Los “franeleros” gandallas de Santa Mónica

Por Daniela Jazmine Gómez Lecuona

 

Una tarde amena, llena de deliciosos platillos y momentos divertidos en la “calle del hambre”, se puede convertir en tu peor noche de la semana.

 

En  500 metros puedes pasar de lo gourmet a lo más tradicional de México. Empezando por la cafetería Pandora, cruzando el restaurante Tierra Nuestra y terminando con las quesadillas Don Agustín.

 

Todos ofrecen sabor, precio y calidad. Obviamente, los satelucos tienen bien definido su local favorito, donde se combinan olores y pasiones por la comida. Junto con el olor se respira el ambiente familiar.

“¡¿La orden va con todo jefe?!”  “¡Salen tres!”  “¡¿De harina o de maíz?!”  “¡¿Frío o al tiempo?!”  “¡Apúrate cabrón!”. Esto es lo que se escucha en la taquería El Sabor al menos 2 mil veces al día, el lugar donde el pastor atrae a los clientes desde que abren, pero principalmente pasando la medianoche.

Es la segunda casa de todos aquellos que buscan recuperar fuerza después de un viernes de fiesta. “¡Cinco con todo y  mucha salsa, hermanito!”.

Sobre Viveros de la Hacienda existen 20 lugares para matar tu apetito. Esto parece ideal para todo buen diente: Taquechis, mariscos, barbacha, carnosas, miches helodias y para rematar un banana split. Todo parece perfecto a primera vista, pero sólo los que residen alrededor y los clientes frecuentes  conocen lo que ensucia la “calle del hambre”.

Trabajar honradamente siempre será positivo, no importa si es el trabajo más humilde, como los payasitos en los semáforos, vender chicles, o recolectar botellas de plástico. Ser franelero es uno más en la lista. El problema empieza cuando creen ser los dueños de la calle.

–A mí me conocen como Nachito y la cuota que pido es de 15 varos. De ahí saco para mí familia y la cuenta que me pide el jefe.

Ya no es una novedad que el municipio sea cómplice de estos hombres con el peculiar trapo rojo, sentados en un bote de pintura relleno de cemento, cuidando sus supuestos lugares para sus próximas víctimas. Primero se muestran respetuosos para ganar tu confianza. Del “carnal” y “reina” no te bajan. Hasta “patrona” puedes ser.

–¿Se lo lavo jefe? “Aquí está seguro” “Así está bien, ahí quedó”.

Tanta insistencia, llega a ser molesto. Pero es parte de su trabajo para conseguir 600 pesos al día como mínimo. La temporada alta para ellos son los fines de semana y principalmente cuando es quincena. Los que dominan Viveros de la Hacienda son cuatro franeleros: Carlos, Sebastián, Miguel e Ignacio. Sin embargo, existen seis más que también “mueven el trapo rojo”.

No hay quien los detenga, pues el que lo enfrente sale perdiendo. Múltiples conflictos y gritos se intercambian por no querer pagar un espacio que es público y cuidado si les dices que la calle es de todos. A ellos no les importa, ya que en su camiseta de futbol portan la frase popular “el barrio es de nosotros, ódiame más”.

***

Una experiencia desagradable fue la que sufrió Sandy, una estudiante de 22 años. El ataque lo realizó Miguel, el franelero más gandalla y abusivo de todos.

Un jueves por la tarde, alrededor de las 7:00, arribó a los tacos El Sabor. No encontró fácilmente lugar y avanzó unos metros más sin imaginar la pesadilla que le esperaba al negarse a pagar la cuota. Su carro seminuevo sufriría las consecuencias.

Todo comenzó cuando la joven encontró un cajón disponible perfecto para su Fusion rojo metálico 2016, con seis cilindros y llantas Michellin, cerca de su destino. Sus amigos ya la esperaban con una orden de bistec con queso, cinco tortillas de harina y agua fría de Jamaica en copa. Estaba todo listo para que Sandy pasara una tarde agradable.

–Cuando me estaba estacionando un tipo medio mugroso, flaquito, de mala facha, con una gorra blanca, pantalones de mezclilla rotos y unos tenis sin agujetas, inmediatamente corrió y colocó un guacal en donde yo intentaba maniobrar para que quedara bien mi carro– comentó Sandra.

Miguel: “Son 15 pesos güerita, o aquí no se puede estacionar”.

 

Sandy: “La calle es de todos, el local de enfrente ya va a cerrar y no le voy a estorbar”.

Miguel: “Lamentablemente estas son las reglas, no quiero pelear con usted, ahí déjelo”.

 

Sandy salió de su carro, mostrándose muy molesta por la actitud del franelero. Sin embargo, el coraje desapareció después del primer abrazo de sus amigos, con quienes estuvo dos horas. Pagaron la cuenta. Karla, su mejor amiga, la acompañó hasta su vehículo. Revisaron si existía algún daño material por si las dudas. Ambas concluyeron que no había problema alguno y la luna no fue su mejor aliado.

De regreso a casa, la universitaria se percató que sus neumáticos se inclinaban hacia la derecha, a pesar de mantener el volante en una misma dirección. Pero pensó que sólo necesitaba alineación y balanceo por los baches que hay en la “calle del hambre” y en toda la colonia. Fue a recoger a su mamá. Estaba en una Clínica de belleza facial a unas cuadras de ahí.

No obstante, a unos instantes de llegar, la llanta derecha delantera se ponchó. Tenía enterrado un clavo y no parecía un accidente. Alguien lo tuvo que meter.

La joven, al regresar a Viveros de la Hacienda, preguntó por Miguel, y éste ya había desaparecido. Nadie lo conocía ni lo habían visto. Era obvio que él fue responsable del clavo. Eso es sólo uno de los abusos que los franeleros cometen.

***

Así como Sandy, existen otras siete personas más de la misma colonia que han sufrido actos violentos en lo que va del año por parte de los hombres con el particular trapo rojo.

Este es el problema que afecta a los habitantes de la colonia Electra y de todos aquellos que el apetito los guía a este boulevard.

Discutir con los “dueños del pavimento” es una lucha pérdida, por más que el conductor tenga la razón, y llevar el problema con el locatario tampoco es la solución. A eso se le debe agregar el tráfico que originan por estacionarlos incorrectamente y en doble fila.

En fin, una calle tan linda, tan deliciosa como la “calle del hambre”, se convierte en la calle de unos pocos y, lo que es peor, no hay quien detenga ese abuso.

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