¿La democracia desahuciada? (Un recuento)

Por Mónica Loya Ramírez

Foto: Edgar López

En México, a partir de la constitución del estado moderno, el espacio público fue administrado por el gobierno en turno, es decir, primero por el Partido Nacional Revolucionario (PNR), convertido luego en Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y luego en el Partido Revolucionario Institucional  (PRI). Este partido ejerció el poder sin ningún contrapeso durante más de 70 años.

Lo que caracterizó a estos gobiernos fue una marcada intervención del estado en todos los asuntos públicos. Los espacios para el diálogo, la crítica y el intercambio de opiniones fueron “controlados” desde las oficinas gubernamentales.

El escritor Mario Vargas Llosa, ahora Premio Nobel, en un famoso coloquio organizado por la revista Vuelta, calificó al gobierno del PRI como “la dictadura perfecta”. Este dicho lo hizo abandonar apresuradamente el país por “asuntos personales”. El escritor sufrió el control y la censura, sin embargo, y a pesar de los testigos, nunca aceptó haber sido obligado a salir, hecho que remarcó la idea de que había un alto nivel de control en el gobierno.

El “uso” de la esfera pública era algo imposible si no tenías “permiso” de la autoridad, en este sentido cualquier manifestación cultural, política y social que no fuera aprobada o estuviera acorde con los cánones que marcaba el gobierno, era reprimida y perseguida. El espacio para la crítica era nulo. Incluso se dio el caso de un cómico que fue despedido de un programa de televisión por hacer un chiste sobre Benito Juárez. En ese país no había lugar para la discrepancia.

Gonzalo N. Santos, el cacique de San Luís Potosí, en sus Memorias dejó una narración  (del 7 de julio de 1940, día de las elecciones), a propósito del candidato disidente  Juan Andrew Almazán:

Ahí narra que a las siete de la mañana Santos ya había matado a un almazanista en un tiroteo; después formó una brigada de choque que llegó a tener más de 300 agentes, y con ella se dedicó a asaltar casillas a punta de balazos. La gente acudía a votar en grandes cantidades y, al menos en las ciudades, lo hacían abrumadoramente a favor de Almazán. Pero al poco rato llegaban las brigadas del Comité Pro-Ávila Camacho y a balazos hacían huir a votantes y representantes de casilla. Tumbaban las mesas, rompían las urnas y se tiroteaban con los almazanistas, que eran muchos y estaban en todas partes. [1]

Narra Santos que el presidente Lázaro Cárdenas, acompañado por el subsecretario de Gobernación, Agustín Arroyo Ch., daba vueltas en su coche para ver  la votación, y constató que la casilla donde él debía votar estaba, bien custodiada, en manos almazanistas. Por teléfono, Arroyo Ch. urgió a las brigadas a que intervinieran y el presidente pudiese votar en condiciones adecuadas.  El grupo de choque pronto respondió al llamado. Desde varias cuadras alrededor de la casilla había tiradores en balcones y azoteas, y a todos ellos fueron abatiendo  las huestes avilacamachistas, gracias a las ráfagas irrebatibles de las ametralladoras  Thompson con que se abrían paso. [2]

En medio de una gran confusión y desmoralización del ejecutivo y los miembros del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros  de la República Mexicana (STFRM), relata Barry Carr en el libro La izquierda mexicana a través del siglo XX, el gobierno lanzó  su ataque al sindicato el 14 de octubre de 1948. Esto era un día después de que el Comité Ejecutivo General y el Comité de Vigilancia decretaran la suspensión temporal de Díaz de León por su traición a la integridad del sindicato. Tropas federales, policía y agentes de la Dirección Federal de Seguridad tomaron los locales nacionales del sindicato así como las oficinas  de cuatro secciones de la Ciudad de México

En 1951, los mineros de Nueva Rosita entraron en huelga y llevaron a cabo la famosa Caravana del Hambre. Caminaron desde el extremo norte de Coahuila hasta la Ciudad de México, donde ocuparon el Centro Deportivo 18 de marzo; hicieron un gran mitin en el Zócalo, pero cuando quisieron repetirlo la policía los cercó, los golpeó y los dejó encerrados dentro del centro deportivo, que fue llamado “la cárcel de Miguel Alemán”; el gobierno los regresó en trenes a Nueva Rosita.

En ese mismo año, la ambición del candidato disidente Miguel Henríquez Guzmán, inquietó al gobierno, porque comenzó a aglutinar el descontento social. Las elecciones se dieron en medio de una fuerte vigilancia del ejército (cinco soldados en cada casilla). Sin embargo, como era de esperarse volvió a “arrasar” el PRI. Al siguiente día los henriquistas llevaron a cabo un gran mitin en la Alameda Central para festejar su victoria, que fue reprimido con brutalidad. Golpearon a todos, hubo varios muertos, decenas de heridos y se arrestó a 500 manifestantes.

La madrugada del 23 de septiembre de 1956, luego de varios días de huelga pidiendo, entre otras cosas, más apoyo para el internado de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN), los jóvenes despertaron con el estruendo de una diana y se vieron rodeados por el ejército comandado por el nuevo director, Alejo Peralta, connotado multimillonario, quien les comunicó que “la dirección del Politécnico había decidido clausurar el internado”. Se acusa de vagancia a los estudiantes, algunos becados, y son detenidos los dirigentes de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET)  por el delito de disolución social y son encarcelados en Lecumberri.

En ese año, los profesores de primaria del Distrito Federal, empezaron a movilizarse inconformes con el aumento del 14 por ciento obtenido por el SNTE, organizaron un mitin de protesta, convocado por Othón Salazar y Encarnación Pérez Rivero, quienes exigieron un aumento salarial del 30 por ciento. Los maestros de primaria del D.F organizaron su propio congreso y eligieron a Salazar y a Pérez Rivero. El gobierno desconoció estos nombramientos y dio todo su apoyo al SNTE. Ante eso, Othón Salazar creo el Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM).

Los maestros organizaron una gran manifestación en abril de 1958, misma que llegó al Zócalo de la capital para exigir el aumento que habían pedido dos años antes y no les concedieron. Periódicos de la época dicen que eran más de 100 mil participantes entre maestros, estudiantes, ferrocarrileros, telegrafistas y petroleros. Adolfo Ruíz ordenó a los ganaderos que disolvieran la manifestación. El cuerpo de granaderos, como de costumbre, desplegó una brutalidad desproporcionada y atacó ferozmente a los manifestantes que huían aterrados.

Según el investigador Barry Carr:

Desde 1957 hasta el final de la década hubo una serie de movilizaciones obreras pusieron en jaque al modelo existente de relaciones  entre el estado y el movimiento obrero. A partir de la de los electricistas a fines de 1956 y la de los maestros de primaria del Distrito Federal en 1957, las acciones huelguísticas abarcaron importantes  sectores de la fuerza de trabajo y se  extendieron a los ferrocarrileros, los petroleros, los telefonistas, los telegrafistas en 1958-1959. Las metas iniciales de dichas huelgas eran principalmente económicas, pero la situación estratégica de los sectores más afectados y la lógica de la lucha misma llevaron a los trabajadores ferrocarrileros y petroleros a ampliar el campo de sus acciones hasta enfrentarse al charrismo y demandar una mayor democracia interna en los sindicatos. [3]

A pesar de la represión, el espacio público fue ganado por una creciente sociedad civil, sobre todo, gracias al aumento de la clase media. El parte aguas se dio con el movimiento estudiantil de 1968. En julio, relata José Agustín, se inició el verano caliente: los granaderos, siguiendo sus costumbres, oprimieron brutal y desproporcionadamente un pleito que jóvenes preparatorianos sostuvieron en la Ciudadela de la capital, precisamente la zona terrible de la decena trágica de 1913. Indignados, los estudiantes declararon huelga y organizaron una manifestación de protesta el 26 de julio, en vista de eso se procedió a arrestar a muchos de ellos.

Los muchachos de las preparatorias enfurecieron aún más, y durante los últimos días de julio resistieron a los granaderos y al ejército con piedras, bombas molotov y barricadas a base de vehículos volteados. Las escaramuzas duraron hasta que el ejército en plena madrugada sitió la Escuela Nacional Preparatoria. Un bazucazo destruyó el bello portón barroco del edificio, lo que generó críticas por la barbarie de los agresores. Los estudiantes constituyeron el Comité Nacional de Huelga (CNH), con el apoyo de los sectores izquierdistas del país, de escritores y artistas.

El apoyo social fue aumentando, junto con las demandas estudiantiles. Todo esto en el contexto de una sociedad dónde la crítica y las nuevas formas de protesta se iban apropiando de un espacio público que en los hechos era “privado” porque sólo unos cuantos –cercanos al poder y a sus organizaciones corporativas- tenían acceso a él. A una manifestación de 100 mil personas al Zócalo, le siguió otra más de 200 mil. La cercanía de los Juegos Olímpicos y un estupor por la creciente participación preocuparon a los dirigentes del gobierno.

El punto culminante de las movilizaciones llevadas a cabo por los estudiantes se dio cuando el 2 de octubre en un mitin que el CNH había organizado, personas vestidas de civil, empezaron a disparar contra  la multitud. La cifra exacta de muertos y heridos nunca se conoció. Al día siguiente nada apareció en los medios de comunicación.

Luego de los acontecimientos de la llamada por Elena Poniatowska “Noche de Tlatelolco”, se inició la “guerra sucia” emprendida por el gobierno contra los disidentes, sobre todo guerrilleros que vieron truncadas las posibilidades democráticas de cambio. El miedo y las persecuciones fueron el marco de los siguientes años -agudizado por lo sucedido el 10 de junio de 1971, cuando estudiantes fueron masacrados por los Halcones, en el llamado “Jueves de Corpus”. En esa época la batalla por el espacio público se vio inhibida pues aún el Estado tenía un control y los grupos de la sociedad civil eran minoritarios. Sin embargo ya estaba  la brecha abierta por el movimiento estudiantil del 68.

Para el Estado Mexicano nuestro país era, y debía ser, homogéneo. Tenía que caminar  al ritmo que le imponía el partido en el poder. Esa concepción había sido construida durante muchos años por el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y se veía reflejada en la historia oficial y en la forma como se concentraban los conflictos en el seno de ese partido sin salir a la luz pública. La política era un espacio desconocido para la mayoría de los mexicanos, dentro de esa caja negra llamada PRI se llegaba a acuerdos y se repartían los espacios. Muestra de esto era que el procedimiento por el que se elegía candidato a la presidencia del tricolor nunca fue claro.

En 1985, con el sismo, una sacudida se daría no sólo en el suelo de la Ciudad de México sino en la sociedad civil y su relación con el gobierno, ante un presidente que se tardó en reaccionar ante una de las crisis más fuertes que se han vivido en nuestro país, las personas dieron un ejemplo de autonomía y salieron a las calles a ayudar a los demás, se vio más claramente cómo la sociedad organizada podía superar al gobierno y nuevos aires se respiraron.

Ese país dónde el balón de lo público era del gobierno, dónde las elecciones eran inobjetables y el llamado “carro completo” era un asunto normal, estaba a punto de cambiar. En el año de 1988, un personaje que estremecería al sistema político entraría en la escena pública, Cuauhtémoc Cárdenas –que había dejado las filas de PRI- empezaría una campaña por la presidencia de la República. La sorpresa es que esta vez los seguidores del político no eran un grupo minoritario y marginal a quienes se podía eliminar con un día de represión. La conquista del espacio público había empezado.

A pesar de que grandes sectores de la población están convencidos de que hubo fraude en esas elecciones y aunque la represión emprendida por Carlos Salinas de Gortari a los integrantes del partido político que se formó después de ese movimiento -el Partido de la Revolución Democrática (PRD)- siguió ejerciéndose. Ya no hubo manera de sacar a la gente del espacio público, estaban en las calles, en los periódicos, en los cafés. Ejerciendo el derecho a la llamada publicidad.

Después de 1988  la Ciudad de México y el país entero,  empezó a cambiar –o tal vez el 88 sucedió porque ya había cambiado- La crítica empezó a ser más permitida aunque aún existía el control, sobre todo en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari quien se dedicó a cooptar a intelectuales y comunicadores a diestra y siniestra. El espacio público se había abierto y se realizaban manifestaciones de manera cotidiana, ante ellas, como no podía reprimirlas Salinas contestaba: “Ni los veo, ni los oigo”.

Empezaron a ser “normales” los plantones y manifestaciones en el zócalo capitalino ya que Salinas emprendió con ahínco el desmantelamiento del sector estatal lo que provocó protestas de diversos sectores, al parecer el entonces presidente prefirió las privatizaciones en vez de la popularidad.

Ya para el sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León la crítica en los medios de comunicación –sobre todo en los periódicos- hacia el presidente y el gobierno en general habían subido de tono. El movimiento estudiantil de 1999-2000, puso a prueba la “tolerancia” del gobierno mexicano pues la protesta de los estudiantes por el llamado “Plan Barnes” -fundamentalmente por el alza de cuotas aunque luego se fueron aumentando puntos en el pliego petitorio-  duró nueve meses, un tiempo inusitado para una huelga. Atrás habían quedado los aplastamientos rápidos y fulminantes hacia cualquier disidencia e “indisciplina” estudiantil.

Aunque hay que tomar en cuenta que eran tiempos de recambio electoral y eso influyó en la “permisividad” hacia los huelguistas; ahora el gobierno tenía que hacer cálculos políticos y sociales de los costos que tendría que asumir con una represión a la “antigüita”. Finalmente entró la Policía Federal a las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero se tuvo que hacer un plebiscito – para buscar legitimidad- y la entrada fue televisada para asegurar que el trato a los estudiantes era “respetuoso” y no había abusos. El espacio público había dejado de ser dominio absoluto e indiscutible del gobierno.

En el año 2000 los mexicanos vivimos la llamada “alternancia” del poder. Vicente Fox Quesada ganó las elecciones presidenciales y con su arribo muchos de los “usos y costumbres” del priismo fueron enterrados definitivamente. Los medios de comunicación alcanzaron la cúspide de la libertad de expresión: caricaturas, entrevistas, notas periodísticas, programas de televisión en donde se parodiaba a los políticos más conocidos –incluido el presidente- y criticas de todo tipo inundaron la esfera pública.

Por otra parte el Zócalo capitalino se encontraba casi permanentemente ocupado por grupos de oposición con demandas concretas. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) quien le había “declarado la guerra al Estado mexicano” y  “supuestamente” para el gobierno era un grupo que estaba fuera de la ley, organizó una caravana para llegar al centro del país, comandado por varios personajes “encapuchados” que finalmente llenaron el Zócalo capitalino y regresaron sin mayor problema.

Uno de los pocos logros del gobierno foxista, la tan traída y llevada “transparencia” que tuvo su forma concreta en el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI)  y que ahora cambió el nombre a Instituto Nacional de Información (INAI), no tuvo la fuerza que se había planeado y hubo casos en los que los comisionados no actuaron de manera clara y transparente.

Gracias a una infinidad de trabajos periodísticos se exhibía ante nuestros ojos la corrupción existente en todos los ámbitos de gobierno. Pero la trasparencia, en lugar de ser una fuente de certeza jurídica, fue un elemento para la frustración, pues los delincuentes – algunos con pruebas contundentes–, integrantes de la llamada clase política –o sus protegidos- nunca cumplen condena alguna e incluso la mayoría ni siquiera son formalmente acusados.

La crisis de la democracia empezó a manifestarse porque aunque se había ganado mucho con la apertura, no era suficiente para cambiar la relación del poder público y los ciudadanos. De nada sirvieron las denuncias, las manifestaciones, los plantones, pues la separación entre la clase política y los ciudadanos no sólo seguía existiendo, sino que se había convertido en una relación perversa. Por un lado se brindaba la información de todas las corruptelas y por el otro, se mandaba la señal: “somos intocables, contra nosotros no pueden hacer nada”. Asunto que comenzó a provocar una profunda desilusión de la ciudadanía.

Uno de los casos más sonados en la época foxista, fue la presentación del escritor Germán Dehesa ante la Procuraduría General de la República (PGR) con una carta firmada por  25 mil personas solicitando que se investigara el origen del patrimonio de Arturo Montiel, ex gobernador del Estado de México; el popular columnista del periódico Reforma declaró: “Me amparo, además, básicamente en un precepto constitucional: todo ciudadano que tenga sospechas fundadas de la posible comisión de un delito tiene la obligación de denunciarlo, o bien, se hará cómplice”. La PGR se negó a iniciar una investigación. (El Universal.10/04/2007)

La ineficacia en el combate a la delincuencia fue el detonante para que una clase social no acostumbrada a la apropiación del espacio público saliera a las calles: la clase media y media alta. El 27 de junio de 2004 se realizó una marcha en contra de la inseguridad, miles de personas  vestidas de blanco, llenaron las calles del centro de la ciudad y llegaron al zócalo capitalino. Los pobres resultados de los gobiernos “democráticos” también han contribuido a la desilusión de los ciudadanos.

El sentimiento se fue materializando en la forma de un fuerte desencanto por el régimen democrático. En esto también influyeron las exageradas expectativas que el candidato Vicente Fox  había promovido. Se tenía que haber sabido que la democracia no era la panacea, sin embargo, la desilusión que se generó se ahondó aún más con las acciones de la clase política.

Una clase política cada vez más alejada de los ciudadanos. Para Bauman “los políticos, son personas que se supone operan profesionalmente dentro del espacio público (allí tienen sus cargos, o más bien denominan “público” al espacio dónde tienen sus cargos), y casi nunca están bien preparados para enfrentar esta invasión de intrusos; y dentro del espacio público, cualquiera que no tenga el tipo de cargo adecuado, y que aparezca allí en una ocasión ni calculada ni preparada y sin invitación, es, por definición, un intruso.” [4]

Luego de las cuestionadas elecciones de 2006, en las que el país entero se polarizó y en las que, otra vez, el fantasma del fraude electoral quedó marcado. En algunos sectores creció el desencanto y la desconfianza hacía el régimen democrático y cundió la idea de que no se dejaría llegar a la izquierda por la vía electoral.

Después vinieron las elecciones de 2012 en las que volvió a ganar la presidencia de la república el Partido Revolucionario Institucional (PRI) con un candidato, a decir de muchos, creado como un producto de marketing televisivo y con una trayectoria meteórica que comenzó con la gubernatura del Estado de México.

Toda la esperanza acumulada durante años en la democracia cae estrepitosamente al mostrar que no sirvió para mejorar la vida de los mexicanos.  Que ahora sabemos más cosas pero es frustrante porque  no pasa nada. A nadie se condena. Nadie renuncia. Han pasado muchas cosas desde las primeras luchas por conquistar el espacio público, la participación política, la pluralidad. Sin embargo, las señales no son buenas para la democracia en México, en todos los ámbitos de la vida pública se perciben regresiones.

Se pensó que bastaría con la democracia electoral para tener una sociedad más justa, nada de eso ha sucedido, hay cada vez más polarización social y la desigualdad es un lastre inaguantable que tiene explosiones en varios lugares y que terminará por ser una bomba gigante que nos explotará a todos.

La representación política se ha convertido en una farsa porque los políticos no representan a los ciudadanos que votan por ellos sino a sus partidos e intereses. En este momento los ciudadanos somos sus rehenes, vivimos a sus expensas, viendo con estupor cada nueva ocurrencia de una clase política insensible y cínica. Estamos entre los gobiernos que no cumplen con el trabajo que les fue encomendado y la delincuencia que en muchas ocasiones está coludida con los políticos.

La democracia en México está desahuciada.

 

Bibliografía:

  • Agustín José. Tragicomedia Mexicana 1. 1991. México. Planeta.
  • Bauman Zygmunt. La globalización, consecuencias humanas. 2009.      México. FCE
  • Carr Barry. La izquierda mexicana a través del siglo XX. 2000. México. Era

[1] Agustín José. Tragicomedia Mexicana 1. 1991. México. Planeta. Pag. 11-12

[2] Agustín José. Tragicomedia Mexicana 1. 1991. México. Planeta. Pag.12

[3] Carr Barry. La izquierda mexicana a través del siglo XX. 2000. México. Era.Pag.194

[4] Bauman Zygmunt. La globalización, consecuencias humanas. 2009. México. FCE-p45

 

 

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