La matriarca que supervisaba hasta el silencio

Por Luz Imelda Ferreira de Loza

Fotos: Eréndira Negrete

La cocina es el centro político y económico de cualquier familia tradicional de un pueblo mexicano. Desde ahí se toman las decisiones más importantes. Es donde los papás, seguros de su hegemonía, creen tener todo controlado. Donde creen, mientras les sirven sus alimentos, que son quienes resuelven cada uno de los problemas familiares.

Sin embargo, son las madres quienes hábilmente los dejan creerse eso y más. Ellas, las  verdaderamente importantes y las que administran cada cosa y persona que habita sus casas. Ellas, las que fingen abnegación, sacrificio y bondad, son las verdaderas líderes y cabezas de familia, las que sutil y maquiavélicamente gobiernan los hogares provincianos desde sus cocinas.

Piénsenlo… Si están de buenas agasajan hasta al más delicado de la familia, si están de malas simplemente no cocinan y se chingan todos, hasta el perro, porque ese día, si bien le va, le tocan tortillas frías remojadas en caldo tibio.

Que quede bien claro. Podrán revelarse en contra del gobierno de un país y de sus mandatarios, contra ideologías y religiones, pero jamás, por su propia integridad y si saben lo que les conviene, jamás podrán revelarse contra el matriarcado.

***
De los 22 hijos que tuvieron uno de esos típicos matrimonios provincianos, sólo sobrevivieron diez, y de ésos, siete son mujeres. Y todas, sin haberse dado cuenta, todavía, tenían el control de sus casas, pero aún no procesaban la difícil transición de pasar de ser hijas sumisas a esposas sumisas de hombres que más tarde terminarían creyendo que en sus casas mandaban ellos ¡Ja! Ilusos.

Sólo en una ocasión se logró juntar  los diez hermanos con sus respectivas parejas y sus 34 hijos. Una cena de Navidad, para la cual las siete hermanas se reunieron en la cocina de la que fue su casa y en la que, aunque conocían a la perfección donde iba cada cosa, desde que se casaron, fingían no conocer los rincones de la cocina que las aprisionó desde que tuvieron edad de ayudar con el interminable quehacer.

Preparar el banquete pantagruélico que degustarían más de medio centenar de personas y ni la más floja de esas siete pudo zafarse de la responsabilidad, ya que sus hijos y marido también estarían en la cena.

Un chinero antiguo de madera, que da la impresión de haber estado ahí incluso antes que la propia casa, es tan grande y pesado, abarca más de dos y medio metros de alto y casi tres metros de largo.

Sólo deja un espacio para un refrigerados que luce enjuto e intimidado por aquel mueble que en la vitrina de la parte superior está lleno de vasos con filos dorados y juegos de té de porcelana fina que nunca se han usado porque son para “las visitas”, aunque nunca han llegado visitas que sean tan importantes como para estrenar esas tacitas floreadas que, para sostenerlas, necesitarías el pulgar y dos dedos más, ya que el tamaño de sus asas no alcanzaría para otro más.

Mientras tanto la vajilla de talavera rústica y recia, color gris con motivos azules y cafés, típica de los artesanos de Tonalá, espera en la parte de en medio para que alguna de las cocineras dé la orden para que se arreglen las mesas con ellas, excepto la de los niños, ellos no merecen más que los trastos de todos los días. La parte de abajo se ha quedado casi vacías las ollas, canastas y recipientes grandes son los más solicitados ese día.

El complemento perfecto para esa cocina no es la barra de cemento, forrada de azulejos blancos donde reposan los electrodomésticos que van desde un tostador de los años 50, que contrasta con el molcajete que espera con un tomates asados y humeantes para que alguien haga uso de él, porque usar la licuadora no le da el mismo sabor a la salsa como aquel contenedor de piedra rugosa y negra y su fiel compañero el tejolote.

El verdadero complemento de esa cocina es el techo de bóveda catalana, construido con ladrillos rojos, acomodados tan simétricamente que contrastaban con el caos que había debajo de él.

Ese techo que merecía más de dos minutos de contemplación. La primera vez que alguien se fijaba en él guardaba junto a las gruesas paredes los recuerdos de peleas, palabras hirientes y cariñosas, confesiones de amor y desamor, donde se han preparado comidas para fiestas y cafés para los velorios, donde seguramente se desvirgó a una de las hermanas menores antes de que la atraparan revolcándose apasionadamente con el novio que más tarde sería su esposo.

Pero ni eso impediría que de furcia no la bajaran. No es que las que la atraparon infraganti fueran muy la decencia y la pulcritud en persona, sino que a ellas no las agarraron mientras ellas les metían mano a los novios.

Subestimaron el espacio de la cocina y la capacidad de la estufa para cocinar a la velocidad que siete mujeres mandonas requerían. Mandaron instalar en el jardín trasero hornillas de gas para poner las enormes vaporeras que parecían no tener fondo al momento de acomodar los tamales para que se cocieran ahí, en medio de árboles de duraznos y limones, debajo de los espirales verdes que adornan como serpentinas la planta de chayote.

Además subestimaron la capacidad de mando y organización de la abuela. Nadie le pidió opinión sobre el menú, tampoco sobre la vajilla que usarían esa noche. Nadie sabía el gusto que le daba tener reunida toda su familia y el dolor de saberse innecesaria, que lo único para lo que la solicitaban era para indicar dónde estaban guardadas las cosas y para que fuera a ver porqué lloraban sus respectivos hijos…

Ninguna de las hijas sabrá que ese día la abuela escuchó a un par de nietas dándose consejos para obtener lo que se propusieran de sus papás. “Marce, cuando tu mamá no te quiera comprar algo, sólo ¡hártala, hártala, hártala, hártala hasta que te lo compre!”

Fue testigo de cómo otras de sus nietas, hermanas entre ellas, peleaban a muerte porque querían imponer su forma de picar la cebollas, mientras una amenazaba a la otra con un cuchillo, la amenazada sabiendo que jamás le haría daño su propia hermana, se acercó  y de repente y –con una cebolla agarrada del rabo y la cabeza a medio picar– se la restregó en los ojos mientras le gritaba:

”La próxima que me vuelvas a  amenazar, los ojos y la cara son lo que menos te van a arder”.

La matriarca supervisaba en silencio. Era un testigo mudo, como lo fueron las tres paredes y el ventanal de la cocina mientras sus hijas crecían.

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