Iguala: El silencio del Ejército y la tibieza del comandante supremo

Por Rivelino Rueda

Foto: Edgar López

“—¿Sabe usted que aquí, en este campo militar,

hay varias clases de detenidos?

—contestó Ranmel después de un momento, despacio–.

En un piso están a los que nada más se les interroga

y se les incomunica.

Pero en otro piso están

los que oficialmente son desaparecidos,

aunque no para el ejército.

O sea que ya nadie de afuera puede intervenir;

sólo el ejército determina qué hacer con ellos”.

Carlos Montemayor/Guerra en el paraíso

 

27 de septiembre, Acapulco

Pie de la Cuesta tiene de nuevo una de sus más espectaculares puestas de sol. Hacia ahí van tres helicópteros verdes, hacia el mar abierto, en donde a las 17:18 horas el horizonte hace el psstttt con el mar.

Hace unos días el “gober” de izquierda dijo que “los ayotzinapos” le dan una mala imagen al estado, sobre todo a ese centro turístico.

Ahí, detrás del horizonte azul y del sol naranja se escribió uno de los capítulos más indignantes de la historia de México, en los setentas, en la llamada “guerra sucia”. Hacia ahí van esos fierros con alas.

****

8 de octubre, Ciudad de México

Son todavía unos niños. Avanzan sobre Paseo de la Reforma sin miedos y con la rabia a cuestas. No pasa desapercibido el bigotillo ralo, apenas incipiente sobre sus labios. Los recientes hoyuelos del acné delatan sus edades. Los peinados son los mismos de sus ídolos, en la música o en el futbol.

Son unos niños que denotan en sus ojos y en las escasas sonrisas la predisposición al desmadre y al compañerismo. Son pobres y la mayoría de ellos son de origen indígena o campesino.

Hay rabia y tristeza en su semblante, no es para menos. Los chiquillos que estrenan su incipiente adolescencia, de la manera más desgarradora posible, se desahogan al lanzar sus consignas, sobre todo esa que retumba en los edificios de este histórico andador de la capital del país: “¡A las rurales normales, las quieren desaparecer/ Nosotros con lucha y sangre/ Las  vamos a defender!”

Pero hoy, a 12 días del salvaje asesinato de tres de sus compas, en Iguala, Guerrero, y de la desaparición de otros 43, supuestamente por la policía municipal y por miembros de la organización criminal “Guerreros Unidos”, con la anuencia de las autoridades guerrerenses, los muchachos de la Normal Rural de Ayotzinapa también marchan con la historia.

*****

26 de septiembre, Iguala

Atrás dejan los cuerpos de dos compañeros muertos y de varios más heridos. Las calles del municipio guerrerense, donde supuestamente se forjó la patria en 1821, son escenario de la cacería de estudiantes, o todo lo que parezca serlo. La fotografía de uno de ellos da la vuelta al mundo, tendido en el suelo, con el rostro desprendido y los ojos arrancados, como si un animal salvaje lo hubiera atacado.

Los alumnos de primer ingreso de la Normal Rural de Ayotzinapa, los niños pobres, casi todos rapados por la “novatada” de hace unas semanas, corren para ponerse a salvo de las balas y de ser capturados, en la espeluznante noche de Iguala del 26 de septiembre.

Algunos llegan con compañeros heridos a pequeños hospitales privados del municipio. Hasta ahí también llegan militares. El único aliciente que les recetan los soldados en esas horas de miedo e impotencia es: “¡Se lo tienen bien merecido!”

****

4 de octubre, Pueblo Viejo, Iguala

En la fotografía se observa la vegetación espesa, el camino de terracería estrecho, camionetas blancas de la policía ministerial estatal y al menos cinco soldados con chalecos antibalas, rifles de alto poder y dos de ellos con el rostro cubierto.

La primera fosa clandestina es encontrada a las afueras de Iguala. Las autoridades argumentan que el dato lo dio un policía municipal detenido, mientras otros oficiales ya van soltando datos respecto a la entrega de los 43 normalistas desaparecidos al grupo criminal “Guerreros Unidos”.

Horas antes, la organización civil @solociudadanos anota en su cuenta de Twitter que habitantes y maestros de poblados cercanos a esa cabecera municipal han denunciado que camionetas sin siglas habían realizado “levantones”, en días pasados y durante la noche, de indigentes e indígenas de esas localidades.

Zozobra y rabia se acumula. Ayotzinapa, Iguala, Guerrero y México están en la boca del mundo. Bueno, para ser precisos, no México, sino sus gobernantes, su clase política, sus instituciones.

La historia se repite dos décadas después. Ayer el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y hoy las “reformas estructurales”. Ayer el levantamiento indígena en Chiapas, hoy la masacre y desaparición de estudiantes normalistas en Guerrero. Dos de los estados con los más altos índices de pobreza colocan al país en su propia realidad.

Nadie habla del Ejército y el Ejército guarda silencio, a pesar de que ya está plenamente acreditado que es un asunto en el que está involucrada la delincuencia organizada y cárteles del narcotráfico.

****

6 de octubre, Ciudad de México

Han pasado diez días de los salvajes hechos en Iguala. El escándalo está fuera de control para el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, también comandante supremo de las Fuerzas Armadas.

Los medios internacionales, que hace unas semanas hablaban del “momento mexicano” y del “presidente reformista”, hoy publican el horror que viven diversas zonas del país, pero que se destapó de la manera más ruin en Guerrero.

El jefe del Ejecutivo federal es preparado para el mensaje. Palacio Nacional es el escenario del anuncio. La Presidencia de la República echa mano, una vez más, de un enlace en cadena nacional.

Peña Nieto luce firme, indignado, abrumado por los acontecimientos, aunque la línea discusiva del mensaje no va más allá de la repetición de frases de sus antecesores en estas tragedias, sobre todo cuando aparecen acusaciones de “crímenes de lesa humanidad” o “crimen de Estado”.

Lo mismo sucedió en Acteal, Chiapas; Aguas Blancas, Guerrero; El Charco, Guerrero; El Bosque, Chiapas; en la Guardería ABC, en Hermosillo, Sonora, y recientemente en Tlatlaya, Estado de México.

El presidente señala con la mandíbula apretada, el ceño fruncido y el semblante apesadumbrado, corbata y traje negros de por medio: “No cabe el mínimo resquicio de impunidad”. “Los hechos de violencia en Iguala son indignantes, dolorosos e inaceptables”. “Me encuentro profundamente indignado y consternado ente la información que ha venido dándose”.

En esas horas ya está más que documentada la participación de policías municipales de Iguala en los hechos; de las omisiones de la Procuraduría General de la República (PGR), de la Secretaría de Gobernación y del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen), quienes sabían de los nexos del alcalde perredista, José Luis Abarca, con el crimen organizado, y de la inacción e inmovilismo de las policías estatal y federal.

Como siempre, ni una palabra sobre el Ejército.

Es el tema tabú desde el sexenio pasado, a pesar de que los gobiernos de Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto lo han utilizado como la columna vertebral de la guerra contra el narcotráfico…A pesar de que días antes se reconoció la participación de elementos castrenses en el fusilamiento de 22 presuntos delincuentes en Tlatlaya, Estado de México, el pasado 30 de junio.

Related posts