Por Adriana Marisela Juárez
Foto: Edgar López (Archivo)
El jueves 27 de abril, a las 21:00 horas aproximadamente, fui víctima de un asalto a mano armada.
Acompañada de mi novio, salimos del Metro San Andrés Tomatlán contando chistes, riendo, jugando, siendo un par de bobos que caminaban despreocupados sobre Avenida Tláhuac.
Sólo pensábamos en el rollo de sushi con camarón y salmón, cubierto de filadelfia y cacahuate que nos cenaríamos, acompañado de una partida de Paper Mario.
La noche prometía ser tranquila. Había suficiente gente en los callejones que conectan dicha vialidad a Canal Nacional, sin embargo, Marcelo y yo siempre rodeamos hasta el Dominos Pizza, donde empieza avenida Santa Ana, por eso de los asaltos.
Llegando al canal de agua puerca y bolsas de basura, donde algunas personas pescaban peces mutantes y cazaban patos verdes, el flujo de gente comenzó a bajar. No había nadie detrás y delante nuestro, al menos no lo suficientemente cerca.
Justo en donde termina el puente e inicia el terreno baldío, donde circos presentaban su función y ahora es un chiquero apestoso, de la parte más oscura salió un hombre con sudadera azul, de tez morena oscura, con barba de chivo, demasiado gel en su pelo corto, cara ovalada y boca ligeramente abierta… Caminaba muy “rompe madres” con dirección hacía nosotros.
No hay postes de luz en ese “puente” y nadie se percató de que nos apuntó con un arma y obligó a entrar a la calle de tierra detrás de la Unidad Habitacional, la cual Google Maps llama Canal Nacional-Eje 3 Oriente.
No creo que el alumbrado hubiese cambiado la historia. El tipo traía un arma, y aunque hubiésemos corrido ese tramo, quizás de un balazo en las piernas no nos habríamos salvado.
Acorralados en ese espacio, solo sabíamos que la calle era un nido de ratas, literalmente, que llevaba al deportivo de la zona, el cual cierra a las 20:00 horas por la misma delincuencia.
–Saquen sus celulares y dénmelo todo– dijo de una manera rápida y nerviosa.
–Sí carnal, toma, aquí está todo– dijo mi novio ofreciéndole el portafolio de piel que me acompañaba desde la preparatoria.
–Tú, saca tu celular, o lo que traigas– se dirigió hacia mí –No traigo, me lo robaron. Pero te puedo dar mi cartera.
Empezó a agitar su pistola negra, que sólo él sabía si era real o no.
–Sus celulares, rápido, rápido– sólo me apuraba a sacar mi cartera y ante las palabras respondí –¡Qué no traigo me lo robaron!– mirando fijamente a sus ojos cafés oscuro.
La maleta traía un iPhone 4 destruido de la pantalla, un control completo de su Wii, color blanco de edición especial; dos cargadores de entrada V8, unos audífonos, un Sony Z4 que le dieron para que arreglara más su paga por el celular, y sus llaves de San Pedro. Les digo así porque carga con varias.
Anteriormente le había dado mi celular a Marcelo para que lo guardara en sus enormes bolsillos del pantalón, ahí también traía su celular y su cartera. Fue lo único que pudimos salvar.
La cartera roja traía mis identificaciones, recuerditos, fotografías, mis tarjetas de nómina, de puntos PayBack, de Recórcholis, Farmacias San Pablo e incluso de Monte de Piedad.
Lo que más me dolió fue perder el dos de corazones rojo con el que Marcelo me pidió ser su novia; cartas de los que alguna vez llamé “amigos”, y papeles con datos que no logro recordar.
Después del asalto, que sólo le tomó minuto y medio, nos dijo que corriéramos con dirección al deportivo, pues una patrulla estaba pasando por Santa Ana.
Mientras era tomada de la mano, corriendo del lado contrario al ratero, sin saber si en ese momento nos dispararía… empecé a berrear, no pude evitar sacar lágrimas y llorar, había sido víctima de un asalto y era la primera vez que vivía algo así.
Cruzamos un puente para salir de esa calle y vimos a una familia que caminaba del lado contrario donde nos habían amedrentado. Eran dos señores, tres señoras y un bebé.
Me vieron berrear y de inmediato Marcelo les contó que nos habían asaltado y necesitábamos ayuda.
Nos preguntaron si nos habían golpeado o me había tocado. Les alarmó mi manera de llorar, a lo que mi novio respondió que no, que sólo se había llevado basura.
Sacaron su celular y marcaron a quien sabe quién. La señora que cargaba al bebé me ofreció bolillo y sólo le pude dar un mordisco mientras mis lágrimas humedecían el pan. “Y justo acaba de pasar la patrulla”, me dijo.
Marcelo les pidió que nos acompañaran a la avenida. No quería estar solo otra vez.
Nos despedimos de ellos. Les agradecimos y caminamos sobre la misma Santa Ana, donde habíamos sido atacados, esto mientras sollozaba y le echaba la culpa a mi novio. Sentía que nos habían quitado todo.
Vimos un hombre uniformado con su motocicleta, el cual puso su mirada en nosotros por mi manera de llorar y gritar.
Le dijimos lo que había pasado. Nos comentó que nos quedáramos ahí y él iría a ver. Instruimos al oficial por dónde creímos que el sujeto se había ido, pero parece que le entró por un odio y le salió por el ano, porque se fue del lado opuesto.
Regresó con “la información” de que escapó hacia Iztapalapa, como dándonos a entender que no iría tras él y mucho menos a tal delegación.
Nos preguntó qué nos había robado y Marcelo repitió que fue basura, que realmente no nos hizo nada… Nos fuimos de ahí peor que antes. Nuestras autoridades habían sido compradas y quizás éramos los terceros de la noche.
Había un operativo en toda la CTM VII que llevaba a cabo la Policía Federal, puesto que las denuncias por robo a casa habitación eran exageradamente altas. No era casualidad que el único día que fuimos asaltados en la zona, las autoridades resguardaban las calles.
Mi llanto aumentó. Ya no podía respirar. Estaba tosiendo como lo hace una bulímica al vomitar. Mis ojos se hincharon, mi piel me ardía… y paré mi sollozo después de varias horas.
Inmediatamente hable a mi banco y cancelé la tarjeta, mientras que con la otra de vales, tardé un día en desactivarla.
–-Hasta para robar son idiotas– pensé con la bilis casi derramada. –No gastaron absolutamente nada de las tarjetas–.
Ahora, escribiendo esto, pienso en la posibilidad de que pudo haber sido igual de paranoico que yo al creer que me robaría mi identidad. Quizás no las usó por miedo a que lo ubicáramos, pero eso no pasa con las tarjetas.
Desecha y con el periodo menstrual encima, debrayé que no importaba las desmañandas provocadas por escuela y poder sacar mi título, que no importaba que fuera siete horas diarias a trabajar, que no importaba todo el esfuerzo que hacía para comprar lo que me gustaba si un pendejo analfabeta, sin educación, que le gusta la vida fácil, llegaba con una pistola a quitármelo todo.
Me sentía vulnerable, me sentía pequeña. Si no me había pasado lo peor, ¿qué me esperaba? Al parecer la persona que me asaltó fue “decente”. ¿Qué me habría sucedido si no? ¿Violación? ¿Muerte?
Rompí en lágrimas nuevamente al no poder sentirme segura en la calle, al sentir terror por salir al día siguiente a la escuela, a la cual no fui. No salí para nada al día siguiente de la casa.
Después de que le conté a mi familia y a una compañera del trabajo, coincidieron en que “hay que tener cosas para que te roben”. Sí, hay que tener un celular de mil pesos que te roben, hay que tener una cartera con cien pesos para que te roben, y hay que cargar sólo con lo necesario para tu día a día.
Debo agradecer que iba con mi novio y salvó nuestros celulares. Debo agradecer que siga viva. Debo olvidar lo que nos pasó. Debo empezar a ser precavida y seguir adelante. Eso debo de hacer porque esta es la triste realidad de mi país.
Y no menosprecio lo que hizo Marcelo. Él fue mi héroe, fue mi hombro para llorar, fue mis brazos para volver a sentirme segura… Pero pudimos seguir riendo, haber cenado sushi y jugar Paper Mario.