La vecina malvibrosa de la colonia El Vergel

Por Ingrid Gómez

Foto: Eréndira Negrete

“No sé que tienen tus ojos, no sé que tiene tu boca que domina mis antojos y a mi sangre vuelve loca…” Todas las mañanas, a las 6:30, Javier Solís y su romance de antaño rompen los dulces sueños y despiertan la conciencia de los que vivimos a lado.

Las paredes retumban aún más con “El Divo de Juárez” interpretando a todo volúmen “Oh oh querida, ven a mí que estoy sufriendo, ven a mí que estoy muriendo, en esta soledad, en esta soledad, que no me sienta nada bien….ven”. Se escucha una segunda voz. No es de un artista conocido. Tampoco es agradable, pero sí muy fuerte y sentimental.

–Ya le ha bajado a su ruidero. Antes era mucho peor. Tuve que ir a decirle que me molestaba.

Mi tía Victoria, con quien vivo desde hace un año, es la vecina más cercana a este aquelarre. Nos encontramos en la Unidad Habitacional “Triangulo de las Agujas I”, colonia El Vergel de Iztapalapa. Este lugar está lleno de secretos e historias. Entre ellas la de Doña Carmen, quien vive en la casa 8 A. Una señora “insoportable y difícil” según los vecinos del condominio.

–La conozco desde septiembre del 2000, cuando vine a vivir aquí. Un mes antes de llegar, mi esposo David venía a arreglar la casa. Yo no lo acompañaba por cuestiones de trabajo, pero siento que la señora, al verlo solo, quería algo con él.

“Digo esto porque ella puso muchas veces una canción de Paquita la del Barrio. Decía ‘Invítame a pecar contigo’. La canción se escuchaba muy clara y con volúmen altísimo, así como le gusta. David murió un mes después, en octubre. Ella sólo me dijo: ‘Supe que murió tu esposo y yo aquí con mi escándalo…”

Doña Carmen tiene una obsesión por regar las plantas desde temprano. Pone su música a todo volúmen. Tuvo problemas con su vecina más cercana hace unos años, cuando remodeló la casa. Todo le molestaba y buscaba cualquier detalle para reclamarle.

Mi tía recuerda los corajes que la señora le ha hecho pasar.

Doña Carmen es de tez amarillenta, con un rubio chillante en sus cabellos. Las cejas son dos curvas rojizas, tatuadas. Los labios rojos combinan una sonrisa forzada cuando me la encuentro los viernes al salir de la casa. Siempre lavando la banqueta o regando el jardín. La saludo con un “buenos días”, pero hay algo en ella que causa miedo y angustia. No sé si sea mala vibra, pero no se percibe un ambiente de paz, ni en su casa ni en su mirada.

–Los vecinos me han contado que la casa donde vive no es suya. Era de su ex marido pero ella se la quitó y lo metió a un internado de alcohólicos, porque el señor era muy borracho. Dicen que en varias ocasiones lo dejó afuera de la casa. Finalmente ella se quedó a vivir aquí, sola. Pero no se ha portado muy bien. Me tocó ver hace unos años que traía hombres y los metía a su casa. Eran puros taxistas.

“En una ocasión yo estaba arreglando el jardín y sentí que había algo raro en la tierra. Escarbé para ver que era. Saqué un calcetín de hombre que ella enterró. No sé si es una especie de brujería, pero tengo mis sospechas. Lo tiré a la basura. Recé un Padre Nuestro y pedí para la persona dueña del calcetín. No pasaron muchos días y ella traía el brazo enyesado, creo que le hicieron manita de puerco.

La Tía me cuenta esto con una sonrisa y un gesto de lástima.

–Su cumpleaños es en Julio. Yo no estaba casi ningún año porque me iba a Oaxaca. Ella aprovechaba y ocupaba mi espacio para hacer su fiesta. Hubo un año que no me fui y tuvo que pedirme permiso. Todavía recuerdo cuando me dijo: “Oyes Victoria, ¿no te fuistes este año de vacaciones verdad? Es que quiero ocupar tu estacionamiento para festejar mis cumpleaños».

Si se lo presté, pero con la condición de que ella buscara dónde iba a estacionar mi carro. “El año pasado me pidió prestado el patio de atrás y le dije que sí. Esa vez se robaron una de mis macetas, pero ya no le dije nada para no estar peleando con ella. En agradecimiento me trajo a regalar dos piezas de pollo en adobo, grandotas, bonitas y antojables. Pero no me las comí. Le pedí perdón a dios y las tiré, las enterré. La verdad no confío en esa señora, de ella no recibo nada. Imagínate, es capaz de todo”.

Por lo que me ha contado tía Victoria, ha sido complicado lidiar con una vecina como lo es Doña Carmen. Me contó que cierta vez, de la nada, se le ocurrió abrir la puerta y la encontró echándole habladas a la casa, como reclamándole o deseándole cosas. Carmen, al ver a mi tía, no supo qué hacer, se sorprendió. Otras veces ha buscado pleito y mi tía la frena, se defiende y ella ya no sabe qué decir.

–Todas sus acciones son negativas. Eso provoca que yo siempre esté protegiendo el hogar. Pido en oraciones por mi casa y por los que vivimos aquí, para que estemos bien y no nos pase nada. A la señora no le ha ido tan bien, ha tenido accidentes y complicaciones. No me gusta decirlo, pero puede ser la consecuencia de sus actos.

Después de la charla con tía Victoria recordé que cuando vivía en Putla, Oaxaca, también tuvimos vecinos difíciles. Algunos que sólo pasaban mirando detalladamente qué novedad  había o cualquier cosa para quejarse.

Cerca de mi casa también vivieron brujas, y personas que terminaron mal de sus facultades. Gente rara y chistosa. Al igual que personas entrañables, como la señora que vendía pozole los domingos por la mañana y nos saludaba con una gran sonrisa.

Familia que ha sido vecina y cómplice desde el momento en que se nos acaban las tortillas. Ya es de noche y recurrimos a ellos como la fuente más confiable, testigos de los más difíciles y los mejores momentos de la vida. Porque finalmente de eso se trata, de convivir, compartir y apoyarnos incondicionalmente, como vecinos y hermanos.

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