Por Alberto Erazo Castro
He aquí un ejercicio de memoria histórica que debería avergonzar a cuantos se precian de civilizados, aunque ya sabemos que la civilización, como la virtud, suele ser un lujo que los poderosos se conceden únicamente cuando no les estorba para sus fechorías.
Ustedes, quienes esto leen con esa mezcla de hastío y curiosidad que produce contemplar el eterno espectáculo de la crueldad humana, saben bien que no hay nada nuevo bajo el sol, pero también saben que la repetición de la infamia no la hace menos infame, la vuelve todavía más execrable.
Desde la atalaya de los clásicos, donde Quevedo escupía sus denuestos contra la vanidad y San Agustín lloraba la injusticia de este valle de lágrimas, hemos de mirar con ojo clínico esa criatura política que llaman Estado de Israel, no para condenarlo sin más, Dios sabe que hay condenas suficientes, sino para entenderlo como el tumor maligno que es, una neoplasia en el cuerpo de Oriente Próximo que ha ido extendiendo sus metástasis desde aquel fatídico 1948.
Porque, si algo nos enseña la historia, esa vieja maestra de la que nadie aprende, es que los Estados que nacen del terrorismo raramente producen otra cosa que terrorismo. Es la ley de la siembra y la cosecha, ese principio teológico que los progresistas desdeñan, pero que la realidad se encarga de confirmar una y otra vez.
¿Qué decir de la nómina de gobernantes israelíes que desfila ante nuestros ojos como una procesión de fantasmas? Diez de los trece primeros ministros israelíes, actuaron en organizaciones armadas o consideradas terroristas antes de ocupar el cargo.
Aquí aparecen David Ben-Gurion, Moshe Sharett, Levi Eshkol, Golda Meir, Yitzhak Rabin, Shimon Peres, Menachem Begin, Yitzhak Shamir, Benjamin Netanyahu, Ehud Barak, Ariel Sharon y Ehud Olmert.
Son nombres que resuenan en los anales de la historia contemporánea como los de unos señores feudales que, habiendo obtenido el poder mediante la violencia, lo ejercieron con la misma saña con que lo conquistaron. Pero no nos desviemos en la enumeración, que un catálogo de acusaciones tan extenso termina por hacerse tedioso.
Tomemos a David Ben-Gurion, ese primer ministro fundacional que organizó la Haganah, organización militar judía que terminaría vinculada al nacimiento del actual Ejército de Defensa de Israel.
Hay quien lo venera como padre de la patria, como si la patria se engendrara con bombas y no con pactos. El propio Ben-Gurion, según distintas fuentes, defendió la denominada «transferencia obligatoria» de los árabes con una franqueza que hoy sería presentada como un discurso de odio si no fuera porque los discursos de odio suelen castigarse de manera selectiva.
«No veo en ello nada inmoral», dijo, «los árabes tendrán que irse, pero se necesita un momento oportuno para hacerlo realidad, como una guerra». ¿Acaso alguien con dos dedos de frente puede llamar a esto otra cosa que un ideario de expulsión?
¿Y qué decir de Menachem Begin, ese líder del Irgún que en 1946 estuvo detrás del atentado contra el Hotel Rey David de Jerusalén, que dejó 91 muertos según las cifras generalmente aceptadas? Begin recibió el Premio Nobel de la Paz en 1978.
¿No resulta conmovedora esa fe ingenua en el progreso de las instituciones internacionales? Pero no nos rasguemos las vestiduras, que la humanidad tiene una capacidad infinita para la esquizofrenia moral: conceder el Nobel de la Paz a un hombre que había encabezado una organización armada es como conceder el Premio de Cocina a un carnicero. Así funciona el mundo.
Ariel Sharon, ese otro personaje de novela picaresca que fue general y primer ministro, tiene en su haber la tragedia de Sabra y Shatila, aquella matanza de septiembre de 1982 en la que milicianos de las Falanges Libanesas asesinaron a cientos de civiles palestinos en los campamentos de refugiados.
Una comisión de investigación israelí concluyó que las milicias libanesas fueron responsables directas de las muertes y atribuyó a Sharon responsabilidad personal por no haber impedido el derramamiento de sangre, lo que finalmente llevó a su salida del Ministerio de Defensa.
Gabriel García Márquez, ese colombiano que algo sabía de realismo mágico y de muerte, escribió en 1982 que, si existiera el Premio Nobel de la Muerte, ese año lo tendrían asegurado Menachem Begin y Ariel Sharon. Y no, no es una hipérbole literaria; es una muestra del tono con que determinados contemporáneos juzgaron aquellos acontecimientos.
Pero no nos quedemos en el anecdotario biográfico, que eso sería propio de periodistas de sucesos y no de quien esto escribe desde la altura de los clásicos.
Hay que ir a la raíz del mal, a esa ideología que llaman sionismo y que, constituye la herejía moderna de convertir un credo religioso, el judaísmo, en un proyecto de colonización territorial con pretensiones teocráticas. Porque, digámoslo sin ambages, el sionismo sería, desde esta perspectiva, la transformación de la fe en frontera, de la promesa divina en título de propiedad y del libro sagrado en escritura de compraventa.
El Estado de Israel nace contemporáneamente, ¿me permiten esta redundancia enfática?, con una finalidad que comentamos, en la que describe como disociadora y genocida: «Practicando su opresión y genocidio hacia un enemigo étnico al que exterminar como razón de ser de su existencia. En eso consiste el sionismo».
Ustedes, que han leído a Chesterton, sabrán que el nacionalismo puede convertirse en una forma de idolatría, y el sionismo sería, la idolatría de un territorio con la particularidad de que ese territorio estaba ya habitado por otros seres humanos, esos árabes palestinos que, como los pueblos indígenas de América en otros momentos de la historia, resultaron ser un obstáculo para el proyecto de quienes pretendían apropiarse de sus tierras.
He aquí una paradoja que merece ser contemplada con la distancia del entomólogo que examina un bicho repugnante: el pueblo que sufrió el Holocausto, esa abominación que ningún hombre de bien puede olvidar, se convierte, en perpetrador de un holocausto contra otro pueblo.
Y no me vengan con que no es lo mismo, porque para las víctimas de las bombas, los bombardeos no distinguen entre calibres éticos. Para el niño palestino que muere bajo los escombros de su casa, la retórica del «derecho a existir» suena a cinismo puro, como suena a cinismo la teodicea para quien acaba de perder a su hijo en un terremoto.
«La comunidad internacional», esa entelequia que tanto gusta a los políticos para no hacer nada, ha sido, como bien se señala al principio de este escrito, la cómplice silenciosa de esta empresa de exterminio.
Desde 1948, año de la creación del Estado de Israel, el mundo ha mirado hacia otro lado ante cada una de las innumerables agresiones contra Palestina. Esto no es decir nada nuevo, es decir lo de siempre, lo que ya sabemos y aceptamos con ese conformismo del que se alimentan los imperios.
Fíjense en el plan de paz de Donald Trump, ese que llamaron «el acuerdo del siglo» con la misma desfachatez con que se habla de «llevar democracia» a una invasión.
Pues bien, este plan, como todos los demás, consistía, en fragmentar Palestina hasta reducirla a la nada social y política: un Estado palestino compuesto por piezas de un rompecabezas sin conexión, con corredores subterráneos que no comprometan la seguridad israelí, como si los palestinos fueran topos y como si su dignidad pudiera circular por túneles, y con Jerusalén como capital exclusiva del Estado sionista. Para la paz de los cementerios palestinos, naturalmente.
Israel desde el año 1948 comenzó con su expansión y ocupación ilegal de los territorios palestinos y hoy en día sigue con la misma política. No hay cosa más sencilla para entender la conducta de Israel desde su fundación que lo que he expuesto anteriormente. Es así de sencillo, pero la sencillez es lo que más cuesta aceptar a las mentes complicadas que prefieren los laberintos de la diplomacia a las verdades del sentido común.
Si trasladamos estos actos a la perspectiva de la psicología humana, y aquí me permito un inciso sobre el alma, esa realidad que la psicología moderna ha olvidado, solo podemos llegar a la triste conclusión de que un pueblo que, se erigió desde el odio, la xenofobia, el rencor, la venganza y el manejo de su población por grupos terroristas, solo puede producir un Estado que pretenda legitimar sus invasiones y la ocupación de las tierras palestinas.
No es un juicio moral, es una constatación patológica, como quien dice que un paciente con gangrena no puede producir más que pus.
Casi el 90% de ellos gobernaron Israel bajo la perspectiva de una visión terrorista, xenófoba y de odio para el desalojo y ocupación de las tierras de los árabes y palestinos.
Este es el dato que debería hacer reflexionar a quienes todavía creen que Israel es una democracia normal, una más entre las naciones del mundo. Porque, ¿qué democracia normal tendría como dirigentes a antiguos miembros de organizaciones armadas? ¿Qué democracia normal fundamentaría su existencia en el desalojo de sus habitantes originarios? ¿Qué democracia normal celebraría como héroes a quienes participaron en atentados y campañas militares contra civiles?
Pero no nos engañemos con la palabra democracia, que las palabras, como los hombres, pueden ser prostituidas. Israel es una teocracia encubierta, un Estado confesional que se viste con el traje de la democracia occidental para poder participar en el club de los respetables. Como bien se señala, un Estado que presume de democrático, se fundamenta en los relatos bíblicos del Antiguo Testamento, algo más propio de una teocracia que de una supuesta democracia.
La Nakba de 1948, esa gran catástrofe que los palestinos conmemoran y el mundo prefiere olvidar, fue el principio de todo. Cientos de miles de palestinos expulsados de sus tierras, aldeas enteras arrasadas, una población que huía ante el avance de las milicias sionistas como huye el ganado ante el lobo.
Desde entonces, la política de Israel ha sido presentada por sus críticos como una estrategia destinada a reducir Palestina a la nada, una operación de exterminio que ha ido extirpando territorio, esperanza y vida.
Y ahora, en el siglo XXI, asistimos al asalto final: la Franja de Gaza convertida en un campo de concentración a cielo abierto. No exagero, que Dios me perdone por la comparación, pero es lo que es. Bombardeos que no distinguen entre combatientes y civiles, niños que mueren bajo las bombas mientras el mundo discute protocolos y resoluciones de la ONU.
Es, para decirlo sin eufemismos, un genocidio en cámara lenta o, mejor dicho, en cámara rápida, porque las imágenes que nos llegan de Gaza son tan atroces que apenas podemos mirarlas.
“Hago un llamamiento a todos los elementos responsables de la comunidad internacional a no apresurarse a reconocer a Palestina como gobierno que jamás forma parte”, dijo Netanyahu en 2014. Y el mundo le hizo caso. Porque, ¿quién va a contrariar a Israel, ese pequeño país que tiene el poder de los Estados Unidos en el bolsillo y la impunidad como escudo?
Llegados a este punto, no me queda sino concluir con la única verdad que merece ser dicha: “Igual que existen virus y enfermedades infectocontagiosas incompatibles con la vida humana, la Israel sionista es absolutamente incompatible con la existencia de vida humana en Palestina.”
Esta es la sentencia que subyace en este escrito, la frase que debería grabarse en letras de fuego en la conciencia de quienes aún dudan.
Pero no nos dejemos vencer por el pesimismo, que el pesimismo es el opio de los intelectualoides y la coartada de los cobardes. Mientras esta situación siga perpetuándose, a Palestina y a los palestinos solo les queda la resistencia y la solidaridad del resto de pueblos del mundo.
Esa es la única esperanza, la que no depende de los gobiernos ni de los acuerdos internacionales, sino de la conciencia de los pueblos, de esa comunión de los santos que une a todos los que luchan contra la injusticia.
Fuentes:
- Institute for Palestine Studies — Heading these Zionist gangs were men who, in later years, became prime ministers of Israel, such as David Ben-Gurion, Menahem Begin and Yitzhak Shamir.
- Brookings Institution — Shamir was a member and senior commander in the Lehi, the most extreme of the Jewish undergrounds under British rule.
- Britannica — Yitzhak Rabin joined the Palmach, the commando unit of the Haganah… During the first Arab-Israeli war (1948–49), he directed operations in and around Jerusalem.
- Britannica — Ehud Barak led a raid into Lebanon in 1973 that assassinated three Palestinian leaders… Benjamin Netanyahu served under Barak in Sayeret Matkal.
- Benny Morris, Righteous Victims (cita reproducida en Jewish Virtual Library) — “With compulsory transfer we [would] have a vast area [for settlement]… I support compulsory transfer. I don’t see anything immoral in it.” (1937)
- The Guardian — “Ninety-one people were killed… Thirty-one years later, Menachem Begin, who had led the Irgun at the time, became prime minister of Israel. The following year, he received the Nobel Peace Prize.”
- Comisión Kahan (1983), citada en Britannica — Held Sharon “personally responsible” for the massacre… Sharon was eventually forced to resign from his post on 14 February 1983.
- Al Jazeera — Between 1,300 and 3,500 civilians were killed by the Lebanese Forces… supported by the Israel Defense Forces (IDF).
- Institute for Palestine Studies — Between 750,000 and one million Palestinians were forced into neighboring countries between 1947 and 1949.
- Al Jazeera — An estimated 15,000 Palestinians were killed, more than 500 villages were decimated, and roughly 750,000 Palestinians displaced.
- Benny Morris, The Birth of the Palestinian Refugee Problem (citado en Jewish Currents) — Documenta expulsiones sistemáticas, pueblo por pueblo.
- Ilan Pappé, The Ethnic Cleansing of Palestine (citado en Jadaliyya) — Describe el Plan Dalet como plan operativo de limpieza étnica.
- Jewish Virtual Library — Netanyahu declaró en 2014 que “no puede haber una situación, bajo ningún acuerdo, en la que renunciemos al control de seguridad del territorio al oeste del río Jordán.”