La identidad, el gesto y la selfie

Por: Armando Martínez Leal

@armandoleal71

 

Para: César Honorato Casillas

 

Desde el principio el había estado a su lado,

frente a él, cerca de él.

Desde el principio él había sido el más fuerte

y el otro, el más débil.

Esa desigualdad se asentaba

en los cimientos del amor.

Desigualdad justificable, desigualdad inicua.

Era más débil porque era mayor él.

K.

Por eso, cuando él quiso abrazarlo,

el se puso rígido; tuvo miedo de que

 su cuerpo húmedo revelara su secreto.

El momento fue demasiado corto

y no le dio tiempo para controlarse; así,

antes de que pudiera retener el gesto,

tímido, pero firmemente, el se apartó.

K.

 

¿Qué es lo que construye nuestra identidad en la actualidad? ¿cómo se erige la identidad? es decir, que elementos hacen que nos identifiquemos, que nos den una certeza como seres que habitamos el presente. Más allá de la circunstancia de una nacionalidad, de la idea de territorialidad, que ciertamente al mexicano le causa mucho conflicto. Octavio Paz en el Laberinto de la Soledad, llamaba la atención sobre qué es ser mexicano, ese choque histórico entre el imperio invasor y bárbaro frente a los antiguos mexicanos. Ese espejo enterrado. ¿hemos superado ese dilema? Somos algo más allá del síndrome de la Malinche.

Recuerdo ahora una conversación con un joven millennials, que me indicaba que él se definía ante todo por ser moreno, por sus rasgos indígenas, por ese pasado tan presente en su conciencia coetánea. La afirmación de su existencia a partir de su color de piel, me llamó poderosamente la atención. Respondí que nunca me hubiera definido por el color de mi piel, a lo que él increpó, que una persona de tez blanca nunca piensa en su color de piel. Este rapapolvo me ha seguido y le he estado dando vueltas.

En principio porque no me considero como una persona de tez blanca, en la vorágine del color, alcance la supuesta satisfacción de ser apiñonado, pero esa respuesta nunca me dio la certeza de mi identidad como ser. A lo largo del tiempo me he definido como Armando, un ser dedicado a leer y escribir, un ser que tuvo el maravilloso privilegio de nacer entre libros, de jugar entre libros, de jugar con los libros, de que los libros jueguen conmigo, de entenderlos, entendernos. Mi biografía está determinada por la enorme biblioteca de mis padres, por la colección de música de mi madre. Ampliando la respuesta tal vez quepa la definición de soy de izquierda, algún día fui comunista, soy homosexual. Pero estás respuestas no alcanzan a dar certeza a la identidad.

Walter Benjamin construyó su pensamiento a través de imágenes, fragmentos de la existencia, su punto de partida fue la ruptura de la totalidad, por tanto de la homogeneidad. El pensamiento en su búsqueda esquizofrénica por la verdad, ha dejado de lado aquellas particularidades, que irrumpen la norma y hacen que está deje de serlo. En esa empresa se topó con el cuerpo como una imagen clara de lo humano. Es a través del cuerpo como nos representamos, como creamos nuestra identidad. Es en el cuerpo donde se sustantiva la existencia, donde el tiempo-ahora (Jetztzeit) cobra materialidad.

Nuestra contemporaneidad vive una dimensión temporal donde el pasado ha sido superado, el presente es un estadío transitorio y todos lo esfuerzos de la existencia están en torno al futuro. Esta idea espacio-temporal la adquirimos de la tradición judío-cristiana, la llegada del paraíso como la promesa de consumación de la existencia. Sin embargo hemos matado a Dios y con ello a la proposición de la consumación. La idea misma de la revolución se inspira en la ofrenda teológica, los sacrificios del presente traerán un mañana distinto para todos. Pero hoy nadie públicamente se atreve a decir que un camino político para la deconstrucción de nuestro presente sea la violencia. Aunque vivimos inmersos en ella, la degustamos y tragamos ansiosamente. Somos una sociedad extremadamente violenta y hemos encontrado, gratuitamente un goce atemporal en ello.

En el entramado de las violencias, está la identidad como víctima de la guerra. En este espacio posmoderno, cuasi vacío, parece que la identidad ha sido derrotada y vaciada de sentido. Hoy los nacionalismos emergen como una respuesta a nuestra terrible crisis consumista. Es preferible ser moreno a no ser nada. Es preferible ser ario a no ser nada… la imbecilidad preferible. En el siglo pasado la categoría obrero, trabajador… daba alguna certeza de lo que los eras, una distinción entre pobres y ricos. Hoy tal diferenciación se ha difuminado, nadie quiere ser pobre aunque lo sea. Y la mecánica de terciarización de la economía ha llevado al extremo de que el trabajador sea reducido a su condición de empleado, con contratos temporales, mal pagados y sin ningún tipo de derecho, por tanto sin identidad.

El cuerpo entonces se vuelve el espacio donde la identidad se construye, ese terreno donde el placer y el dolor marcan su huella, donde el conflicto que significa la existencia se representa. Pero el cuerpo, como la identidad son la mónada de nuestra condición, ya que nuestra historia corpórea ha perdido su capacidad de distinguir sus límites. La comida ha llevado a millones de mexicanos a extraviar su voluntad de poderío, la pandemia de la obesidad nos asecha. En contracara la sociedad consumista nos bombardea con modelos hiperdelgados, que son la huella aspiracional del artificio de nuestro presente. Tragar o vomitar… tragar y vomitar el artilugio de la identidad funcional de un ser sano.

Milan Kundera, en su novela La identidad (1998), pero neciamente en toda su obra, pone el énfasis en la gestualidad como grafía de la identidad, de aquello que nos diferencia, nos hace ser lo que somos. El gesto es el elemento teatral, concreción de nuestro espíritu, es la expresión de nuestra voluntad de poder. Somos 119 millones de cuerpos, somos carne y sangre… somos 119 millones de espíritus que cotidianamente marcan su corporeidad.

Los gestos están marcados por nuestra experiencia pretérita, es la herencia familiar, gesticulas como tu madre o como tu padre, tal vez como tu abuelo. Las familias gesticulan de formas específicas. Y cada individuo al marcar su diferencia con el Otro incorpora gestualidades de los otros. Esas transmutaciones de la gestualidad son producto de nuestra experiencia humana. Somos una masa humana, carnosa… que cotidianamente se forma y deforma. Nuestra experiencia de masa hace imposible las distinciones. Hoy el gesto ha sido reducido a su condición mediática, el selfie. El autorretrato es la alteración de nuestra gestualidad y su homogenización. Nuestra teatralidad, es decir la menara en que nos representamos, converge en los cánones en que es posible significarnos.

Kundera pensaba en la experiencia de masa del individuo en la calle, donde la existencia se palpitaba, se consuma. El acto amoroso residía en la posibilidad de reconocer el gesto de ese Otro en la masa. Un gesto donde la mirada, los suaves movimientos corpóreos, el andar, esa forma particular en que el cuerpo se expresa y apropia del espacio, esa forma casi inconsciente de determinar nuestra existencia, hace que amorosamente socialicemos.

La irrupción del autorretrato deforma la experiencia de masa. Somos 119 millones de cuerpos, somos carne y sangre… pero nuestra existencia ya no está determinada por nuestra extrañeza gestual, sino por la homogenización del selfie. El autorretrato como modelo preciosista de la objetividad, impide a los gestos expresarse, dar cuenta de nuestras derrotas, de nuestro extravío, de lo jodido que implica vivir el presente, de ese particular estado de ánimo en el que de vez en vez te levantas, de la consumación de la alegría, de la melancolía que se te pega en el rostro, de la voz que hace eco en tu ser y hace que el gesto transmute, la voz que te da tranquilidad, esperanza, la voz que hace que reconozcas los matices de tu sonrisa. La voz que te da goce… placer orgásmico.

El autorretrato como modelo autoreferencial nos impide la metamorfosis de nuestros gestos. Nos negamos a ser cucarachas, o moscas. Nos negamos, sin embargo somos gordos, somos morenos, somos chaparros… somos seres que habitan el presente con una experiencia extremadamente empobrecida. Nuestra identidad no se resolverá con el color de la piel, la nacionalidad… o la selfie. Nuestra identidad transmutará cuando nuestros gestos modifiquen la existencia del otro. Cuando el otro modifique nuestros gestos. Cuando reaprendamos a reconocernos en el Otro a partir de defender nuestra irremplazable individualidad.

Soy doblemente traidor, tengo dos gestos, dos caras. Y no considero ese estado de doble traición como una derrota, sino como una hazaña. Porque ¿durante cuánto tiempo seré capaz de mantener mis dos caras? Es agotador. Llegará un día en que ya sólo tendré una cara. La peor de las dos, por supuesto. La seria. La que consiente. ¿Me querrás todavía? (Kundera)

 

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One Thought to “La identidad, el gesto y la selfie”

  1. Sanchores

    Te desconozco.

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