“El Harris”, una historia más del fracaso de la…

“El Harris”, una historia más del fracaso de la readaptación social en México

 

Por Joana Mayen Guerrero

Foto: Edgar López (Archivo)

¿Cómo puede sobrevivir un hombre, aparentemente rehabilitado, dentro de una sociedad que no está preparada para recibirlo? “El Burro” pasó siete años recluido en una cárcel varonil por el delito de falsificación de billetes. Pero probablemente esto sea lo que menos importe de esta historia.

Transcurría el año de 2008 cuando Jorge, mejor conocido como “Harris” para los conocidos del barrio, y “El Burro”, para los cuates, fue aprehendido en su domicilio.

Una pequeña casa descuidada por los años. La puerta color rojo, un poco opaco por el deterioro. Las paredes del exterior, descarapeladas, quizá por la falta de dinero de los dueños de la casa. Unos hermanos solteros de la tercera edad. Pensionados. Su único familiar es el sobrino.

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En la colonia Miguel Lerdo de Tejada, entre las calles Santo Domingo y San Mateo, en la delegación Azcapotzalco, vivió durante muchos años Jorge, hasta que lo arrestaron.

Entre los vecinos circuló el rumor de que pasaría siete u ocho años en la cárcel. El delito del que se le acusó fue falsificación de billetes. Pero ningún vecino lo pudo confirmar. Probablemente el delito cometido no era tan grave. Jorge, “El Burro”, cumplió su condena en el Reclusorio Norte. A mediados de 2015 fue visto nuevamente por la colonia.

“De nada le sirvió el tiempo en prisión”, me comentó una vecina. [Es una persona que desde que lo conozco se ha dedicado a la mala vida. En varias ocasiones lo he visto estafando a las mujeres. Las que se dejan, claro. ¡Es un vividor! Es un cínico  y se dice que se dedica a otras cosas].

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Jorge, apodado “El Burro”, es un hombre de estatura media. Tiene aproximadamente 45 años. Probablemente aparente más edad de la que tiene. Complexión delgada. Ojos color café oscuro. Conforme pasa el tiempo “El Burro” cada día se ve más demacrado. Aun así, desde que salió de la cárcel, todos en la colonia hablan de él. No por ser buen vecino, sino por la vida tan desvergonzada que lleva.

Todos los vecinos tienen alguna queja de “El Burro”, pero nadie dice nada. Puede que por su condición de ex convicto la sociedad ya no crea en él. Ni él mismo hace el intento para su reinserción social. Desde que conocen a “El Burro” siempre ha sido un sinvergüenza.

Esto aumentó más hace dos años, cuando consiguió su libertad. Pareciera que el tiempo que pasó en prisión lo afectó más. Desde su regreso a la colonia los vecinos especulan que maltrata a sus tíos. Pero de ello no hay pruebas. Sólo un simple rumor.

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Desde hace seis meses los vecinos especulan aún más. Fiestas, alcohol, droga y mujeres adictas albergan en esa casa. La casa pequeña y deteriorada por el tiempo.

Todos notan que “El Burro” no encontró cómo o de plano no quiso readaptarse. Tal vez no tenía el ideal de vivir de manera modesta, pero honrada. Al contrario, hace un par de semanas los ruidos de las sirenas de las patrullas despertaron a su vecina, vehículos oficiales que estaban estacionados enfrente de la casa de “El Burro”.

Era la una de la mañana cuando el ruido ensordecedor de las patrullas provocaron que su vecina se asomara a la ventana. De manera discreta se asomó para ver lo que ocurría. Quizá todos los vecinos se dieron cuenta de lo que sucedió. El ruido de aquella fiesta alocada era evidente. No se podía dormir.

Cualquier esfuerzo era en vano. El ruido se hacía cada vez más fuerte. Gritos. Empujones. Mentadas de madre salían de aquella pequeña casa. ¡Era un cateo!… Sí, un cateo que se realizaba en la casa de “El Burro”.

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Al cabo de un rato, la riña entre los que se encontraban dentro de la casa y los policías cesó. “El Burro”, ya calmado, accedió al cateo de su modesta casa. Uno de los oficiales entró a la vivienda y sacó un paquete envuelto en cinta canela. El bulto tenía aproximadamente 30 centímetros de largo. Era un paquete de droga. Todo era evidente.

El policía, ya con el paquete de droga en la mano, se quedó parado cerca de la puerta de la casa. Dialogó con “El Burro” cerca de 10 minutos. Al cabo de un rato llegaron a un acuerdo. “El Burro” entró a su casa. Fue por su cartera. Sacó dinero y se lo dio al policía para que no se lo llevara detenido.

Entonces, ¿Cómo puede sobrevivir un hombre, aparentemente rehabilitado, dentro de una sociedad para recibirlo? Quizá la reinserción social no existe.

Según las estadísticas, 21 por ciento de la población mexicana tiene algún tipo de antecedente penal. Los presos que son puestos en libertad difícilmente encuentran trabajo. Nadie cree en ellos.

Probablemente este sea el caso de “El Burro”. Nadie cree en él. O tal vez la misma sociedad en la que se desarrolló no fue la mejor. “El Burro” sólo se ha convertido en un delincuente impuesto. Los policías se han convertido en supuestos protectores. Y los vecinos se han convertido en testigos de la corrupción y del pequeño negocio de drogas de “El Burro.

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