A la cocina le falta el olor y las risas… Le falta la abuela

Por Marcia Chi

 

Foto: Eréndira Negrete

 

Hay días en que la siento pequeña y otros en los que me oprimen, más que sus muebles acomodados, sus utensilios desbordados. Por eso, cada tanto, maldigo este pedazo cuadrado de horrible piso amarillo. Con sus cuatro hileras de ventanas continuas, con sus mosaicos rozas y amarillos, con sus objetos heredados y rotos.

¿A quién se le ocurriría una cocina rosa con amarillo y cuadrada? Cuadrada y chica, muy chica. Pues a ella, a quién más. Una señora española con aires de grandeza, asentada en México, casada con un mexicano, madre de mexicanos pero siempre española, siempre extranjera. Una señora adentrada en el juego de los europeos cariñosos con los indios, curiosos ante las culturas indígenas. Con tanta admiración por una cultura ajena, que le resultaba inevitable desear ser parte de ella.

Así, movida por su fascinación a México, le exigió al marido una cocina estilo mexicana. El marido, como siempre, hizo caso a la voluntad de la mujer de los eternos guantes largos.

La cocina se hizo cuadrada, emulando aquellas que tantas veces habían visto en los pueblitos. Las paredes quedaron con azulejo amarillo. La estructura interna se hizo de piedra y se cubrió con azulejo rosa opaco desde las barras, pasando por el fregadero y hasta llegar a la estufa, una de esas antiguas de gas que responden más como parrillas.

La española altanera tuvo su cocina y le regaló, si saberlo, una guarida a su nuera. Le enseñó cómo preparar los platillos favoritos del hijo y del suegro. Le compró tantas ollas y cuchillos como cupieron.

Ahí se instaló desde su llegada, con 16 años. La nuera aprendió las recetas y memorizó los tiempos. Sin alarmas programadas se hizo cargo de los cabritos, las reses y los cerdos traídos muertos desde el rancho hasta la capital. Al mismo tiempo, entre partos, aprendió de historia, matemáticas, física, química y todo lo que hay que saber para graduarse.

Las tres hijas y el hijo crecieron. La suegra y el suegro murieron y dejó de ser la nuera. Luego el esposo murió joven. Dejó de ser la esposa y se brincó ser viuda para convertirse en la abuela. Nacieron las nietas, luego los nietos. Todos pasaron por la casa y entraron a la guarida rosa y amarilla.

Abrieron el refrigerador blanco, siempre ha sido blanco, infinidad de veces. Probaron de las ollas y cazuelas, azules, negras y grises por tradición. Sólo las mujeres tuvieron el privilegio de  elegir sin les gustaba permanecer ahí, pero ninguna lo quiso. Rompieron vasos y tazas pero nunca aprendieron a lavarlas, prefirieron dejarlas en las profundidades del enorme fregadero.

La abuela se mantuvo sobre la banca fincada a la pared, de rodillas, con los brazos sobre el borde de la ventana, sacando la cabeza, mirando la calle con el cigarro encendido pero intentando alejar el humo.

La abuela ya no fuma su cigarro ni prepara la comida ni mira a todo aquel que va pasando. Ya no se prepara el primer café a las seis de la mañana ni se pasa la tarde lavando platos.

La abuela ya no está pero su guarida sigue, ahora más sola que nunca. Aunque una de las hijas con una de las nietas intenten darle vida por las noches, les falta el olor, los movimientos, las risas, les falta la dueña.

Related posts