La pobreza en México: un cara a cara con la muerte

Por Yeseline Trejo Miranda

Justo al lado del Teatro Blanquita se encuentra un parque en donde, cada mañana, cada día y en todo momento, hay un grupo de personas que duermen en el piso. Se ve cómo se cubren del frío mañanero con unas cobijas.

Uno que otro ya está despierto. Uno más está con una taza en las manos y justo enfrente hay una pequeña fogata. Hay niños y una madre amamantando a su bebé.

No tienen lujos. No tienen un lugar estable para vivir. Sus cabellos están despeinados y suelen tener una que otra rasta. Su rostro está sucio. No tienen ropa de marca. Algunos están en sus mundos. Están literalmente “viajados”, seguramente por alguna droga barata, thiner o PVC quizá.

Sólo se tienen a ellos mismos, como el caso de Ángel, un joven que apenas puede hablar por tanta droga barata que su cuerpo ha consumido. Suspira.

Lleva la mano a la nariz y entre risitas dice que ellos son su familia. Le habla a un niño menor, como de unos 5 años. Angelito, se llama. Su madre está desmayada. No se sabe si ya está muerta, si sólo está dormida o si se dio un pasón.

“Ángel, mijo tienes que irte a chambear”.

Angelito responde: “Oye apá, tengo hambre. (Al mismo tiempo que hace una mueca de sufrimiento, de esas que uno hace cuando las tripas piden comer).

El padre le acercó un poco de droga barata. Le dio una palmada en la espalda y lo apresuró para que fuera a trabajar limpiando parabrisas y pidiendo dinero en el Metro o en cualquier lugar. Total, con ese jalón que le dio a la droga por lo menos le sirve para que no piense en comida y pueda seguir andando.

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La pobreza en México es una desgarradora situación que se observa día a día. Gente durmiendo debajo de los puentes peatonales y vehiculares. Otros más viviendo en parques o en las principales avenidas, como El Eje Central Lázaro Cárdenas. Menores de edad que, en vez de ir a la escuela, ejercen un trabajo informal.

No hay edad o sexo para que trabajen. Desde las primeras horas del día, los niños esperan a que el color verde del semáforo brille. Venden chicles, paletas o cualquier objeto que sea atractivo para el conductor. Algunos hacen acrobacias y otros se visten como payasitos, usan globos para mostrar boludez en el cuerpo. El objetivo es hacer reír a los conductores y, a cambio, recibir dinero.

En los casos extremos, las personas ponen en peligro su vida. Por ejemplo, los conocidos tragafuegos que, con el tiempo, llegan a tener infecciones bucales por el material que ingieren para hacer el espectáculo. Algunos se llegan a tragar la gasolina, ya que es cuestión de segundos lo que dura la presentación. Este acto les provoca fuertes dolores estomacales.

En el caso de los menores que también son tragafuegos las consecuencias a las que se enfrentan son quemaduras de tercer grado, infecciones intestinales, intoxicación y los síntomas que aparecen en cada presentación es ardor en la garganta.

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Daniel es un niño de trece años y cuenta que desde los ocho años acompaña a su papá y en los semáforos para llevarse gasolina a la boca. “Somos los dragones, no sólo por tragar fuego, sino porque somos fuertes. De eso vivimos. La abuela está enferma y mi papá también, por eso soy un dragón más fuerte, de algo tenemos que vivir”.

Es desgarradora la situación en la que se encuentran millones de niños. Muchos conductores se quejan de que les van a rayar el carro o, incluso, desde sus ventanillas del auto agreden a las personas que se encuentran ejerciendo estos trabajos informales, pero ¿acaso alguien se ha preguntado cuál es su historia o el motivo por el que los orilló a estar mañana, tarde y noche ejerciendo estas actividades? Seguro que muy pocos lo han hecho.

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Las calles de la Ciudad de México esconden rostros que son innombrables, a veces invisible para todas las personas que bien o mal tienen una vida estable.

“Uno nunca sabe en dónde va a terminar, pos cuál es nuestro futuro. Nadie sabe qué nos depara esta vida de mierda”. Andrea, una chica de 24 años de edad, salió de su casa cuando tenía quince años. Le salió a sus padres con su domingo siente.

“Mis padres no me apoyaron, al contrario, me corrieron. Pos me prostituí para darle de comer al chamaco y mira, es un vago igual que yo”.

Con una mueca, Andrea insistió en que su hijo sigue los malos pasos de ella. “Pos vamos a Tepito y nos dan la yerba verde esa que hace olvidar cuando todo anda mal. Pos yo la fumo desde los quince, mi vida siempre va estar mal, así somos los desgraciados”.

Unos salieron de su casa desde muy jóvenes. Por una u otra situación están en la calle. Este problema es generalizado

¿En dónde no hay pobreza? Incluso, en las colonias “más bonitas” existe por lo menos una persona que anda vagando, buscando su destino o, en el caso más extremo, encontrándose cara a cara con la muerte.

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