La piel de Enriqueta ya no parece piel (Cocinas yuxtapuestas)

Por Daniel Hernández Reyes

Fotos: Eréndira Negrete

Tomo uno y lo enjuago. Uno tras otro. Es una montaña de trastes sucios. No sé por qué piensan que me molesta lavarlos. Por qué piensan que me castigan con esto. Lo disfruto. Vaya tontos.

Por la ventana, cubierta por cortinas ásperas de colores deslavados, mi vista alcanza a distinguir la cocina en la casa de mi abuela. La madre de mi padre. Nuestras viviendas están construidas en el mismo terreno. Se yuxtaponen, dejando un diminuto pasillo entre casa y casa. Pasillo que une el patio principal con el trasero. Se pueden ver ambas cocinas desde sus respectivas ventanas.

En la sala escucho risas. Provocadas, seguramente, por alguna estúpida anécdota rememorada por mis padres y mi tía, que sólo dios sabe por qué decidió hoy cenar con nosotros. Les gusta recordar sus hazañas de juventud. Los lleva a tiempos mejores. Tiempos a los que ya no pueden volver. Qué risas tan desagradables. Los odio. Los odio a todos.

Tomo uno y lo enjuago. No se acaban. Cenamos cuatro y parece que fuimos 40. Se enciende la luz en la cocina de mi abuela. Y entra a escena. Enriqueta es su nombre. Nunca he sabido cuál es su edad. A manera de broma le calculo 160. Sus piernas hinchadas y negras sostienen con sufrimiento el peso de su cuerpo. Se desplaza lento. Ya no levanta los pies, sólo los arrastra. Un paso tras otro. Cada uno acompañado de un delicado gesto de dolor.

Se acerca a la alacena que se balancea. Sustituyeron la pata faltante con una piedra. Todo es viejo en la cocina. El refrigerador marca Star que echa a perder la gran mayoría de la comida pues ya no congela bien. Incluso el calendario de perritos que cuelga en la pared. Data del 2000 y ya estamos en 2004.

La piel de Enriqueta ya no parece piel, sino madera pobremente barnizada. Su joroba bien formada sobresale del horizonte corporal. Es totalmente calva de la parte de arriba. Sin embargo goza de abundante melena cana en los costados de la cabeza. Su figura se asemeja más a la de un animal bípedo. Brazos largos. Piernas cortas. Acaso medirá 1 con 50.

El reloj marca las 11. A esta hora le da hambre. Va a guisar huevo con chile. Su cocina es pequeña. 2 por 3 metros. Es fría pues no hay acabado. Es el tabique pelón el aspecto general. Como si nunca hubieran terminado de construirla. El diminuto espacio se hace grande para ella, que tiene que sufrir 6 o 7 pasos de la alacena a la estufa, de la estufa al fregadero, del fregadero al refrigerador y del refrigerador, de nuevo, a la alacena.

Tomo uno y lo enjuago. Ya llevo 20 minutos lavando trastes. Comienza a ser molesto. En la sala siguen las risas estúpidas. Por la ventana el ritual de mi abuela para cocinar sigue su curso. El huevo ya está en el grasoso sartén. El aroma ya se cuela por las rendijas. Enriqueta menea de aquí para allá el guisado con una pala de madera. El apéndice gelatinoso que tiene por brazo se esfuerza en seguir el paso.

También la odio a ella. No es su culpa. La educación que recibió es nula. Se dedica a criticar. A mí. A mi madre. A todos. ¿Quién o qué le da el derecho a hacerlo? ¿Sólo por ser estúpida tenemos que aguantarnos todos?

Tomo uno y lo enjuago. ¿Por qué estoy lavando los trastes? Oh sí, me castigaron. Uno ya no puede dar su hiriente y agresiva opinión sin ser señalado, sin ser reprendido. Soy un adolescente, tengo solo 13. Se supone que eso es lo que hago, incomodar y ser odioso. ¿Por qué no me dejan serlo?… Ella lo hace. Enriqueta. Ella también es odiosa e hiriente. Pero a ella no le dicen nada, a ella no la castigan. Ella es anciana y yo adolescente. ¿Cuál es la diferencia? La odio. Los odio a todos

Su comida ya casi está lista. Ahora calentará un par de tortillas, o “gordas”, como ella les dice. Tiene que hacer una cosa a la vez pues sólo un quemador funciona. Los demás no. Al lado de la estufa hay una más que ya no sirve y funge como guarda trastes. Enriqueta se agacha para sacar una servilleta para tortillas y un plato hondo. Lo reconozco. Reconozco todos los platos, vasos y cubiertos, los tiene desde hace años. Desde que yo era niño y me quedaba con ella. Mientras mis padres se iban a embriagar con los demás miembros estúpidos de mi familia. De esa cocina salían las enchiladas más ricas que jamás probé.

Parece que su guisado ya está. Voltea y se persigna al pie del altar a la virgen que yace encima del refrigerador. Altar enmarcado con luces de navidad y papelitos de colores metálicos. Como si los ornamentos y la parafernalia reciclada reafirmaran su fe. Es muy religiosa. Uno más de sus molestos defectos. Ya estoy por terminar. Un vaso. Una olla y tres cucharas restan por lavar. Podría estar en mi cuarto justo ahora. Viendo alguna película o escribiendo. Maldita sea.

Enriqueta se sirve con cuidado. Sus manos tiemblan. Apaga la estufa. Toma el grasoso sartén y lo coloca en el fregadero. Ella no lo lavará por supuesto. Se dispone a abandonar la cocina. Yo la miro fijo. El foco en el techo se mece discreto, todo él cubierto por una fina capa de telarañas y animalejos muertos.

Parece que se le olvida algo. Regresa y se agacha. Toma una cuchara. Incorpora la mirada y nuestros ojos se cruzan. Ella me ve. Se toma un segundo para distinguirme pues tiene cataratas en los ojos. Me regala una sonrisa de oreja a oreja, presumiendo el único diente que aún le queda. Levanta su mano y me invita con señas de su guisado de huevo. ¿Por qué me hace esto?, ¿por qué no me odia como yo a ella?, ¿por qué no se muere de una vez? Maldita sea.

Mis labios fruncidos se tuercen y deforman hasta moldear en mi rostro una sonrisa. Una sonrisa hipócrita. Rechazo su invitación con un ademán en mi estómago que sugiere ya he comido y bajo la mirada. Coloco la última cuchara a escurrir. Me seco las manos. Volteo y la cocina de mi abuela ya está a oscuras. Cruzo en silencio la sala hacía las escaleras que me llevan a mi habitación. El silencio es reciproco. Mis padres y tía miran descerebrados algún programa para idiotas en la televisión. Púdranse todos. Muéranse todos.

Llego a mi habitación. Ya no quiero ver películas. Ya no quiero leer. Ya no quiero escribir. Quiero dormir. Mañana será otro día para odiar.

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