Lectura y conocimiento, las armas más poderosas del narrador de guerras (Segunda Parte)

Por Rivelino Rueda

Aldeas enteras, ciudades 

y pueblos enteros contagiáronse 

y enloquecieron. 

Todos estaban alarmados, 

y no se entendían 

los unos a los otros; 

todos pensaban que sólo en ellos 

se cifraba la verdad.

Fiódor Dostoyevski/Crimen y Castigo

Cuando Seymour Hersh reveló el horror de la masacre de My Lai en el periódico St. Louis Post Dispatch, habían transcurrido veinte meses de aquellos hechos en donde soldados estadounidenses asesinaron a mansalva a entre 347 y 504 civiles vietnamitas, entre ellos niñas, niños, mujeres y personas de la tercera edad.

“Sy” M. Hersh no fue testigo presencial de esa matanza; de hecho, el periodista (Chicago, Illinois, 1937) nunca estuvo en algún frente de guerra. Buena parte de su prestigioso trabajo periodístico lo realizó a través de testimonios de los testigos directos. 

Así ocurrió con el texto My Lay massacre (merecedor al Premio Pulitzer), un trabajo en tres entregas que se publicó los días 13, 20 y 25 de noviembre de 1969. 

Hersh hace periodismo, no propaganda de guerra. Le da la voz a los que vivieron ese infierno el 16 de marzo de 1968 en la región de Son My, Vietnam.

Del campo abierto llegamos a la aldea y alguien encontró a un tipo. Estaba tirado en un cobertizo, asustado y acurrucado. El soldado dijo, ‘ahí hay un sucio’ y preguntó qué hacer con él. 

Mitchell dijo ‘mátalo’, y lo hizo. El hombre estaba parado y movía los brazos cuando lo mataron. Entramos a ese cobertizo y no podíamos abrir una puerta. Me di cuenta que la tiró abajo y encontré un viejo temblando. Encontré uno, les dije, y Mitchell me ordenó que lo matara. 

Fue el primero al que maté. Estaba escondiéndose en una piragua, movía su cabeza y sacudía los brazos, trataba de decirme que no lo matara”.

El reportaje de Seymour Hersh sirvió para abrir los ojos a un gran sector de la población estadounidense que no sabía lo que estaba ocurriendo al otro lado del mundo y que apoyaba a ciegas el papel de “policía del mundo” de los gobiernos de esa nación, ya sea demócratas o republicanos, pero sobre todo para asimilar un poco las monstruosidades que estaban cometiendo “sus muchachos” contra civiles en Vietnam.

Y es ahí donde entra otro elemento que caracteriza los grandes narradores de guerra: el estudio, la preparación y el aprendizaje cotidianos; la lectura como materia prima para comprender y describir los conflictos armados. Va de nuevo: la lectura como materia prima para comprender y describir los escenarios de guerra.

Ryszard Kapuscinski dice en el libro Los cinco sentidos del periodista que cuando decide escribir el libro El Emperador, en 1975, fue porque cubrió diariamente la revolución etíope como corresponsal, porque creyó tener los suficientes elementos para abordar el tema.

Eso fue central para decidirme a encarar el libro: conocer muy bien la realidad del país. Nunca escribo un libro si no he estado familiarizado con su asunto por lo menos unos veinte años o si no le he dedicado unos tres años a trabajar en particular sobre su tema.

Por eso cuando comencé con el proyecto de El Emperador ya llevaba mucho conocimiento acumulado sobre Etiopía: había estudiado el país durante trece años.

Y más adelante señala que la segunda decisión consciente de ese libro fue la estructura sobre la cual construirlo. 

Si lo publicaba tal como ocurrió, enteramente y con todos sus documentos, habría necesitado unos cuarenta y dos tomos, bastante más que las ciento veinte páginas en las que quedó (…) Quien escribe sólo lo que tiene no es un periodista bueno. 

Una de las características bochornosas en el ejercicio periodístico de nuestros tiempos es la ligereza en el tratamiento de la información: No hay amor por la lectura en extensas capas del gremio, no hay investigación de los temas que se tratan o que se cubren, no hay ese cosquilleo por ir más allá de la declaración o del boletín y, peor aún, ni siquiera existe la voluntad de verificar, verificar y verificar la información que se aborda.

Los antiguos héroes del periodismo –decía Kapuscinski– “han sido reemplazados, en buena medida, por un nutrido número de trabajadores anónimos de los medios”. 

“Hoy el soldado de nuestro oficio no investiga en busca de la verdad, sino con el fin de hallar acontecimientos sensacionales que puedan aparecer entre los títulos principales de su medio”.

¿Qué llega entonces a los lectores, a las audiencias, en esa situación de centralización de la información, de precariedad en la labor integral de todo periodista (leer, investigar, verificar, ceñirse estrictamente al rigor periodístico, aprender todos los días de todas las fuentes posibles), en donde se deja de ver el mundo y se concentra más en lo que hacen los otros medios, los otros periodistas?

Ryszard Kapuściński anotó que “lo cierto es que la tremenda centralización de la noticia redujo mucho nuestro conocimiento de este complicado mundo en el que vivimos”.

“A pesar de su enorme diversidad, de la enorme cantidad de problemas y dramas que contiene, nuestro espectro se reduce a si va a haber guerra contra Irak o no va a haber guerra contra Irak (en estos días ver si va a haber guerra nuclear o no). Tanto se ha empobrecido nuestra manera de entender el mundo, que no sólo sabemos una o dos cosas, sino que –lo peor de todo– las sabemos mal”.

Con la experiencia de ser testigo de las dos grandes Guerras Mundiales y la Guerra Civil Española, el periodista y escritor estadounidense Ernest Hemingway también ancló su extensa y extraordinaria obra en el estudio de los conflictos armados que vivió, en su enorme perspectiva para comprender los fenómenos totalitarios que se gestaban en Europa a partir de la experiencia propia y de las lecturas infinitas.

Y sí. Pese a simpatizar con la República durante la Guerra Civil Española, tanto en sus textos periodísticos como corresponsal para la North American Newspaper Alliance, como en su obra literaria, específicamente en la novela Por quién doblan las campanas, el de Oak, Illinois, narra los horrores de la guerra cometidos por ambos bandos.

Esto habla no sólo de un profundo compromiso con la verdad, sino de una responsabilidad inquebrantable con el género humano, envuelto en maremotos de propaganda disfrazada de información, precisamente como en estos días de incertidumbre por la invasión de Rusia a Ucrania.

Al final de la Segunda Guerra Mundial y del reparto del mundo en dos bandos ideológicos, el Premio Nobel de Literatura en 1954 recomendó algo básico para todo ser humano: entender la problemática de los pueblos para no cometer los mismos errores. 

Hemingway se lo dijo a sus compatriotas, aunque el mensaje podría estar dirigido a toda la humanidad y a todo aquel que se dedique a este oficio de las letras, de ficción y de no ficción:

Por el momento somos el poder más fuerte del mundo, es importante que no nos convirtamos en los más odiados. Para evitar ese destino, necesitamos estudiar y entender ciertos problemas básicos de nuestro mundo tal como estaban antes de Hiroshima para poder continuar, inteligentemente, y descubrir cómo algunos de ellos han cambiado y cómo pueden ser resueltos con justicia ahora que una nueva arma se ha convertido en la propiedad del mundo.

Debemos estudiarlos con más cuidado que nunca y recordar que ninguna arma ha resuelto nunca un problema moral. Puede imponer una solución, pero no puede garantizar que sea una justa.

@RivelinoRueda

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