LOS CORRUPTOS….A VOLAR

Por Irma Ramírez Orozco

    

Declaró Aurelio Nuño que si gana AMLO la reforma educativa está en riesgo. Ahora resulta.

Se le dijo insistentemente, si los profesores no hacen suya la reforma, tampoco van a defenderla. 

     Los expertos, con su vista de águila,  ya nos aclararon que el modelo educativo presentado por el Secretario, con las recurrentes ideas de aprender a aprender, calidad de la educación, diversidad, no es novedoso, ni serio, ni viable, empezando por los recortes al presupuesto. ¿Por qué entonces empeñarse en gastar en nuevos libros de texto al final del sexenio y con  la reforma en riesgo?

     Muchos de los profesores que miramos el nuevo modelo educativo desde el salón de clase, que hemos vivido las reformas que llegan, pasan y no se quedan, señalamos como prioridad eliminar la corrupción en cada escuela. Sabemos que esta plaga sigue rampante en todos los niveles, ya sean administrativos o sindicales.

      En otro tiempo pensamos que sacar a los directivos corruptos de una zona o sector educativo no servía de mucho porque lo sustituían con otro igual de carroñero, pero más fuerte, capaz de enfrentar a los maestros organizados. Hoy se piensa que es necesario eliminar la corrupción también abajo, porque ahí se encuentra el alimento de las aves de rapiña.

     La corrupción en los mandos medios es como parvada de cuervos, se hace poquito a poco, pero puede destrozar toda una cosecha. Ilustraré esto con un recuerdo:

      En aquel tiempo llegué como maestra de grupo a la mejor escuela pública que he conocido. La directora nos traía en constante actividad con el pretexto de que ella no sabía nada. «Profesores Fulanito y Sutanito, encárguense de arreglar el micrófono, ayudénme, es que de eso no sé nada. Maestra, apoye a su compañera, es que las matemáticas por más que quiero, no se me dan». Así involucraba a todo el mundo, incluidos los padres de familia. 

    Los alumnos obtenían los mejores promedios del sector. La escuela estaba limpia. Teníamos material didáctico, aula de computación, parcela escolar, biblioteca. La directora recorría los salones para observar nuestras clases y darnos consejos de didáctica. Lo mismo estaba en la azotea vigilando que aplicaran bien el impermeabilizante, que en la parcela escolar o en la dirección, organizando a las estudiantes que solicitaba para que hicieran ahí su servicio social.

    Los árboles de capulín mantenían sus frutitas hasta madurar, algo excepcional en una escuela primaria. El día que se cortaba la fruta el patio era una sola algarabía, un aletear de golondrinas.

    En esa escuela estaban las oficinas del supervisor, un maestro inteligente, informado, culto, el típico búho, pero sin lentes. Sus visitas eran agradables, lecciones de vida y pedagogía. Por cierto, actualmente el aula de usos múltiples tiene su nombre. Nos llevábamos bien con la Supervisora General, estaba más alejada de las escuelas pero existía un vínculo muy eficaz: un buen equipo de asesores técnico-pedagógico.

    Todo parecía miel sobre hojuelas, hasta que nos llegó la noticia: habría cambio de inspector. El nuevo supervisor se presentó como pavorreal pero al poco tiempo le encontramos parecido a un buitre. Llegó con cuatro ayudantes, todos con plaza de maestro de grupo. Uno de ellos, alto, voluminoso, indolente, su única tarea era ser guardaespaldas del supervisor en las borracheras. Pasaba los días dormitando en la oficina. Dos ayudantes más, cubrían los interinatos que se presentaban en la zona y el cheque lo cobraban «a las michas» con el supervisor. La secretaria era la que realmente se hacía cargo del trabajo administrativo durante la mañana. Pronto obtuvo una doble plaza y ascendió como directora a una escuela vespertina.

    El supervisor, en las cantinas que frecuentaba, hacía alarde de sus corruptelas. Por ejemplo: se dio la orden de no inscribir alumnos de menos de seis años. Después de las inscripciones «legales», citó en su oficina a los padres que desearan inscribir a los niños de cinco años. La fila de solicitantes fue tan larga que dio vuelta a la esquina. Claro, debían aportar una cuota «voluntaria» que él se embolsaba. 

     Sus ayudantes seleccionaron a los mejores alumnos de cada grado para formar seis equipos que entrarían en acción en las emergencias. Ellos se presentaban a las evaluaciones con diferente nombre, de acuerdo a las listas de asistencia.

    Como toda «autoridad» pronto se rodeó de «amigos». Algunas tardes se reunían a tomar cerveza en la dirección del turno vespertino, incluido el director de esa escuela. Aunque había pocos alumnos, antes de dejarlos solos les exigían que se mantuvieran sentados en el suelo para que desde lejos, por las ventanas, no se observara el desorden. Pobre del alumno que encontraran de pie, mucho menos brincando. No hay que decir mucho para imaginar lo hábiles que resultaron esos niños para caminar en cuclillas.

    Desde que llegó ese señor todo tenía un precio, un permiso, un cambio de adscripción, su visto bueno en la revisión de documentos… Los profesores asignados como jurado en los concursos eran presionados para que respetaran la «sugerencia»:  la escuela a cargo de su secretaria debía ganar todas las competencias. Si no se sometían …Tal vez esos castigos no fueron visibles para los ojos no experimentados. Por ejemplo, con algún pretexto, asignarle un grupo muy numeroso. El salón más incomodo. No conceder un solo permiso. Encargarle tareas adicionales. Aplicar exámenes a sus alumnos, gritándoles o regañándolos hasta colocarlos en situación de pánico. Los resultados no eran los mejores y el profesor era exhibido en la comunidad escolar como incompetente. 

    Los comentarios en contra del supervisor no se hicieron esperar. Las quejas se escucharon en el molino,  la iglesia, la plaza, de profesor a profesor, de escuela a escuela,  como revoloteo de gorriones removiendo el aire. Nos organizamos. No queríamos quedarnos en dimes y diretes. Silenciosamente acumulamos pruebas, testigos, actas, firmas y arremetimos en parvada, bajamos súbitamente, para solicitar a la Supervisora General, la salida del «dichoso» supervisor.

    La Delegación Sindical y la Supervisora General, nos presentamos en las oficinas del Comité Seccional del SNTE. Llevábamos un expediente con varios cientos de hojas. No creo que lo hayan leído. No les interesó cuáles eran los cargos o motivos del descontento. Como si fueran pericos o guacamayas de circo con un parlamento aprendido, una y otra vez nos preguntaron a qué corriente sindical pertenecíamos. Un representante del comité seccional anduvo en las escuelas, investigando, no el por qué los maestros estábamos en movimiento, sino el historial político-sindical de cada integrante del Comité Delegacional. No fue fácil, pero para no hacer el cuento más largo, después de varias acciones, el «dichoso» supervisor salió de la zona.

    ¿Fue amonestado? No. ¿Fue sancionado? No. Tras el argumento: es deber del sindicato defender a todos sus agremiados, en los conflictos es juez y parte. Al supervisor lo cambiaron de zona y san se acabó.

      Algunos maestros concluyeron que no había valido la pena tanto riesgo y esfuerzo, los profesores de la zona que recibió al «dichoso» supervisor ya estaban enojados porque en su nueva supervisión no cesaron sus corruptelas. 

     Otros profesores pensamos que esto no es trabajo de un solo sector escolar. Es tiempo de actuar,  de espantar de todas  las escuelas a estos personajes nefastos para estar en mejores condiciones de participar en una nueva reforma educativa.

   Se irá Juan Díaz de la Torre.  Otros  líderes y otros directivos van a aparecer, pero hay que estar alerta, no confundamos a un búho con un mísero buitre.

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