Caminábamos por el mundo, valientes y en plenitud.

Por Gabriela Mora

 

No recuerdo en qué momento las miradas juiciosas de los demás dejaron de ser la principal idea que venía a mi cabeza cada que te besaba.  Me enamoré de ti perdidamente y no sé por qué. Si quisiera dedicar mi tiempo para buscar una sola razón, lo perdería.

 

Recuerdo que te vi junto al barandal del tercer piso en la universidad. Tu cabello castaño y ondulado llamó por completo mi atención. Mi mirada se concentró en tus ojos y, sin que pudieras darte cuenta,  me encontré con las pestañas más largas y hermosas que había visto en la vida. Sonreíste.

 

Se detuvo por un minuto el tiempo y, como en las películas, escuché fuerte y claro el sonido de las manecillas del reloj que llevaba en la muñeca. Sonreíste, me sonreíste.

 

A partir de ahí me supe en desventaja. Pasar junto a ti era un reto diario y una necesidad constante de hablarte. Nunca lo hice.

 

Una tarde, mientras intentaba huir de un calor infernal, te acercaste y mi sistema nervioso se alteró. Como pude, formulé unas cuantas palabras y de pronto llevábamos platicando juntas un par de horas. Confirmé lo que meses atrás comencé a sentir y estaba completamente asustada.

 

Los días pasaron y compartirlos contigo era fabuloso. Entre risas desmedidas y discusiones sin sentido, nos enamoramos más rápido de lo que imaginamos y eso ya no me espantó.

 

Aprendí a ser valiente a tu lado. Me permití amarme y  respetarme para después hacer lo mismo contigo. Un día me sentí más fuerte y charlé de ti con mis padres.

 

–Me enamoré– Les dije sin titubear.

 

Lloraron, se enfurecieron y me hicieron sentir que era lo peor que les pudo haber pasado. Yo intentaba entenderlos, pero no pude. No encontraba nada malo en lo que sentía. Los días posteriores en casa no fueron mejores. Nadie me dirigía la palabra y parecía que estorbaba.

 

Ir a la universidad y verte ahí, para mí, era mi mejor consuelo. Me abrazabas, me besabas y nada importaba.

 

El tiempo pasó y aunque mis padres no lo toleraban, las cosas en casa se normalizaron. Nos convertimos en las mejores amantes y confidentes.

Nuestras manos se entrelazaban sin pena y caminábamos por el mundo, valientes y en plenitud.

 

Nos enamoramos rápido, mas no efímero. Cuatro años después seguimos en el camino. Crecimos juntas, nos hemos visto cumplir sueños y nos hemos apoyado un millón de veces y, aunque no somos perfectas, sabemos que nos queremos para siempre. Amarte fue la mejor de mis suertes.

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