Doña Memé. No todos los días se cumplen 100 años

Por Agdyz

Foto: Cortesía

Las manos ligeramente temblorosas, como si fueran dos cubos de hielo, descansaban en sus delgadas piernas. Sentada en su silla de ruedas, Memé, como la llamaban sus seres queridos, observaba a toda su familia reunida en la sala de su casa.

Hacía mucho tiempo que no estábamos todos ahí. Entre plática, risa y el olor del café que Anny, la hija menor de Memé, estaba haciendo en la cocina, se cocinaba un momento muy agradable que seguramente todos atesoramos en lo más profundo de nuestro corazón. Nietos, bisnietos, hijos, sobrinos, amigos… Todos reunidos para celebrar las 100 vueltas al sol de Memé.

Me impactaba pensar cuántas cosas habían visto pasar esos hermosos ojos azules. La lucidez de “la tía” era impresionante para los años que tenía. Mientras la analizaba desde el otro lado de la habitación, observaba cómo ella miraba detenidamente a cada una de las personas. Sonriendo a momentos, frunciendo el ceño a otros… y llegó mi turno, pero de lo que no me había percatado es que yo también la observaba a ella.

Se me quedó viendo, sacó ligeramente la lengua y sonrió. La imité. Volteó a ver el sillón vacío que estaba a su lado y con la mano me hizo la seña de que me sentara junto a ella dando dos pequeñas palmadas al aire. Rápidamente me dirigí al sillón verde, que por cierto, era bastante cómodo.

Me acerqué a ella y le di un beso en su fría mejilla. Le pregunté que cómo se la estaba pasando y me contestó que bien pero que había mucho ruido.

Esperé a que me dijera algo mientras recordé una noche en la que me quedé a dormir con ella para velar su sueño. Seguramente ya estaba cansada porque unas horas antes fuimos a comer al San Ángel Inn, lugar que le gustaba mucho por un motivo personal, ya que ella vivió sus primeros años en el centro de San Ángel, en una casa amarilla que ahora es una tlapalería con más locales a su alrededor.

Me volteó a ver y, mientras se acercaba a mí, me dijo “ve a mi recámara y tráeme un pequeño nicho de madera con una virgen que está encima del mueble de mi cama”. Me levanté y caminé por el pasillo repleto de libros. Llegué a su recámara. Entré y vi varios objetos religiosos en su buró. Una virgen con fondo dorado acompañada de un santo y otra virgen llamaron mi atención. “Tal vez es este…”, pensé. Lo tomé y voltee a mi alrededor.

La pared verde pistache, piso y muebles del mismo tono de madera, cortinas de tela casi transparente y aparentemente algo viejas, un tapete africano con jeroglíficos, que se lo trajo una de sus hijas en su último viaje, el aroma de su perfume favorito… “¡100 años!”, dije en voz baja.

Di la vuelta y me dirigí al sillón en el que estaba sentada hace unos minutos. Se lo enseñé y, sin dar tiempo a que le dijera algo, ella contestó: “Ése… ¡Es ése!” Me volteó a ver con la mirada brillante. “Es la Virgen de Gracia de la iglesia de San Agustín y Santa Catalina… de Venecia, siglo XIV. A ella le rezo todas las noches.”

Me conmovió la capacidad que tenía de reconocer un objeto tan especial para ella y el hecho de recordar qué virgen exactamente era.

“Te lo regalo. Es para ti. Rézale diario y el mal nunca tendrá lugar en tu vida”, dijo mientras me veía con devoción. Lo tomé con las dos manos, a pesar de su pequeño tamaño, y sus manos cobijaron las mías. “Gracias”, le dije, “voy a guardarlo bien”. Me sonrió y volvió a la misma posición en la que estaba mirando a todos.

Tomé mi bolsa y lo guardé en una pequeña bolsita interna con cierre. Pese a que no era muy devota, era un regalo que no podía negar y que atesoraría toda la vida.

Llegó la hora del pastel. La llevé a su lugar en la larga mesa de madera del comedor mientras todos se acercaban. El murmullo de la fiesta bajó. Comenzaron Las Mañanitas y Memé continuaba observando a todos mientras seguía el ritmo con diminutos movimientos de su cabeza. Se veía feliz. “¡100 años, 100 cumpleaños…!”, pensé, “¡Que fortuna!”

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