El abuelo, su silla y el ocaso en una cocina

Por Daniel Lara Hernández

Foto: Eréndira Negrete

Ron, cigarros, boleros y su longeva silla, superviviente, como él. Esa silla, compañera de mil momentos, brazo amigo, soporte de pensamientos. “Ya tírala, abuelo. Te conseguimos una nueva”, le decíamos.

–Sin mi silla no hay cocina–, respondía él entre risas, de esas risas que son amantes fieles de las mentiras y la obstinación.

Y es que ese espacio no era solo una cocina, ese espacio era un santuario. Ese espacio era su alegría, ese espacio era su pena. Ahí, donde se sentaba a besar la lenta muerte y saborear el elixir de la vida, no era más una cocina, era el encuentro consigo mismo.

Las paredes azulejadas se levantaban como colmenas, del color de la miel. El piso, con frío temple, presumía dichoso las máculas de las batallas cotidianas de un viejo contra su pulso y contra su ceguera. La mesa, que desde que tengo memoria se hallaba siempre cubierta por algún simpático mantel con bordados frutales. Estaba en medio, rodeada marcialmente por sillas que parecían cadetes en formación. Callada. Como resignada a la vida que le tocó vivir. Aguantando sobre su espalda, cual mula, a todo el desfile de platos, utensilios, charolas y vasos que usualmente se hace presente aunque no se utilice, como si la mesa y todo lo que había en ella se estuviera exhibiendo para que algún comprador oportuno aprovechara la ocasión.

Y al centro, el líder de esta orquesta, un sonriente tostador rojo. El más curioso tostador que mis ojos hayan visto, digno de pertenecer al repertorio escenográfico de cualquier obra de teatro.

El refrigerador se hallaba a un costado, y como sacerdote en el confesionario, parecía escuchar todo el tiempo lo que en la cocina se decía. Evidentemente no se trataba de un cofre que al abrirlo mostraba vanidoso su gran fauna culinaria. Su contenido era sencillo, básico, apenas suficiente para un anciano cuya hambre se había ido aboliendo con el paso de los años.

Al frente se hallaba la estufa, de esas estufas que tenían incluido el horno dentro del mismo armatoste. La estufa era fascinante. Siempre me pareció increíble que esa madre sirviera. Esa estufa ahogada en carbón siempre funcionaba. ¡Siempre! Cada que el abuelo la accionaba se ganaba mi respeto.

El horno, como alguien que se encasilló en la amargura y envejeció solo, jamás se usaba. Sin embargo, ese horno tenía personalidad. Una personalidad que solo se adquiere a través del tiempo. De esas que no se cuestionan. Y era tan viejo, pero tan viejo, que parecía que en cualquier momento se iba a erguir e iba a comenzar a contar toda clase de anécdotas y magníficas extravagancias. Soñé con eso alguna vez, y lo cierto es que ese horno resultó ser muy buen consejero.

Por último, estaba el lavabo, que también contaba con su abundante ración de edad. El abuelo tenía por ley el siempre dejar caer un ratito el agua para que ésta se calentase y pudiese lavar sus trastes. El lavabo era pequeño y, por más que a uno constantemente le vendan la idea del supuesto “acero inoxidable, a prueba de todo”, se podían ver diversas colonias de óxido en la búsqueda de nuevos territorios para conquistar.

Y así, el abuelo y su añosa cocina coexistían en perfecta resonancia. Se entendían. Juntos demostraban que los defectos del primero eran solventados por las virtudes del segundo.

Recuerdo siempre esa imagen. Él, sostenido por su inmortal base, con los brazos sobre su mula, a un lado del sacerdote, en frente del consejero y dentro de la colmena. Mirándonos. Yo con los ojos, él con el alma. Su rostro, rodeado por las caricias del humo, que se camuflajeaba con su blanca barba y bigote, parecía congelarse en ocasiones, y su mente parecía surcar los cielos y volar entre los aires de sus eternos recuerdos.

Siempre él, haciendo fila para esas escaleras sin retorno. Siempre él, dentro de la atmósfera pajiza de su vieja cocina.

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