La posibilidad de morir era real

Por Rivelino Rueda

 

“Recibo vivo al paciente…, quien estuvo internado en este hospital durante 10 días por una pancreatitis…”

Las palabras son pronunciadas por una trabajadora social del IMSS sin aspavientos, sin conmoverse un poco. Son un mero protocolo, como quien entrega un kilo de carne o un paquete de clavos a cualquier comprador en un mercado o en una tlapalería. Las palabras paralizan e inmediatamente sacuden.

El eco de esas palabras revolotean en la cabeza, se abren paso implacables en las piernas, en el estómago, en el pecho. El parpadeo de los ojos se detiene. La respiración es más lenta. Haber entregado un paciente sin vida no era una mera posibilidad científica, era real.

Luego uno camina casi arrastrando los pies y con la mirada clavada en el piso. Se respira profundo en el elevador, en los pasillos de la sala de espera (“A algunas de estas personas no les estregarán un ‘paciente vivo’, sino muerto”, medito por unos instantes), en la calle que no se ha pisado en las últimas dos semanas.

 

Jalar aire, jalar aire, jalar aire… Alguien me pregunta por un mensaje de whatsapp que cómo me sentía. “Extraño. Es como si hubiera hecho un viaje muy largo”, fue la respuesta.

 

***

 

El dolor es ya insoportable. Machaca todo el estómago, los riñones y la espalda. El sueño se va y la lucha con uno mismo aparece en esas horas de insomnio. Caminar duele, toser duele, estornudar duele, eructar duele, sentarse duele, acostarse duele, incorporarse duele. No salen las palabras. Hablan el dolor y los gestos de hartazgo.

Dos noches. Un día y medio lanzando improperios silenciosos contra uno mismo por los excesos de al menos 25 años atrás. La automedicación que complica todo. Tres inyecciones contra el dolor que sólo exacerban los síntomas. El estómago ya es enorme y las punzadas coléricas son cada vez más certeras. La necesidad de la cafeína y el humo medicinal no desaparecen, pero agravan el cuadro.

Los pinchazos comienzan a ser un lugar común. Tres el domingo y dos en lo que va del lunes, previo a la hospitalización, para contar con una “biometría urgente”. Las venas ya comenzarán a acostumbrarse a los jeringazos de los próximos días, aunque al final se aferrarán a esconderse ante la embestida constante, ante las manchas violáceas de la piel perforada, ante el diminuto tubo de acero que no deja de gotear líquidos incoloros en las entrañas.

 

***

“¡Quítenme estos grilletes por favor!” “¡Juan Pablo Cossío Castro ayúdame!” “¡Le doy un dinerito al que me desamarre!” “¡No soy un animal, quítenme estos grilletes!” Nunca veo al señor que lanza las súplicas por casi tres horas continuas.

El protocolo médico es atar a un paciente de pies y manos a la camilla en caso de que quiera levantarse y esté en riesgo su integridad física. Los gritos no cesan. Son repetitivos y taladran los oídos, la conciencia.

Es la sala de urgencias. Es martes casi a la medianoche y el ajetreo de enfermeras, médicos, camilleros y familiares de los enfermos es parecido al de cualquier estación del Metro de la Ciudad de México en horas pico. El coctel de medicinas canalizado vía suero ha hecho sus efectos.

El dolor desaparece, pero manifiesta su permanencia estática, invisible, cuando los doctores realizan revisiones en la parte afectada. El dolor grita que ahí está, que no se ha ido, cuando intento incorporarme o trato de descansar de lado. No se puede.

Todo es boca arriba, observando el techo, las luces blancas parpadeantes, las bolsas de líquido que se mecen en el tripie metálico de ruedas. Más inyecciones, más pruebas de sangre. Una visita relámpago de un médico y dos muchachos residentes. La revisión degradante. El tacto rectal. La impotencia de saberse enfermo y la aceptación implícita de que todo tiene que entrar a tu cuerpo.

Luego el cansancio. La soledad de la madrugada. Perder la noción del tiempo. Caer rendido por cuatro noches en las que el dueño, el que mandaba en el cuerpo era el dolor agudo en las entrañas. La cabeza recargada en el barandal de la camilla. La sudoración de alivio. La mano de una enfermera levanta la cabeza y coloca una sábana doblada en el metal, para que sirva de almohada. Sonrío con los ojos entreabiertos. Una mueca de profundo agradecimiento. Una sonrisa transparente es la respuesta.

Caer en un sueño profundo, de una o dos horas. Un nuevo paseo en la cama rodante a la zona de Rayos X. La vista al techo en el trayecto y las luces sucesivas, una tras otra, una tras otra, una tras otra, como en las secuencias de cine que se desarrollan en un hospital.

Roberto, el camillero, saluda a todos. Su excelente humor trasnochado contagia. Hace bromas, intercambia diálogos chuscos (como ese que le lanza a otro compañero camillero: “Pues te va mal porque le vas al América mi hermano”), y uno que otro albur.

De regreso al piso de urgencias. Un nuevo trayecto, ahora a las cinco de la mañana, para el traslado al Piso 4, mejor conocido como el “área de cirugías”. En las próximas horas se sabrá de qué tamaño es la lesión de este páncreas maltratado por más de dos décadas. No sólo eso. Serán minutos vitales para saber si es necesaria una cirugía, si el bisturí se impone, si me abren pues…

En el traslado, antes de subir el elevador, una familia (hoy incompleta) llora. La madre abraza a dos muchachas y a un adolescente, sus hijos. El esposo, el padre, acaba de morir.

La noticia parece haberla dado un médico que se encuentra a unos pasos. Cada vez queda más claro. La posibilidad de morir en estos lugares es real. La luz del elevador se detiene en el número 4. La camilla se pone de nuevo en marcha.

 

Pie de foto: Vista desde el sexto piso del Hospital General Regional No.1 Carlos MacGregor Sánchez del IMSS, en la Colonia del Valle, Ciudad de México. Foto: Rivelino Rueda

 

 

****

Al quinto día de hospitalización llega una noticia buena y otra mala. No mala, más bien inquietante, devastadora. No habrá cirugía. Una inyección de alivio. Una sonrisa se dibuja en medio de una barba y un bigote tupidos (inundados de canas), que no experimentan el roce de unas tijeras o una navaja de afeitar por lo menos en treinta días.

El doctor Marco Villaluz luce impecable. El mentón afilado, la barba perfectamente recortada. Los ojos profundos, de un café intenso. Sobresalen las cejas pobladas y las grandes pestañas. La bata pulcra, sin una mácula, sin una arruga, contrasta con la corbata negra, notoriamente de buena calidad.

Habla claro, sin tecnicismos médicos. Lo flanquean Ana Cortés, una doctora residente, de aproximadamente veinte o veintidós años, que horas antes (como a las cuatro de la mañana) realizó una revisión general y un cuestionario raro, extraño, con preguntas fuera de lo común, y otro médico residente que nunca logré retener su nombre, pero que es una calca del doctor Villaluz, sólo que unos diez o quince años menor de edad y unos quince centímetros más bajo de estatura.

“La tomografía arroja algunos datos que no son del todo positivos. Hay lesiones severas en el páncreas y calculamos que el 30 por ciento ya no funciona. También se detectó que puede haber lesiones en el hígado, los riñones y los intestinos. Por lo menos vas a estar una semana más aquí. Necesitamos más estudios y observar tu desarrollo clínico”.

La respuesta es otra sonrisa más amplia. Es una reacción común, que ha metido en muchos problemas. La que infinidad de veces provocó la cólera de propios y extraños. La que puso al borde de inminentes madrizas…

 

“¡Quita esa pinche sonrisa cabrón! ¡De qué te ríes! ¡Cuál es la puta gracia!” Lo que siempre me gritaron en las canículas de las discusiones, de los problemas, en ese momento lo grité para mis adentros.

 

 

Ahí, tendido en una cama de hospital, con la incertidumbre galopando a sus anchas: “¡De qué te ríes pendejo!”

***

Los días son soleados allá afuera. La noche del ingreso parece que marcó el fin de cuatro jornadas de lluvias continuas. El traslado en ambulancia de la clínica al hospital, un martes por ahí de las seis de la tarde, sirvió para jalar un poco de ese aire peculiar de la Ciudad de México en esta temporada, mezcla de tierra mojada, hojas secas, humo de escape de vehículos automotores y nostalgia veraniega.

En la clínica no había ventanas. El campo de visión se limitaba al área de labores de médicos y enfermeras y, más allá, a otras camas, a otros pacientes, a otras historias.

El primer plano es un tubo que cuelga de la nariz; una diadema también conectada a las fosas nasales, que dota de oxígeno; una muñeca inflamada por la conexión de vena-aguja-manguera-bolsa de suero, la cual puntualmente es despachada por un coctel de potentes medicamentos, y una mesa de ruedas que algunos enfermos utilizan para colocar las botellas de agua que les llevan sus familiares, o en el mejor de los casos para tomar sus alimentos.

La que está a unos centímetros sólo tiene un folder encima. El ayuno tiene que ser riguroso. No hay una fecha específica para poder tomar líquidos. De los alimentos sólidos mejor ni hablar.

Ya en el hospital, en el área de urgencias, en el primer piso de un edificio de seis niveles, tampoco hay ventanas. Ahí transcurren las siguientes nueve horas del primer martes de hospitalización, al menos así lo contabilizo por el reloj de pared que está al frente.

En el trayecto de “la limusina”, como llaman los paramédicos a la ambulancia, que dura unos 15 minutos, sólo se alcanzan a ver los últimos pisos de los edificios de la avenida Gabriel Mancera. Nada más. Pero al menos eso consuela.

No hay fecha para caminar de nuevo por esas calles que se observan desde el cuarto piso del hospital, ya en el área de cirugía. La mañana del primer miércoles, desde el baño, contemplo el crepúsculo en la Ciudad de México, la que me vio nacer desde hace ya casi 45 años y por la que he caminado todo ese tiempo, orgulloso de pertenecer a ella.

El resplandor de los primeros rayos de sol pega de lleno en el enorme Cristo con los brazos abiertos de la iglesia que se encuentra en Gabriel Mancera esquina con División del Norte. Más allá, las siluetas apenas perceptibles de los cerros del poniente de la metrópoli. Media vuelta.

Realmente sigue provocando un dolor insoportable acostarse o incorporarse de la cama. De nuevo a intentar conciliar el sueño pero ya no se puede. Es la hora del cambio de turno y enfermeras y enfermeros comienzan con la rutina que marca el protocolo médico.

***

Ana Cortés agita levemente el brazo para sacudir un sueño profundo, de esos escasos que se han presentado en los últimos días. Las sonrisas son recíprocas. El acento norteño es notorio en esa muchacha de poco más de veinte años.

La médico internista revisa signos vitales y pone en marcha un chequeo a tientas del estómago. El aberrante dolor permanece intacto cuando sus manos presionan ese bulto de piel inflamado. Son las cuatro de la mañana.

–¿Te puedo hacer unas preguntas para tu historial Médico? Algunas son muy personales—comenta Ana.

–Claro que sí.

El cuestionario comienza sin mayores contratiempos. La doctora luce bastante fresca, a pesar de que a lo largo de dos días y dos noches la he visto ir de un lado a otro, sin descansar. No hay ojeras. Sus ojos no están inyectados. Las preguntas fluyen de sus labios sin denotar cansancio.

Que si alguno de mis familiares tuvo cáncer. Que si en la familia utilizaban leña o carbón para cocinar o bañarse. Que si alguna vez había tenido transfusiones de sangre. Operaciones. Fracturas…

–¿Fumas?

–Sí.

–¿Cuántos cigarros al día?

–Unos 25.

–¿Tomas alcohol?

–Sí.

–¿Con qué regularidad?

–Unas dos veces al mes.

–¿Al grado de la embriaguez?

–No siempre.

–¿Cuánto tomas?

–No sé. No las cuento—Ana lanza una sonrisa.

–¿Más o menos?

–No sé. Diez o doce cervezas.

–¿Cuántas parejas sexuales has tenido?—pregunta la doctora internista y luego acota que “así viene el cuestionario”, quizá porque observa que me ruborizo.

–¿Es en serio?—respondo un tanto destanteado y diciendo para mis adentros: “Ahora sí se viene lo bueno”.

–Sí, aquí viene—me enseña el documento.

–No pues no sé.

–¿Perdiste la cuenta a qué edad?—lanza Ana y no aguanto soltar una carcajada que, por la contracción en el estómago, duele en el alma. Ahora ella se ruboriza.

–¿Esa pregunta también viene en el cuestionario?—reviro y ella, también entre risas, responde que no.

–¿Más o menos?—insiste.

–No sé. Cinco o seis—contesto también riendo y sujetándome el estómago para aliviar las punzadas. Ana frunce el ceño. Me ve directamente a los ojos y luego anota la respuesta.

–¿Has tomado dogas?

–Sí.

–¿Cuáles y en qué cantidad?

–Marihuana, cocaína, ácidos en la juventud. También hongos y peyote en la juventud. Marihuana una o dos veces al año. Cocaína también la consumí hace mucho tiempo y fue esporádicamente.

–Se ve que te la pasabas bien, ¿no?—comenta Ana y vuelvo a soltar una carcajada.

–¡Ya no me hagas reír! ¡Me duele!—le suplico entre risas.

–Ya no. Ya terminó el cuestionario.

La doctora se despide y recuerda que en unas horas, a las diez de la mañana, realizarán una tomografía para verificar el tamaño de la lesión al páncreas.

Los párpados pesan. En una hora encenderán las luces e iniciará la rutina de siempre. Trato de dormir un poco, pero antes medito sobre la protección de datos personales en el IMSS. Opto por dejar eso para otro momento y conciliar el sueño, aunque sea por unos minutos.

 

Dibujo de Camila Rueda en un cuadernillo ilustrado que le envió a su papá, quien aparece enfundado en las tradicionales batas para los internos en hospitales del IMSS. Foto: Rivelino Rueda. Ilustración: Camila Rueda.

 

 

***

Las muecas y chasquidos que salen de su boca no son comunes. El doctor Gustavo Hernández pide silencio para escuchar con certeza los ruidos de un corazón agitado y unos pulmones vapuleados. El ambiente se tensa más en esa pequeña sala cuando voltea a ver a su compañero y pide que también preparen anticoagulantes.

Entre el punzante dolor de estómago, la respiración ya casi nula y las gruesas gotas frías de sal que escurren por la frente, por las sienes, por la crecida barba, el médico alcanza a dar otra instrucción con un grito firme:

–¡También preparen el oxígeno!”

Para incorporarse, para bajar ese único escalón, un hilillo de aire apenas se alcanza a jalar. Las gotas de sudor helado ya caen al piso y empapan el cuello de la playera.

–Tienes una oxigenación muy baja y tu pulso cardiaco es muy alto. Te vas a quedar, ¿ya te dijo mi compañero? –comenta Gustavo sin ocultar nerviosismo.

La tez morena contrasta con unos dientes blanquísimos. Unos veinticinco años, calculo, están dentro de esa bata también blanquísima. Los ojos profundos y la mirada escrutadora, como la de un niño, provocan confianza, seguridad. La respuesta es un movimiento de cabeza en vertical y de arriba hacia abajo.

–¿Fumas?

–Si

–¿Cuántos cigarros?

–Un poco más de una cajetilla.

–¿Cuántos años tienes?

–Cuarenta y cuatro.

–Estás muy joven. ¿A poco te quieres morir?

Sólo se dibuja una sonrisa en un rostro pálido, extremadamente pálido. Esa absurda sonrisa. Hace unos minutos el compañero del doctor Gustavo no esperó ni cinco minutos para determinar la hospitalización inmediata. El principal motivo no fue el dolor, ni el pulso cardiaco, ni la falta de oxigenación. Fue por ese rostro transparente.

***

Casi al amanecer, cuando el movimiento en la sala de la Clínica 28 del IMSS comienza a tomar vida, cuando se percibe el inminente cambio de turno, Gustavo Hernández hace una última visita, una última observación, un último tacto a un estómago inflamado y aún sensible a cualquier movimiento.

La duda carcome por dentro. Tenía miedo de preguntar en esas primeras horas porque sabía cuál iba a ser la respuesta. Ahora es el momento.

–Cuando ingresé me quedé con la duda doctor. ¿Qué fue exactamente eso de la falta de oxigenación y del pulso cardiaco muy alto?

 

Guardo silencio unos segundos. En ese momento sentí que ya no pudo verme a los ojos y respondió: “Que había un riesgo muy elevado de infarto”.

 

Sólo sonreí.

 

***

“Carlitos” es ingresado al bloque de terapia intensiva el segundo martes por ahí del mediodía. La voz grave del anciano de 87 años está llena de vitalidad. A pesar de que a todas luces es una persona de edad avanzada, sus gesticulaciones son las de un niño. Sus pulmones los de un adolescente.

Don Carlos no habla, Don Carlos grita y no para de hacerlo. Lo suyo son los monólogos. Las historias que cuenta son de una fantasía inigualable.

Coquetea con enfermeras y confronta a médicos. No se guarda nada para sus adentros, todo lo habla, todo lo grita con esa potente voz. Los horarios de comida los disfruta como ningún otro. Describe en voz alta sus sensaciones cuando paladea los alimentos. Su temperatura, su textura, su aroma, su color, su sabor.

Habla siempre de sus aventuras de juventud. El primer día el monólogo de “Carlitos” tiene que ser escuchado íntegramente por su sobrino, bueno, por todos los pacientes del bloque. No para de hablar, nunca lo hace. Describe sus años como comandante de tripulación en Aeroméxico en las décadas de los sesenta y setenta. Las historias de sus viajes alrededor del mundo. Las horas de vuelo. También de las relaciones amorosas que tuvo con las actrices Silvia Pinal y Ana Martín.

Los monólogos se extienden hasta la noche, incluso ya sin la presencia de algún familiar. Nunca se levanta. No puede por prescripción médica. Llegó hasta aquí por una caída en su casa. Dice que vive sólo, que sólo hacía una comida al día: sándwiches o queso en rebanadas. Lo que hubiera. Relata que hace unos días se despertó y al levantarse se resbaló. El golpe fue en la cadera y el dolor lo llevó de nuevo a la cama.

 

“Ya no pude incorporarme. Ahí me pasé casi un día, casi ahogado con mi mierda y con mi vómito”, platica Don “Carlitos” a su sobrino y luego a las enfermeras. Todos conocemos su historia pero no de una charla directa, sino por su peculiar estilo de gritar cuando habla.

 

Desde su cama, la 602, se estremece de emoción cuando ve por el gran ventanal que tiene a un lado el paso de los aviones descendiendo rumbo al aeropuerto de la Ciudad de México. Recuerda de nuevo su vida como piloto, como comandante de tripulación, sus viajes, sus amores, los lugares conocidos, sus anécdotas de juventud. Alientan esas pláticas otros dos adultos mayores, Don Domingo, de 82 años, y Don Samuel, de 73, vecinos de las camas que están a su lado derecho.

Al tercer día de hospitalización queda comprobado que Don Carlos no habla así, a gritos, sino que es una forma de histrionismo para llamar la atención. Cuando llega una de sus hijas, una señora de unos 55 años, el anciano se emociona y comienza su actuación. La hija le habla al oído no más de un minuto y su volumen de voz disminuye hasta niveles normales. Cuando la señora se va, “Carlitos” vuelve a las andadas.

Celebra la llegada de la cena. Pide al enfermero que acerque la mesa con los alimentos y que gire la perilla de la cama para quedar sentado. Lanza piropos a una doctora residente que va a tomarle una muestra de sangre y le platica que esos son los primeros alimentos calientes que prueba en un año.

–Ya se tiene que portar bien “Don Carlitos”, para que se pueda ir a su casa—le dice la doctora en un tono maternal.

–¡No quiero irme a mi casa! ¡Vivo solo! ¡Allá me caí! ¡Aquí la comida es caliente y tres veces al día!—responde el anciano haciendo pucheros, como un niño.

Ahora toca el turno del sobrino y Don Carlos se explaya con sus historias fantásticas. Pero, al menos para mí, llegó el límite de la tolerancia.

“¡Este presidente que tenemos ahorita es el mejor de todos! ¡Escúchame bien! ¡Ese aeropuerto que están construyendo va a ser uno de los cinco mejores del mundo y eso hace a este presidente el mejor de todos!”, suelta el anciano con enorme orgullo.

Me incorporo, pujando de rabia. Don Carlos y el sobrino se dan cuenta de que algo anda mal. Fijo una mirada desaprobatoria hacia el anciano, arrastro con furia el tripie con la bolsa de suero y salgo del bloque dejando atrás ruidos extraños que salen de la nariz y la boca.

En los siguientes días el señor no vuelve a hablar del tema. Sólo me observa apenado.

***

Desde la tarde del último miércoles de internamiento el movimiento de médicos es inusual. Van y vienen familiares de un paciente que se encuentra en el bloque vecino. Los rostros denotan tragedia, impotencia, desesperación.

Hablan por sus celulares en sollozos o en abierto llanto. La curiosidad llama. El paseíllo es el habitual. Afuera comienza a oscurecer. Desde el pasillo de los elevadores se observa el oriente de la Ciudad. En el área de “cuidados intensivos” la vista es hacia el norte.

Ya por la zona donde está la sala de espera se puede ver la puesta del sol por la zona del poniente. Luego el camino que se aprende de memoria conduce a la sala de médicos residentes, desde donde se observa el sur de la capital. Ahí el caminar es lento. Las cortinas están corridas en la cama que, en ese momento, tiene la mayor atención del Piso 6.

A las dos de la mañana los gritos son angustiantes. El sueño se interrumpe. No hay nadie despierto en este bloque. En la siguiente media hora los alaridos son más intensos. Estoy nervioso, preocupado. Determino ir a leer a la sala de espera pero hasta allá llegan los gritos. Luego silencio.

Dos doctores acompañan a tres mujeres deshechas. Parece ser la madre, de unos 65 años, y las hijas, una de unos 30 años y la otra un poco mayor, de unos 35. Los médicos bajan con ellas en el elevador. Me dirijo a ese bloque y las cortinas en esa cama siguen corridas, pero dentro hay enfermeras y un médico.

–¿No puedes dormir?—escucho a mis espaldas. Giro el cuerpo y observo a Armando, un enfermero alto y macizo, de una piel caoba intensa, que en cada momento se jacta de ser vecino de “Nezayork”. De esas personas que generan confianza desde la primera impresión.

–No. ¿Qué pasó?—pregunto y con un ademán doy a entender que es por la situación que prevalece.

Me toma del hombro y me invita a caminar. Unos tres metros adelante me dice en voz muy baja y casi al oído: “Murió un paciente”. No queda más que guardar silencio. Pero luego gana el cosquilleo.

–¿De qué?—pregunto mecánicamente unos pasos adelante.

–De cáncer en el páncreas.

Por la mañana del jueves merodeo de nuevo por ese bloque. Las cortinas ya están corridas. La cama está vacía. Una de las mujeres que vi hace unas horas por los elevadores introduce en una bolsa negra algunas pertenencias de quien, yo creo, era su padre. El silencio casi se puede agarrar con las manos en ese espacio.

 

Mensaje escrito de Camila Rueda en un cuadernillo ilustrado que le envió a su papá en el día siete de internamiento. Foto: Rivelino Rueda. Ilustración: Camila Rueda.

 

 

***

 

Después del electrocardiograma se vino lo bueno. El doctor Gustavo Hernández sugiere “una sonda para drenar el estómago”. A esas alturas ya no importa nada. Que vengan más inyecciones, que vengan más tubos, que vengan más analgésicos. Ya no importa no tomar líquidos, no comer, medio dormir. Lo vital, lo verdaderamente importante en ese momento es que el dolor no regrese.

El verdugo es el médico que había tomado el primer diagnóstico. El que unas horas antes notó algo extraño en esa palidez de lirio. Sus ojillos son los de un perro famélico, la barba rala a medio crecer, las bolsas oculares harto hinchadas por el cansancio. Pocas palabras de un lado y de otro.

Las herramientas son sencillas. Una bolsa transparente de plástico y una extensión de aproximadamente un metro y medio. Ayuda a incorporar mi cuerpo hasta quedar sentado. Retira el oxígeno y sólo da una simple instrucción:

 

“Esto va a entrar por tu nariz (muestra la pequeña manguera incolora). Traga mucha saliva para que no se vaya por la vía respiratoria. Necesitamos que esto llegue a tu estómago”.

 

Cuando el pequeño tubo se desliza por la mucosidad nasal y luego toca la primera pared de la garganta el pensamiento se nubla. La náusea es poderosa y los espasmos contorsionan todo el cuerpo.

“¡Traga saliva! ¡Traga saliva!”

El deseo en ese momento es que regrese el dolor de estómago y que termine ese episodio.

Los largos hilos de saliva y la espuma viscosa, como la de un perro rabioso, corren por las comisuras de los labios.

“¡Más saliva! ¡Más saliva!”

Lo sujeto desesperadamente del brazo, en una especie de súplica de que pare.

“¡Ya terminamos! ¡Ya terminamos!”

Me derrumbo en la cama. La astilla es filosa, extraordinariamente molesta. Ahí permanecerá en los seis días siguientes.

***

El pinchazo no duele, más bien arde, quema en la zona del aguijonazo… Y ese ardor incontrolable se extiende por casi media hora.

El tercero y el último es el más potente, el más doloroso, el que desmorona por largos, larguísimos minutos. Las tripas reclaman, los intestinos reclaman, la piel que recubre el estómago reclama… El ombligo parece salirse de su órbita.

–Te voy a poner una inyeccioncita en el estómago. Duele uno poco– advierte Lourdes Bautista, la enfermera de turno.

–¿Para qué es?—pregunto y observo una pequeña jeringa que se corona con un insignificante aguijón.

–Es un anticoagulante. Te vas a sentir mejor. Ya lo verás—responde con esa voz que tienen las madres al mentir a los hijos sobre el sabor del aceite de hígado de bacalao, la famosa Emulsión de Scott, esa que provocaba desconfianza en la infancia desde la imagen del pescador cargando a sus espaldas a su gran presa de los mares nórdicos.

–¡Puta mmmm…!—grito cuando la insignificante puntilla de acero penetra la piel. Ya sólo se escucha el rechinido de los dientes y las muecas de dolor por el azote profundo, certero, lastimoso.

–Te dejo el algodoncito para que descanses un poquitín—comenta Lourdes y prácticamente huye del lugar.

Los dientes siguen rechinando, como si se frotaran dos piedras para hacer fuego. No abro los ojos sino hasta treinta minutos después.

***

Unas palabras tranquilizan al señor Memo, el vecino del lado izquierdo. Le sigue una promesa que también tranquiliza a su hija, una niña de unos 14 años.

Las secuelas de un infarto cambian el semblante y parece que orillan a las personas a una reflexión profunda.

Don Memo sufrió un infarto hace unos días, a sus 55 años, y ahora es un hombre que no deja de mirar el techo de la habitación, que no deja de reflexionar, que no deja de cumplirle una promesa a su pequeñita.

 

–¿Me prometes que vas a estar bien papá? ¿Me prometes que le vas a echar ganas? ¿Me prometes que vas a ser fuerte y que juntos vamos a salir de ésta?

 

–Lo prometo mi amor. Te lo prometo—contesta Don Memo y sus palabras iluminan el rostro de la muchachita.

Pasa la noche junto a él, acostada en una incómoda camilla. Don Memo no deja de ver al techo. Las primeras luces del alba lo sorprenden reflexionando.

***

Jalo aire al cruzar la pequeña plazoleta del hospital y también al bajar los cuatro escalones para abandonar por completo ese centro de salud. Fueron once días con sus noches las que arrastro por Xola y por la calle de Enrique Rébsamen.

Todavía permanece el eco de esas palabras pronunciadas por la trabajadora social del IMSS hace unos minutos. Esas de “Recibo con vida al paciente…”

Son siete u ocho kilos menos. La debilidad es latente, sobre todo en las piernas. Y sí, en ese momento es cuando se piensa que la posibilidad de morir era real… La posibilidad de haber salido no por esta puerta, sino por alguna otra de este hospital.

Se viene a la mente una frase que pronunció nuestro Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, en 1982, pero es difusa…

Es hasta que llego a casa y hasta que me encuentro completamente solo, cuando la leo en voz alta.

Y sí, lloro profundamente… Tenía mucho que no lloraba.

“Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte”.

 

 

 

 

 

 

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