.

También predominan grupos que vienen en familia, la mayoría de ellos trae cargando a sus espaldas el cuadro enmarcado de la Guadalupana que tienen en la sala de su casa. Después de su largo caminar se sientan en el suelo a comer las tortas caseras y a tomarse su refresco de tres litros. Los tenis desabrochados es la imagen predominante.

Los caminantes solitarios viajan con sus mochilas y una cobija a la espalda y la imagen de lamorenita del Tepeyac en su pecho.

Mientras esto sucede, en la iglesia un padre oficia una misa somnífera que mantiene distraídos a todos los feligreses.

En la parte trasera de la explanada ya lucen instaladas pequeñas casas de campaña y cobertores tendidos que servirán de colchones improvisados. Los perros callejeros acompañarán toda la noche a los devotos.

Se suscita un pequeño incidente. Policías federales buscan llevarse a una persona, sus acompañantes lo impiden, alegan en su defensa que en ningún momento estuvieron fumando mariguana. Los policías les advierten que en este recinto siempre serán bienvenidos, pero que si vuelven a infringir la ley se verán obligados a sacarlos. Los ánimos se calman y los policías se retiran.

Al pie del reloj monumental que se encuentra en el centro de la plaza hay un pequeño templete en donde un grupo de pubertas canta a coro canciones religiosas con ritmo pegajoso. Las acompañan un niño que toca el güiro, un señor que toca el teclado y otro que toca el bajo.

Animan al público predominantemente  masculino que viene de diferentes partes del país. Los más animados son los señores que vienen de Tijuana. “¡Cuando un cristiano baila… así baila el cristiano… moviendo pies, cadera, rodillas y panza!” Se escucha con un sonido entrecortado.

Mientras las adolescentes hacen coreografías al ritmo de la música, preguntan que de dónde es público presente: ¡Michoacán! ¡Puebla! ¡Tijuana! ¡Toluca!, gritan los espectadores aplaudiendo y bailan ellos solos.

Los poblanos ahí presentes, al ver lo bien que se lo pasan los tijuanenses, exclaman “¡ya vámonos porque se emocionan mucho esos paisitas del norte!”.

El sonido sigue sonando mal y anuncian que en cinco minutos vuelve el espectáculo. El anuncio dado resulta suficiente para que se queden sin espectadores. Sólo unos adolescente se niegan a ir porque están convencidos de que en algún momento van a captar la atención de las cantantes de su edad y les van a poder preguntar su nombre.

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Es sábado por la tarde-noche y el Metro 18 de marzo luce lleno de feligreses que entran y salen de la estación con distintivos guadalupanos. Los que vienen de regreso caminan apoyando con trabajo los pies. Su tenis, saturados de polvo, son cómplices de los miles de pasos que han sido dados.

El camino hacia la Basílica está lleno de puestos ambulantes que venden amuletos, comida, mochilas y cobijas. La calle desemboca a la parte trasera  del recinto en donde se encuentra una salida de feligreses.

El camellón de Calzada de Guadalupe está delimitado por unas vallas de plástico color naranja. A lo largo de dicha delimitación hay policías intercalados. Un hombre y una mujer a cada cuatro metros resguardan a los turistas religiosos. Los policías se distraen consultando sus celulares o viendo pasar a las multitudes.

Una cuadra antes de llegar a la entrada, los trabajadores de la delegación controlan el acceso de los feligreses por tandeo. Predominan adolescentes y jóvenes menores de treinta años. Varios de ellos traen consigo a sus hijos en brazos o en carriola, los demás son personas que van solas y familias enteras que llevan consigo aguas, sueros, suéteres e imágenes de la virgen que apareció por primera vez hace 484 años, según cuenta el mito religioso.

Una de esas personas solitarias es un cubano de tez morena que le pide a una policía le diga donde está la estación de metro más cercana. La policía le indica que tiene caminar tres cuadras y ahí se encuentra la estación Basílica. Después de un charla de aproximadamente  cinco minutos y agarrar confianza se intercambian números de teléfonos celulares y agendan una plática más tranquila dos horas más tarde.

Los contingentes avanzan de manera rápida y algunos se paran para tomar una foto del “ingreso triunfal”. Ya dentro de la plaza los pasos descienden de velocidad y nadie sabe para donde ir. Unos se quedan parados y los demás nos dejamos llevar por la marea humana que nos llevará a dar un recorrido por dentro de la iglesia, que durará unos cinco minutos y volvemos a salir a la plaza, en donde los olores que expiden los humanos ya resultan demasiados fuertes.

La plaza luce llena de casas de campaña y cobertores tendidos. Muchos de ellos ya duermen a pesar de que son las seis de la noche. Mientras, cuadrillas de paramédicos hacen rondines para checar alguna descompensación de los visitantes.

Cerca del reloj gigante, la producción de Telemundo espera hacer enlace con alguno de sus programas en Estados Unidos. Los que pernoctarán ahí, observan los preparativos para el enlace envueltos en sus gruesos cobijas. Los conductores rubios se arreglan la corbata y la blusa respectivamente para preparar su aparición en la tele, mientras sus compañeros de tez morena afinan los últimos detalles. Después de un largo esperar, salen al aire y dicen perfectamente la información ensayada minutos antes.

La gente seguirá llegando toda la noche. Para ellos ningún sacrificio será suficiente. El fervor guadalupano goza de excelente salud.

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