Por Argel Jiménez
La pequeña cancha improvisada de fútbol se encuentra resguardada de cualquier flujo vehicular. La delimitan, por un lado, una hilera de negocios, una tienda, una papelería y tres locales esperando a que alguien los ocupe. Por el otro lado una jardinera grande protegida por un barandal y edificios de una Unidad Habitacional.
El terreno de juego mide cuatro por quince metros, es la cancha oficial de todos los niños que viven por la zona, cuando deja de serlo, es un pasillo medianamente transitado.
Es un barrio como cualquiera de clase baja. Las tareas escolares se hacen con cierta velocidad. La mayoría de esos escuincles salen de la escuela a las 12:30 del mediodía. Les toma tres horas hacer la tarea, comer y ver una que otra caricatura en la tele.
Los gritos hechos por esos rapaces, gritándoles a otros, alertan a los demás vecinos que en la cancha improvisada pronto se darán pases de fantasía, patadas en los tobillos y cañonazos a los negocios.
“¡Pedro! ¿Vas a salir a jugar?” “Sí”, contesta. “¡Mauro! ¿Vas a jugar la ‘cascarita’”? “Sí”, devuelve el grito. “¡Dile a tu hermano que también salga!” “¡Antonio! ¿Vas a echar la reta?” “En quince minutos bajo”, responde.
Esta acción se repite con varios amigos más, mientras, uno a uno van saliendo de sus casas. En lo que llegan los demás platican anécdotas escolares, la caricatura de moda o se molestan entre ellos, todo esto bajo una jacaranda vieja que los resguarda de los rayos del sol.
Si otro jugador va pasando a lo lejos con su mamá. Alguno de ellos le grita por su nombre y hace como que le tira un pase suave con la parte interna del pie a un balón imaginario, para que el otro le conteste regresándole el pase, en señal que el juego está por comenzar.
Aquellos niños se preocupan porque, en ese momento, el que tenga el balón no falte al partido, porque sin él no hay diversión.
Reunidos ocho o diez niños empieza el rito de formar los dos equipos, por lo que dos jugadores deben escoger a los demás: “¿Quién escoge?”, dice alguien. El silencio se apodera de todos. Los ahí reunidos buscan zafarse de esa responsabilidad “¡Yo no voy a escoger!”, comenta uno. “¡Yo tampoco!”, dicen otros tres. La desidia hace que se siga con las pláticas y burlas entre ellos.
Quince minutos después, un poco desesperados, vuelven armar los equipos los mismos de siempre. Son los más grandes, van en sexto año de primaria. Los demás son de quinto, cuarto y tercero.
La distribución de los niños resulta equitativa. Los dos equipos se separan. Cada uno se va a la portería que les corresponde, poniendo dos piedras como postes. Empieza la discusión de quién será el portero. El más “vivo” de ellos dice “¡últimas en ponerme!” Los demás dicen la misma frase. El último en decirlo lleva la penitencia de no correr, burlarse al rival y tocar el balón.
Todos hablan del orden táctico que se debe seguir a lo largo del juego, que se resume en lo que los tíos, abuelos y padres vieron en el Mundial de México 1970, con el equipo de Brasil, y que los “meninos” sintetizan en siete palabras: “Vamos a jugar a puro toque brasileño”, paradigma futbolístico que se seguía hasta los años noventa.
No importaba en qué equipo estuvieras. El buen toque, pases exactos y regates eran entonados por cualquiera de los dos equipos.
Los nombres de Pedro, Mauro, Antonio e Israel, eran desplazados por sus apodos, que por respeto nadie menciona delante de sus familiares: “El Gallo”, “El Perico”, “El Jitomate”, “El Niño de Cobre” y “El Cacas” (siempre hay uno con ese sobrenombre en cualquier núcleo de amigos).
El partido empieza, se pacta a cinco goles y una naranjada (Bonafina) por niño. Los dueños de la papelería y la tienda ponen cara de enojo. No es para más. Ya van dos balonazos fuertes a la báscula y un vidrio del mostrador roto de la papelería. El “váyanse a otro lado a jugar” no sirve de nada. El momento más feliz del día ha comenzado. Las destrezas aprendidas en la calle nadie se las guarda.
Los ídolos infantiles salen a flote: Adomaitis, Carlos Pavón, Aguinaga, Biyik, Mohamed y Zague son pronunciados por los jugadores cada que tocan el balón.
El problema del sobrepeso infantil que apenas se vislumbraba en los años noventa hacía que, los eran gordos, se sintieran identificados con el jugador de los Toros Neza. Ese regordete argentino hacia ver que era posible ser un jugador profesional y, a la vez, tener desordenes alimenticios.
Los enojos, groserías y buenas jugadas eran observados por los señores que después de un día laboral salían a ver el partido callejero y a jugar dominó, gritando y elogiando las buenas y malas jugadas.
Las destrezas infantiles eran paradas cuando alguna persona pisaba el terreno de juego. “¡Tiempo!”, gritaba alguno. Todos se tenían que esperar en el lugar donde estaban pasaba la persona y las acciones continuaban.
Ya no querían tener más problemas. El “taponazo” que alguna vez involucró a dos jugadores hizo que el balón saliera rebotado y le pegara directo a una anciana que pasaba cerca, causando el enejo de todas las personas de la tercera edad que vivían ahí.
Los momentos de diversión no estaban exentos de polémica. Si el balón pasaba cerca de la piedra que fungía como poste, era motivo suficiente para que se defendiera el gol o la inexistencia del mismo. La discusión no llegaba a ningún lado, pero alguien recordaba la “vieja regla” de que solo se aceptaban “los goles claros”.
El gol quedaba anulado. El equipo que se vio beneficiado por esa decisión le dice al otro: “¡No sean putos y sigan jugando!” El otro equipo se aguanta. Después venía su desquite con una situación similar.
Los niños de menor edad son los más llevados, llaman por su apodo a los demás o les inventan uno nuevo mientras todos ríen la ocurrencia. “¡Tírale chinguinoso!” “¡No que muy bueno! ¿Para eso saliste a jugar? ¿Para ‘aplacar’ a esos ‘llevados’?” Los niños agraviados les tiran cañonazos al cuerpo, estén o no de porteros. Los balonazos propinados resultan efectivos. ¡Ya no juego!”, dicen enojados mientras se dirigen a su casa.
El sol se oculta poco a poco. Después de cuarenta minutos el partido resulta reñido. Nadie quiere perder. A esta hora del partido los pants y shorts lucen llenos de polvo por las barridas y lances para atajar los tiros. Las playeras y los rostros de los jugadores están empapados de sudor.
Pero el equipo de “Zague”, “C. Pavón” y “Mohamed” resulta el vencedor. Un centro dado por el lado izquierdo de la cancha por parte del niño que admira al 11 de los Toros Neza hace que el portero salga de manera precipitada y deje desmarcado a Zaguinho, que tan solo tiene que dar un toque suave al balón para cantar la victoria.
El equipo ganador festeja la victoria y, de manera inmediata, cobra las naranjadas a sus contrincantes. El equipo perdedor se recrimina sus errores y desembolsan el dinero. Los ganadores comparten la bebida excesivamente azucarada con los derrotados.
Todos se sientan fuera de la tienda a platicar las jugadas falladas, acertadas y chuscas, mientras el sudor se va secando en la cara de los jugadores, dejando hilos de sudor color negro en la piel.
Los gritos de las mamás se empiezan a escuchar para que los jugadores retornen a sus casas. Varios de ellos engañaron a sus progenitoras diciendo que ya habían terminado la tarea. Todos se despiden, poniendo como cita el día siguiente para jugar la revancha.
Hoy en día esa cancha está en desuso. Ahora, ese espacio es utilizado por adolescentes y adultos para drogarse. A los más chicos no les queda más que jugar partidos de futbol en la comodidad de su sillón.
Pero quizá en alguna otra cancha callejera, los niños que gustan del fútbol ofensivo ahora dirán: “¡Vamos a jugar a puro toque catalán!”