La sublime armonía en cuatro patas

Por Rivelino Rueda

Foto: Camila Rueda Loya

Las pisadas de Frida son sonoras. Melódicas. Las de Frodo eran poderosas. Hipnotizantes. Únicas. Las de Pelos eran rítmicas. Pero esa niña era un pajarito. El viento era lo suyo.

     Ya veinte años de caminar las noches con ellas y ellos. Medio siglo desde los primeros que llegaron a casa: «Kori», «Pucho», «Solovino, «Chicarcas».

     Todos con sus sonidos. Todos con su esencia. Todos dejando rastro. Una huella. Un zumbido eterno.

     La noche se cierra aún más. Frida devanea. Se queda pegada a los aromas de las esquinas, de los árboles, de los postes. Frida escruta cinco, diez, quince minutos. Es suficiente. Me harta su obsesión…

     Y Frodo va adelante, y luego la Pelitos… Y luego uno a uno. Y luego entiendo esta sucesión. Esta estafeta. Esta ruta…

@RivelinoRueda

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