Por Iván Rivas
La familia sufrió con su partida. Agotaron todos los medios que la pobreza les permitía. Cartulinas, Facebook, radio pública, juntas de vecinos, Santos y rezos pero se fueron acabando en la incertidumbre. Suponer si estaba muerto, extinguía la vida que aún tenían. Cuando la muerte tocaba las puertas de la familia fue la necesidad y el hambre lo que los hizo continuar. Habían perdido la esperanza de ver a su hijo regresar.
Cinco años más tarde se encontraba en el marco de la puerta. Él llevaba el mismo pantalón pero lo había recortado como un pequeño short apenas debajo de la ingle que dejaba ver sus piernas delgadas y con marcas de algunas contusiones. Su piel cobriza y acartonada brillaba en los pliegues de las arrugas. Las horas bajo el brillo del sol habían marcado su piel. Su rostro cambiado, la nariz rota y los pómulos hinchados, los labios pintados y sin firmeza parecía que colgaban. Era un semblante marcado por los hombres antes que por la soledad. Debajo de la coraza de cicatrices, sus ojos, con un brillo femenino, se adornaban de esperanza y paz.
Dio el primer paso al interior de la casa. No hizo falta saludar porque nadie hubiera respondido. Cruzó el patio con caminar apretado y piernas firmes, uno frente a otro como en pasarela. Cuando dejó a la familia atrás, la curva de su espalda mostró el tatuaje en letras tribales y en marcado por rosas rojas: “Material girl”. Viviría en su casa por primera vez porque antes habitó un extraño.
Julio, 2018.