Lo que miramos, lo que nos mira en el México presente

Por Aida Maltrana

 

Dice Georges Didi Huberman en su libro Lo que vemos, lo que nos mira: “estamos condenados a los recuerdos encubridores, o bien a sostener una mirada crítica sobre nuestros propios hallazgos conmemorativos, nuestros propios objetos encontrados”.

Atrapar el instante decisivo frase con la que se hace homenaje a Henri-Cartier Bresson, significaría para quienes nos interesa la fotografía, estar permanentemente alertas  con la cámara para suscribir en un soporte digital o analógico la memoria de la vida cotidiana, el entre tiempo invisible a los ojos de quienes buscan la nota de “lo emergente”.

Un nuevo realismo nos empuja a movernos entre la vida, más allá de congelar los  paisajes como las estampas que heredamos de los viajeros del siglo XIX,  de la mirada extranjera idealizando el México moderno, o la del cine sublimando el edénico ruralismo.  Este tiempo nuestro en el que “lo posmoderno” hace una crítica a la tradición,  las imágenes  revelan lo otro escindido del espectáculo y lo aparente.

Están en los cuerpos que caen entre rieles donde  “la bestia” transporta a migrantes para  el salto de los muros de la discriminación y la violencia, como lo hace el italiano Nicola Okin Frioli en su serie “Al Otro lado del Sueño”.  La fotografía en este tiempo atiende los afectos de mujeres que construyen una vida en las celdas de la oscuridad y el abandono, como se narra visualmente en el ensayo “Las Horas Negras” de Patricia Aridjis.  Mujeres de campo que son abusadas para exponerlas como mercancía en las calles de la soledad  a cambio de un destino,  hablan desde la intimidad nunca revelada ante la opinión pública, a través de la mirada honesta de Maya Goded.

En las décadas de los años setenta y ochenta, la función social de la fotografía se fortaleció, y desde entonces narra sobre las avenidas del imperio, la otra cara de la historia. Las imágenes están ahí entre los vagones del metro y el agotamiento de los vacíos cotidianos; en los callejones detrás del bordo; entre la gente que quiebra la rutina para manifestarse desde su estoicismo por el trauma a causa de nuestra inminente orfandad,  y por el desfalco a los bienes del territorio.

Por mi parte, y como fotógrafa amateur, me detengo en las imágenes que buscan ser transfiguradas a manera de trozos poéticos de dignidad.

Ante el elogio de la cámara del turista, “las danzas aztecas” aparecen en el primer cuadro de “lo urbano”  de  la ciudad de México.  Entre lo naive y la lucha incierta por la reivindicación de una identidad,  atiendo con mi lente a la fusión del “new age” con los linajes que defienden las creencias.

El trueque y la ofrenda a la mesa son las causas auténticas de quienes ya sean de las ciudades o del campo, danzan al ritmo del huehuetl. Los sonidos que emiten los tambores elaborados con botes de basura reciclados, levantan polvo sobre las ruinas de la historia. Los cuerpos se empoderan con las indumentarias confeccionadas con plumajes de aves, caracoles, chaquiras y bordados, mientras chamanes,  brujos y  amuletos  anclan  a los nómadas que viajan de norte a sur -de Pantitlán hacia Taxqueña-  a una tierra que hoy parece desierta.

En esta lucha diaria comerciantes, creyentes devotos, tribus urbanas y pueblos originarios expresan su derecho a la autonomía; sustentan su saber colectivo para el colectivo, a través del ritual de la danza  por el  respeto a “la mexicanidad”;  pero detrás de esa imagen de la máscara y el humo del copal, existen las microhistorias que se distinguen de la crónica del folklore nacionalista.

En las imágenes donde destaca la exuberancia de emperadores y guerreros aztecas, las otras expresiones de la realidad de nuestro tiempo presente comparten la representación, que sin importar el desasosiego, la incertidumbre, la prisa o la sorpresa, detienen en su celular o en su pensamiento el instante sagrado de la ofrenda dirigida a los cuatro rumbos, a fin de hallar alguna certeza.

Construir “felicidades imaginarias”, o hacer aparecer  lo invisible y lo anónimo como imágenes  de verdad, depende en todo caso, del punto de vista de quienes nos acompañamos con una cámara para contar la vida del México presente.

Sitios de los fotógrafos mencionados:

“Las Horas Negras” de Patricia  Aridjis

“Al Otro Lado del Sueño” de Nicola Okin Frioli

“La Plaza de la Soledad” de Maya  Goded

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