La posibilidad de morir era real (Segunda parte)

Rivelino Rueda

Al quinto día de hospitalización llega una noticia buena y otra mala. No mala, más bien inquietante, devastadora. No habrá cirugía. Una inyección de alivio. Una sonrisa se dibuja en medio de una barba y un bigote tupidos (inundados de canas), que no experimentan el roce de unas tijeras o una navaja de afeitar por lo menos en treinta días.

El doctor Marco Villaluz luce impecable. El mentón afilado, la barba perfectamente recortada. Los ojos profundos, de un café intenso. Sobresalen las cejas pobladas y las grandes pestañas. La bata pulcra, sin una mácula, sin una arruga, contrasta con la corbata negra, notoriamente de buena calidad.

Habla claro, sin tecnicismos médicos. Lo flanquean Ana Cortés, una doctora residente, de aproximadamente veinte o veintidós años, que horas antes (como a las cuatro de la mañana) realizó una revisión general y un cuestionario raro, extraño, con preguntas fuera de lo común, y otro médico residente que nunca logré retener su nombre, pero que es una calca del doctor Villaluz, sólo que unos diez o quince años menor de edad y unos quince centímetros más bajo de estatura.

“La tomografía arroja algunos datos que no son del todo positivos. Hay lesiones severas en el páncreas y calculamos que el 30 por ciento ya no funciona. También se detectó que puede haber lesiones en el hígado, los riñones y los intestinos. Por lo menos vas a estar una semana más aquí. Necesitamos más estudios y observar tu desarrollo clínico”.

La respuesta es otra sonrisa más amplia. Es una reacción común, que ha metido en muchos problemas. La que infinidad de veces provocó la cólera de propios y extraños. La que puso al borde de inminentes madrizas…

“¡Quita esa pinche sonrisa cabrón! ¡De qué te ríes! ¡Cuál es la puta gracia!” Lo que siempre me gritaron en las canículas de las discusiones, de los problemas, en ese momento lo grité para mis adentros.

Ahí, tendido en una cama de hospital, con la incertidumbre galopando a sus anchas: “¡De qué te ríes pendejo!”

***

Los días son soleados allá afuera. La noche del ingreso parece que marcó el fin de cuatro jornadas de lluvias continuas. El traslado en ambulancia de la clínica al hospital, un martes por ahí de las seis de la tarde, sirvió para jalar un poco de ese aire peculiar de la Ciudad de México en esta temporada, mezcla de tierra mojada, hojas secas, humo de escape de vehículos automotores y nostalgia veraniega.

En la clínica no había ventanas. El campo de visión se limitaba al área de labores de médicos y enfermeras y, más allá, a otras camas, a otros pacientes, a otras historias.

El primer plano es un tubo que cuelga de la nariz; una diadema también conectada a las fosas nasales, que dota de oxígeno; una muñeca inflamada por la conexión de vena-aguja-manguera-bolsa de suero, la cual puntualmente es despachada por un coctel de potentes medicamentos, y una mesa de ruedas que algunos enfermos utilizan para colocar las botellas de agua que les llevan sus familiares, o en el mejor de los casos para tomar sus alimentos.

La que está a unos centímetros sólo tiene un folder encima. El ayuno tiene que ser riguroso. No hay una fecha específica para poder tomar líquidos. De los alimentos sólidos mejor ni hablar.

Ya en el hospital, en el área de urgencias, en el primer piso de un edificio de seis niveles, tampoco hay ventanas. Ahí transcurren las siguientes nueve horas del primer martes de hospitalización, al menos así lo contabilizo por el reloj de pared que está al frente.

En el trayecto de “la limusina”, como llaman los paramédicos a la ambulancia, que dura unos 15 minutos, sólo se alcanzan a ver los últimos pisos de los edificios de la avenida Gabriel Mancera. Nada más. Pero al menos eso consuela.

No hay fecha para caminar de nuevo por esas calles que se observan desde el cuarto piso del hospital, ya en el área de cirugía. La mañana del primer miércoles, desde el baño, contemplo el crepúsculo en la Ciudad de México, la que me vio nacer desde hace ya casi 45 años y por la que he caminado todo ese tiempo, orgulloso de pertenecer a ella.

El resplandor de los primeros rayos de sol pega de lleno en el enorme Cristo con los brazos abiertos de la iglesia que se encuentra en Gabriel Mancera esquina con División del Norte. Más allá, las siluetas apenas perceptibles de los cerros del poniente de la metrópoli. Media vuelta.

Realmente sigue provocando un dolor insoportable acostarse o incorporarse de la cama. De nuevo a intentar conciliar el sueño pero ya no se puede. Es la hora del cambio de turno y enfermeras y enfermeros comienzan con la rutina que marca el protocolo médico.

***

Ana Cortés agita levemente el brazo para sacudir un sueño profundo, de esos escasos que se han presentado en los últimos días. Las sonrisas son recíprocas. El acento norteño es notorio en esa muchacha de poco más de veinte años.

La médico internista revisa signos vitales y pone en marcha un chequeo a tientas del estómago. El aberrante dolor permanece intacto cuando sus manos presionan ese bulto de piel inflamado. Son las cuatro de la mañana.

–¿Te puedo hacer unas preguntas para tu historial Médico? Algunas son muy personales—comenta Ana.

–Claro que sí.

El cuestionario comienza sin mayores contratiempos. La doctora luce bastante fresca, a pesar de que a lo largo de dos días y dos noches la he visto ir de un lado a otro, sin descansar. No hay ojeras. Sus ojos no están inyectados. Las preguntas fluyen de sus labios sin denotar cansancio.

Que si alguno de mis familiares tuvo cáncer. Que si en la familia utilizaban leña o carbón para cocinar o bañarse. Que si alguna vez había tenido transfusiones de sangre. Operaciones. Fracturas…

–¿Fumas?

–Sí.

–¿Cuántos cigarros al día?

–Unos 25.

–¿Tomas alcohol?

–Sí.

–¿Con qué regularidad?

–Unas dos veces al mes.

–¿Al grado de la embriaguez?

–No siempre.

–¿Cuánto tomas?

–No sé. No las cuento—Ana lanza una sonrisa.

–¿Más o menos?

–No sé. Diez o doce cervezas.

–¿Cuántas parejas sexuales has tenido?—pregunta la doctora internista y luego acota que “así viene el cuestionario”, quizá porque observa que me ruborizo.

–¿Es en serio?—respondo un tanto destanteado y diciendo para mis adentros: “Ahora sí se viene lo bueno”.

–Sí, aquí viene—me enseña el documento.

–No pues no sé.

–¿Perdiste la cuenta a qué edad?—lanza Ana y no aguanto soltar una carcajada que, por la contracción en el estómago, duele en el alma. Ahora ella se ruboriza.

–¿Esa pregunta también viene en el cuestionario?—reviro y ella, también entre risas, responde que no.

–¿Más o menos?—insiste.

–No sé. Cinco o seis—contesto también riendo y sujetándome el estómago para aliviar las punzadas. Ana frunce el ceño. Me ve directamente a los ojos y luego anota la respuesta.

–¿Has tomado dogas?

–Sí.

–¿Cuáles y en qué cantidad?

–Marihuana, cocaína, ácidos en la juventud. También hongos y peyote en la juventud. Marihuana una o dos veces al año. Cocaína también la consumí hace mucho tiempo y fue esporádicamente.

–Se ve que te la pasabas bien, ¿no?—comenta Ana y vuelvo a soltar una carcajada.

–¡Ya no me hagas reír! ¡Me duele!—le suplico entre risas.

–Ya no. Ya terminó el cuestionario.

La doctora se despide y recuerda que en unas horas, a las diez de la mañana, realizarán una tomografía para verificar el tamaño de la lesión al páncreas.

Los párpados pesan. En una hora encenderán las luces e iniciará la rutina de siempre. Trato de dormir un poco, pero antes medito sobre la protección de datos personales en el IMSS. Opto por dejar eso para otro momento y conciliar el sueño, aunque sea por unos minutos.

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