Por Carlos Alonso Chimal Ortiz
Foto: Eréndira Negrete
Anatolio Rangel de la Cruz era mejor conocido como el “Tiburón» y vivía en varias calles del Centro Histórico. «Nachito», «Cuca» y «Zuky» (perros de talla pequeña) eran su compañía. Siempre lo escuchaban cuando cantaba, cuando blasfemaba estando ebrio, cuando lloraba. Sus lenguas limpiaban las lágrimas del “Tiburón”. A cambio, él les conseguía algo de comida, los cuidaba, les conseguía sus camas, o sea periódicos, cartones y todo lo que sirviera para pasar la noche o tomar la siesta a cualquier hora del día.
Sus pertenencias eran dos costales en los cuales guardaba algunas prendas desgastadas, algunos recortes de periódicos, una gorra con el logotipo del Partido Revolucionario Institucional, algunos cuadernos y revistas, las cuales ya había leído más de 300 veces, pero le gustaba imaginar que no las había leído nunca, ya que cada vez que las leía cambiaba los nombres de los artistas por los de sus perros o cosas así.
Le daba mucha risa leer que «Nachito» se había caído del escenario durante un concierto. Los lunes en la madrugada aprovechaba para «bañarse» en un estacionamiento que estaba por el rumbo. Sólo se tallaba con agua las axilas, los pies y el cuello. Si agarraba desprevenido a alguno de sus «amigos perrunos» también le tocaba “baño”.
Como a eso de las cinco de la tarde rondaba por el basurero del mercado de San Juan. A veces encontraba algunas frutas o verduras en buen estado, aplastadas pero digeribles. Con algunos pellejos y cabezas de pollo o huesos de puerco ya estaba la cena de sus perros.
Tenía como dos meses que la paz y la armonía de él y su familia perruna se había visto afectada por la llegada del «Chimuelo». El «Chimuelo» había vivido varios años en Xochimilco por la vías del tren ligero, hasta que unos jóvenes en estado de ebriedad lo levantaron en su camioneta y lo anduvieron paseando por la ciudad hasta dejarlo botado en el Zócalo de la ciudad.
Hizo amistad con el «Negro», un perro de talla grande lleno de cicatrices y una oreja cortada por la mitad, resultado de una pelea con otro perro seguramente. Resulta que el «Chimuelo» había llegado a usurpar la comida que el “Tiburón» buscaba en el basurero todas las tardes. Hacía rabiar a sus perros por culpa del «Negro». «Cuca» es la que más corajes hacía. «Zuky» no le daba mucha importancia, ya que era ciega, y «Nachito», por ser el macho de la manada, tenía que ponerse en su papel de defender a sus hembras.
Una noche el “Tiburón» se agarró a golpes con el «Chimuelo» porque ya les había robado su espacio para dormir. En lo que peleaban, el «Negro» atacó a «Cuca». El “Tiburón» le dio una patada al «Negro» para que soltara a «Cuca». El «Chimuelo” aprovechó ese momento para estrellarle una botella en la cabeza al “Tiburón», que inmediatamente cayó al piso perdiendo el control de su cuerpo. «Nachito» y «Zuky» ladraban a más no poder pero estaban amarrados a un poste. El “Tiburón» sólo vio cómo se acercó el «Chimuelo» al cuerpo de «Cuca», que se quejaba del dolor.
–¡Qué vas a hacer pendejo!— le gritó el «Tiburón» al «Chimuelo».
–¡Para que sepas con quien te metes!— le contestó el «Chimuelo».
Se acercó a «Cuca» y levantó su pierna derecha, como cuando se aplastan las latas de refresco en el piso. Sólo que ésta no era una lata, era la cabeza de «Cuca». Se escuchó un ¡CRACK!, como si trozaras un tronco de un árbol seco por la mitad.
–¡NOOOOOOOOOO! –
El “Tiburón» dio un grito desgarrador que se escuchó en toda la calle. Se levantó y corrió a recoger el cuerpo sangrante y convulsionado de su perra. El «Chimuelo» y el «Negro» huyeron de la escena, en donde sólo quedó una silueta de un hombre desconsolado abrazando a su perro.
Ya habían pasado como tres meses de aquel trágico acontecimiento y el «Chimuelo» todavía rondaba el Centro Histórico, pero ya no se metía a los territorios del “Tiburón». La cara del “Tiburón» ahora era la cara de una persona que necesitaba morir. A sus 47 años pareciera que en tres meses había llegado a los 70 años de edad. Ya no se «aseaba». Hablaba solo, a diferencia que antes lo hacía, pero dirigiéndose a sus perros.
Juntó algo de dinero de limosnas que pedía en la Alameda Central. Él sabía que si sus perros se quedaban sin él, iban a terminar por morir de hambre o asesinados por algún degenerado que nunca falta. Entonces pensó que si «Cuca» ya estaba en el cielo, por qué no alcanzarla junto con sus otros amigos.
Así es que después de comprar una anforita de agua ardiente, adquirió también veneno para ratas, para lo cual discutió por largo tiempo con el encargado de la tlapalería, ya que no se explicaba cómo iba a terminar con todas las ratas de la calle con una latita para que él y sus perros pudieran dormir. Sólo él sabía que el veneno no iba a ser para las ratas. Con la ayuda de un tamal iba a llevar a cabo su propósito.
Cuando llegó la noche, amarró a sus perros a un árbol en donde había enterrado a «Cuca» y se fue caminando hacia un callejón. Se escondió detrás de un automóvil abandonado y arrojó un pedazo de tamal con aquella sustancia toxica. El «Negro» despertó y olfateo el trozo de tamal. Lo tomó con su hocico y lo masticó hasta que empezó a retorcerse y a sacar espuma de su hocico.
El «Chimuelo» despertó espantado y empezó a gritarle al «Negro» ¿Qué te pasa Negrito? ¿Qué tienes? Lo tenía agarrado de la cabeza y lo agitaba, preguntándose qué le pasaba a su compañero, cuando llegó por detrás con una patada el “Tiburón» y derribó al asesino de su compañera, su amiga, algo así como si fuera su hija. Ya en el piso empezó a golpear con los puños la cara del «Chimuelo» mientras le repetía el nombre de «Cuca». Tomó una roca con sus dos manos y la golpeó contra la cabeza del «Chimuelo» en repetidas ocasiones, rompiéndole el cráneo.
El sonido del cráneo al romperse era similar al de su «Cuca». Encima del cuerpo ya sin vida del «Chimuelo», esbozó una sonrisa mirando hacia el cielo. Se levantó bañado de la sangre de su oponente y se dirigió hacia el prado en donde dejo a sus amigos. Lo recibieron con lengüetazos en todo el rostro y agitando sus rabos con mucha emoción. Sacó el resto de tamal que le quedaba y lo repartió entre «Nachito» y «Zuky». El último trozo se lo comió él.
Al otro día en la mañana, la gente corría y esquivaba a los demás transeúntes con tal de llegar a sus trabajos a tiempo. Nadie se percataba, o quizá algunos se daban cuenta, de que había un hombre con sus dos perritos muertos junto a un bulto de tierra en un prado del centro histórico. Hacían como que no veían nada. Nadie se preocupa por un indigente y menos por dos perritos callejeros.
Pareciera que los tres estaban sonriendo. Ahora los cuatro ya no pasan hambres y son los más felices del cielo. «Zuky» ya no es ciega.