Las “cuotas” de los polis de la CDMX a sus “superiores”

Por Nathalie Melissa Hernández Fuerte

Foto: Edgar López

 

El Coyol es un fraccionamiento perdido en medio de algunas colonias peligrosas de la Gustavo A. Madero. Al Norte “La Sanfe”, al Sur “La Consti”, al Este “La Nueva” y al Oeste Casas Alemán. Las calles siempre están vacías.

El espíritu de El Coyol muere de lunes a jueves, pero el fin de semana, es seguro encontrarse con la bolita de la única tienda que hay en el fraccionamiento. Es un hecho que cada viernes por la noche se junten los chavos de la colonia ahí.

“Los Chatos” un grupo de 10 jóvenes de entre 18 y 25 años, hijos de familia de clase media, que estudian y trabajan, se reúnen dentro de la tienda para tomar cerveza, jugar cartas, platicar y olvidar el estrés. Los mismo vecinos los conocen e incluso se sienten protegidos por ellos, porque cuando llegan “maliantes” de las colonias de a lado, ya no se atreven a robar ni a molestar a la poca gente que camina por las noches.

Jonathan como cualquier domingo, estaba en  casa de su abuela, en el mismo fraccionamiento, con la familia Barragán – la de su mamá-, crudo, desvelado y esperando la hora de la comida. Las quesadillas de chicharrón ya estaban casi listas, los platos y cubiertos acomodados y la familia esperando el llamado a la mesa.

Cano, el de la tienda, le mandó un whatsapp a “Jonny”–como lo llaman sus amigos- para que se reunieran nuevamente y así pudiera entregarle el cargador de su celular, que una noche antes olvidó en la borrachera, y de paso se la “curaban con una cervecita”.  Jonathan ni siquiera lo pensó y en un par de minutos ya estaba ahí.

Desde que salió de casa de su abuela, vio que una patrulla con  3 policías a bordo, merodeaba las calles del fraccionamiento. En lo que caminaba hacia la tienda, la vio pasar un par de veces.

No habían pasado ni 10 minutos cuando Cano le invitó una Corona clara a Jonny. El Sol les pegaba directamente en la cara, por lo que decidieron sentarse en la banqueta para que no les molestaran los rayos. Ninguno de los dos se dio cuenta del momento en que la patrulla ya estaba junto a ellos.

Los policías, dos hombres y una mujer, bajaron de la patrulla agresivamente con las esposas en mano y diciendo una serie de groserías que “saco de onda” a los dos de la banqueta. Se dirigieron directamente a Jonathan.

La mujer le arrebató de las manos la cerveza, recién abierta, y con gritos le hizo saber que iría a la “cárcel” por cometer un “delito – dos grandes errores de su parte, ya que según la el Código Penal del Distrito Federal es una falta administrativa que no procede a ir a prisión, sólo se debe pagar una multa.

Esto nos hace saber, lo poco capacitados que están los policías para ejercer el cargo- en lo que los otros dos lo jalaban tratando de arrestarlo. Jonathan sólo pensó en el dolor que le provocaría a su madre por cometer la “estupidez” de tomar en la calle. Usó todas sus fuerzas para que no pudieran esposarlo.

Según el señor que vende carnitas, a contra esquina de la tienda, escuchó un golpazo que hizo que saliera inmediatamente con sus empleadas para ver lo que estaba pasando. Los gritos eran tan fuertes, que los demás vecinos se dieron cuenta del hecho y comenzaron a salir de sus casas para evitar que se lo llevaran.

Emiliano, uno de los niños que juega Futbol con el hermanito de Cano, corrió dos calles hasta llegar a la casa de la abuela, para avisar lo que estaba sucediendo. Ya cuando iba Rosa- la mamá de Jonathan- con toda la familia hacia la tienda, los policías lo tenían  en el piso, uno de ellos pisándole la cabeza y la mujer tratando de arrestarlo.

Rosa se aventó al piso y con lágrimas y gritos rogaba por que no se lo llevaran. Para ese entonces, ya estaban al menos 20 vecinos afuera de la tienda, gritando y tratando de proteger a Jonny. La mujer que le arrebató la cerveza pidió refuerzos y en menos de dos minutos, 4 patrullas habían llegado como si se tratara de un delito mayor.

Entre tanto grito no se distinguía con exactitud lo que los vecinos reclamaban a los policías, pero entre tanto alboroto, la voz de Yolanda, la abuelita de otro de los niños que juegan fut, sonó con gran fuerza: “No puede ser que ayer cuando necesitábamos de ustedes porque querían robarse a uno de los niños, jamás llegaron. No es posible que por una insignificancia hagan tanto desmadre.”

El papá de Jonny se dirigió directamente con el jefe de zona para negociar y que no se llevaran a su hijo. Rosa se aferraba a Jonathan cada vez con más fuerza. Los tres de la patrulla seguían forcejeando con la víctima sin importarles nada, incluso Rosa recibió algunos golpes con las esposas que trataban de ponerle al acusado.

Después de varios minutos, el jefe pidió a los policías que soltaran a Jonathan.

Patricia P. –como dice en la placa de otra policía, de las que llegó de refuerzo- aseguró que hay veces que sólo buscan culpables por buscarlos. “Hay veces que son las nueve de la noche y nos exigen llevar al menos a un sujeto al Ministerio Público o llevar un carro o una moto al corralón, si no, a nosotros nos arrestan”.

El jefe de zona se llevó a todos los refuerzos, quedando únicamente en la calle algunos vecinos y la familia de la víctima. Llorando y temblando, Rosa y Jonathan se abrazaban fuertemente, mientras daban las gracias a los vecinos por el apoyo que habían brindado al no dejar que lo arrestaran.

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El abuso de autoridad  es  hacer uso de un recurso o tratar a una persona de manera incorrecta o ilícita generando un daño moral o material a terceros. Esto es cada vez más común en los supuestos miembros de seguridad del país, que más que hacernos sentir seguros, hacen que desconfiemos cada vez más de ellos.

Otro de los problemas centrales, en cuanto seguridad, que existen en la colonia, es la falta de elementos que resguarden las calles y protejan a los habitantes de ésta.

El Coyol es una colonia poco transitada, da lo mismo si sales a caminar a las 6 de la mañana o a las 8 de la noche. Nunca hay gente. Las calles son solitarias y obscuras. Hay alrededor de 6 áreas verdes, y en especial una, la más grande, que mide 20 por 300 metros en las que siempre hay carros y personas sospechosas.

Carmen –nombre con el que pidió ser nombrada la víctima por cuestiones de seguridad- vive con miedo noche y día.

Su casa se  encuentra justo en frente de dicha área verde. Desde hace aproximadamente 3 meses, dos camiones de carga están estacionados y resguardados por hombres de “mala apariencia”. Con cara de maleantes y muy sospechosos.

Ella y su esposo han visto que de ella bajan paquetes y bultos medianos a altas horas de la noche o durante el día, entre las 14:00 y 16:00 horas.

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Concepción vive  en contra esquina de la casa de Carmen. Todas las mañanas sale de su casa antes de las 7 de la mañana para llegar a su trabajo. Nunca había notado cosas extrañas, hasta hace apenas 3 semanas, cuando se dio cuenta que un auto negro siempre estaba estacionado justo afuera de su casa –comenta que cuando abre el portón o prende la luz del patio, el carro inmediatamente se va- las sospechas y el miedo se hicieron más fuertes cuando notó que no solamente estaba estacionado en la madrugada, sino que ahora aparecía a cualquier hora del día. Dentro de él, siempre dos sujetos.

En la colonia hay cuatro módulos de seguridad, uno de ellos justo enfrente de su casa, el cual siempre está cerrado o sin policías.

Después de notar que el auto permanecía fuera de su casa, o en calles aledañas, durante horas y días, decidió reportar el suceso con los mismos policías que “resguardan” la colonia. La primera vez que lo hizo, llegaron. Días después notó que los mismos policías ya saludaban e incluso se quedaban platicando con los hombres del Jetta negro.

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El lunes 5 de octubre, alrededor de las 3 de la tarde, el Jetta negro volvió a aparecer en su calle. Concepción, invadida de angustia y desesperación, decidió encararlos. Salió de su casa decidida a verlos a los ojos y preguntar qué es lo que buscaban en ese lugar. El pánico la dejó paralizada. Cuando se acercó al carro, ni siquiera pudo sostener la mirada. Pasó de largo junto a ellos como si su rumbo fuera otro.

A las seis de la tarde los motores de una de las camionetas de carga, que se encontraban fuera de la casa de Carmen, se encendieron. Los vecinos se comenzaron a dar cuenta y reportaron varias veces el incidente con las autoridades.

El carro ahora estaba estacionado a lado de las camionetas. De él, bajaron tres sujetos que inmediatamente se metieron a la caja de carga. El carro salió del área verde y se colocó nuevamente fuera de la casa de Concepción. Los sujetos que estaban dentro del camión, regresaron al carro y metieron rápidamente dos paquetes. De la cajuela sacaron cobijas y suéteres. Los hombres corrieron y regresaron al camión. Sólo uno de ellos se quedó en el auto.

Minutos después llegó un policía, quién encaró al hombre sospechoso. Momentos después, llegaron dos patrullas para darle seguimiento a la investigación. Charlaron un par de minutos y dejaron huir al hombre.

Otros vecinos dicen que luego que las unidades de seguridad se fueron de la zona, del camión bajó uno de los hombres que lo estaba custodiando, y en otra de las calles se volvió a encontrar con el carro negro. El sujeto que estaba dentro de él, le entregó uno de los paquetes que estaban dentro de la cajuela y luego desapareció. El hombre regresó al camión.

***

Uno de los problemas centrales y más preocupantes en el país es la corrupción  y la violencia. Los mexicanos ya no podemos vivir tranquilos.

El peligro se encuentra en cada esquina, y lo peor es que muy pocas veces podemos confiar en las autoridades en que hagan bien su trabajo de una manera eficaz y honesta.

Estos son sólo dos ejemplos de lo deficiente que es nuestro sistema de seguridad en el país. Por un lado está el tema de la impunidad y del abuso del poder y, por otra parte, está la corrupción, que provoca que los policías o altos funcionarios de seguridad pasen por alto las faltas o muestras de delincuencia. Las redes de delincuencia son tan fuertes que, en ocasiones, involucran a la autoridad haciéndolos cómplices de sus delitos.

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