Por Rodrigo Corona
Batear en el Yankee Stadium o en el Parque Kukulcán son lujos que pocas personas se pueden dar. Yo no lo he experimentado, pero estoy seguro que logré jugar en un mejor recinto, que se ubica en un fraccionamiento de Mérida, Yucatán.
El Parque “Bancarios” fue para mí y para un grupo de no más de 15 niños un recinto multiusos.
Desde una pista para bicicletas, aprovechando las rampas que tiene, con las cuales podrías sentir la adrenalina más grande que un infante de entre 6 y 8 años podría aspirar, al subirlas o por supuesto bajarlas a velocidades altas, hasta una cancha para jugar futbol, en el arenero, que es de forma rectangular y con un pasamanos en uno de los costados, con la forma exacta de una portería (no sabemos si lo del arenero fue casualidad o fue planeado, pero lo agradecimos con todo nuestro corazón).
El parque lo tenía todo. En él se daban las mejores aventuras de los niños de la Calle 10 A. Incluso, un árbol fungía como el “cuartel” para planear travesuras, todo esto influenciado por la gran imaginación con la que gozábamos en aquella época.
Eran otros tiempos, sin tanta tecnología y con mucho tiempo libre. A falta de celulares, el primer niño que se desocupaba era el encargado de ir de casa en casa a tocar la puerta y el primero pedirle permiso a la mamá de su amigo para posteriormente poder hablar con el susodicho. Qué tiempos.
En mi caso, mi único deber antes de salir a jugar era almorzar y hacer tareas. Todo esto lo tenía que terminar antes de las cinco de la tarde, ya que esa era la hora predilecta para salir, cuando el calor sofocante de Mérida bajaba.
Hicimos de todo en ese parque legendario, que media una cuarta parte de una cancha de futbol profesional.
Incluso fue nuestra cancha de béisbol, en donde estoy seguro inventamos las retas de uno contra uno, las cuales eran lo más entretenido en aquellos tiempos. Podías pasar de ser Fernando Valenzuela a Vinny Castilla en cuestión de segundos.
Lo único que necesitabas era una pelota, un guante, un bate y por supuesto artefactos para usar, como las colchonetas, que la mayoría de las veces fueron nuestras chancletas.
Al parque sólo lo conocíamos por las tardes-noches, por lo que, cuando de casualidad te tocaba pasar por ahí al mediodía, hasta parecía otro. Lo único que podías ver era al limpiador que con su playera azul del PAN (en ese momento era el partido en el poder) y su barre hojas de color anaranjado. Con un palo de madera amarillenta combatía el calor y las hojas que caían de los numerosos árboles. Era el héroe de todos nosotros.
Nuestro parque no tenía canchas de futbol de cemento, ni bancas cómodas (las que existían no tenían respaldo). Era muy pequeño y, cuando jugabas béisbol o futbol, te solías meter en problemas con los vecinos por los bolazos o pelotazos, pero fue el mejor lugar en el cual me gustaba matar mi tiempo. Sin él mi infancia hubiera sido muy aburrida.
Era más entretenido que pasar horas en el X-BOX o navegar por el recién nacido internet; incluso. Le ganó la batalla a otro parque que estaba a sólo calles y que era más grande y contaba con cancha de concreto, en donde se armaban buenas retas.
Es triste darse cuenta que ahora el parque luce abandonado y está en decadencia. Ya no es ocupado para jugar algún deporte o para andar en bicicleta. Muchas de las bancas se han roto y el arenero está infestado de plantas. Definitivamente la forma de matar el tiempo libre de los niños ha cambiado.