Agus y Caro siempre se la han partido por sus cuatro sus hijos

Por Arturo Sanguino García

Foto: Edgar López (Archivo)

Trabajar 13 horas diarias, en un país donde no habla y no entiende el idioma, lejos de su familia siete meses, fue a lo que se enfrentó durante cinco años  un hombre comprometido por darle mejor vida a su esposa e hijos.

Melesio Sanguino Amatitla, originario del pueblo San Nicolás Atlalpan, en Puebla, es el segundo hijo del matrimonio de Amalia y de Samuel. Desde pequeño tuvo que trabajar cuidando animales para ayudar en casa. “Me iba al cerro con mis chivos desde la mañana, para alimentarlos, después los llevaba al río y regresaba en la tarde a casa para comer”, recordó el señor Sanguino.

San Nicolás Atlalpan se encuentra en la sierra de Puebla. La lengua que sus habitantes hablan es el náhuatl. El clima es seco y la oportunidad de trabajo es escasa. Por ello, Amalia y Samuel salían de la comunidad a vender petates, se transportaban caminando o en un burro con el que contaba la familia. Mientras sus padres trabajaban, Isidro y Melesio, al ser los mayores, cuidaban a sus hermanos Placido, Dominga y Nicolás.

Pasado un tiempo, Samuel se vino al entonces Distrito Federal a trabajar en una panadería. Isidro ahora acompañaba a Amalia a vender petates y Melesio cuidaba por completo a sus hermanos. A él  no le gustó acudir a la escuela porque uno de sus maestros le pegaba a los alumnos por no aprender los temas. Por esta razón abandonó sus estudios a muy temprana edad, y prefirió trabajar y cuidar a sus hermanos.

“En una ocasión a mi hermano Placido lo picó un alacrán, estábamos solos. Inmediatamente mis hermanos empezaron a llorar. Yo traté de tranquilizarlos. Tomé el burro y subí a todos a su lomo, lo llevé lo más rápido con una curandera del pueblo y afortunadamente le pudo eliminar el veneno, pero aun así estuvo delicado unos días. Fue un momento difícil”, narró Melesio.

Durante el tiempo que Placido se encontró delicado de salud, Melesio e Isidro iban a los pueblos vecinos a vender petates. Caminaban durante dos horas en el cerro para llegar a los mercados. Salían a las cinco de la mañana y regresaban a las siete de la noche. “Comíamos lo que podíamos porque había días que no vendíamos nada. Era difícil regresar a casa sin un peso en la bolsa”, explicó el poblano.

La falta de trabajo y el extrañar a su padre lo obligó a salir de su comunidad a los 16 años de edad. Don Samuel trabajaba en una panadería a espaldas de la Basílica de Guadalupe. El joven Sanguino llegó a la capital del país con ayuda de un tío, mismo que le dio techo para dormir unos días y después lo llevaría con su papá.

Al llegar a la Ciudad de México ya no era conocido como Melesio. Al nacer, el 28 de agosto, día de san Agustín, entonces él adoptó ese nombre. Le gustaba más que el verdadero.

Una vez que se encontró con su padre, Agustín empezó a trabajar de mozo en la panadería. Ya ganaba su propio dinero y eso le causaba emoción. “Ganaba 20 pesos de ese entonces. Era 1976 y dormía en la misma panadería”, remarcó.

Poco a poco se fue adaptando a la Ciudad. En ocasiones visitaba a su familia en Puebla. Su madre lo extrañaba y Agustín lloraba en su camino de regreso. Durante los próximos años fue cambiando de lugares de trabajo. Subió de puesto, de mozo llegó a ser francesero, el encargado de hacer pan blanco.

Fue en una panadería de la Colonia 20 de Noviembre, en la Delegación Gustavo A. Madero, donde cambiaría su vida. Ahí conoció a Carolina, una joven que compraba pan donde él trabajaba. “Conforme empezamos a conocernos, yo le regalaba el pan y Caro me llevaba el desayuno. Me encantaba el arroz con leche que me preparaba”, narró Agustín.

Fue en 1981 cuando la pareja se casó. Esta joven pareja tuvo a su primer hijo, Martín, en 1982, y dos años después nació Guadalupe. En estos años seguía trabajando como panadero, pero como fueron pasando los años ya no le era suficiente su sueldo para sostener a su familia.

Agustín, en 1986, decidió cambiar de trabajo. “Me dediqué al comercio. Busqué un puesto en la Central de Abasto para vender jitomate. Conforme pasaron los años empecé a vender jitomate de bola, guaje y limón”.

Sus hijos crecieron y cuando se encontraban en la secundaria, la familia empezó a vender verduras en un tianguis. Melesio se iba en la mañana a surtir de mercancía, mientras que Carolina, Martín y Guadalupe ponían las tablas del puesto. Llegaba Agustín, acomodaba y se regresaba a la Central para seguir con su negocio. En la tarde él era el encargado de recoger.

En 1997 nació Arturo y las cosas cambiaron, porque los estudios de Martín y Guadalupe complicaron su presencia en el puesto. Carolina ya no podía ir todos los días. Entonces decidieron abandonar el lugar en el tianguis.

“De nuevo el dinero no era suficiente, entonces un conocido me dijo que si me quería ir a Canadá. Arreglé mis papeles y me fui en 1999, mismo año en que nace Jessica, la más pequeña”, comentó Agustín.

“El empleo en Canadá era de obrero. Jornadas de trabajo de 13 horas diarias. Me iba en mayo y regresaba por noviembre. Era fácil que me dieran trabajo porque buscaban a personas de pueblo, porque tenían más experiencia en el campo”, mencionó Agustín.

Al llegar allá no sería fácil, pues la comunicación con su jefe era poca por los idiomas, aunque sus compañeros le explicaban. También se le complicó por la tristeza de extrañar a su familia y por la preocupación, aunque se comunicaban por teléfono.

“Los primeros meses fueron pesados porque no sabía manejar el tractor. No sabía bien las cosas que se debían hacer, cortar la verdura. Me fue difícil sinceramente, pero después conocí a Aurelio y él me enseño todo del trabajo, estoy muy agradecido”, dijo Agustín.

“Lo primero que se hace es poner las semillas, es como una charola con la tierra y en una maquina la metes. Hace los espacios y en un segundo mete 186 semillas en cada cuadrito, después hay que regarla, dejar que crezca en el invernadero y finalmente cortar la fruta”, agregó.

El esfuerzo y la dedicación le permitieron regresar los próximos años. “El patrón”, como él lo llama, lo solicitó de nuevo, pero ahora lo subiría de cargo. Ya tenía gente que mandar.

“Los compañeros que tenían más tiempo no les gustó la idea y me hacía batallar. Aurelio y yo vivíamos en un cuarto, entonces nos protegíamos uno al otro”, remarcó Agus.

“Lo más cansado del trabajo era cortar el producto, porque teníamos que ir sentados en un carrito con cajas adelante para poner la cosecha. Teníamos que ver el tamaño, el color y jalar. El calor adentro del invernadero era mucho y las piernas me dolían después de tres horas o más de estar seleccionando la fruta”, recordó el hombre trabajador.

Fueron cinco temporadas en las que Agustín Sanguino estuvo lejos de casa. Se perdió la infancia de sus dos últimos hijos. Sólo los veía poco tiempo, pues cuando regresaba de Canadá en noviembre iba a vender chamarras a Sonora, junto con sus hermanos. “Caminábamos en las calles todo el día con la ropa en bolsas o en nuestros brazos”, señaló.

“Todo el trabajo de ir a Canadá y Sonora lo hice por mis hijos mayores, para que terminaran su carrera, a ellos sí les gustó la escuela y yo puse todo mi esfuerzo. Cuando ellos se titularon me di cuenta que esos años lejos valieron la pena. Me sentí orgulloso. Es una felicidad enorme y fueron ellos mismos quienes me dijeron que ya no regresara a Canadá, que me quedara para disfrutar a mis otros dos hijos”, exclamó Agustín.

Una vez que regresó a México volvió a la Central de Abastos, lugar donde hoy en día sigue laborando en la bodega J-72.

Jitomate y limón son su mercancía. Sigue poniendo todo su esfuerzo porque se tiene que levantar a las tres de la mañana para ir a trabajar, puesto que sus clientes llegan temprano por la verdura. “Las dificultades en este negocio son los asaltos, porque uno junta su dinero para comprar merca y hay veces que apagan las luces en los pasillos en las madrugadas para que los rateros hagan su trabajo y pues uno salga amolado”, reclamó Agustín.

Melesio Sanguino Amatitla, de 55 años de edad, considera que lo más valioso que tiene es a su familia. No importa lo que tenga hacer o las horas que tenga que trabajar con tal de que ellos estén bien, porque le da gusto ver a la familia que formó junto a su esposa.

“Tenemos un  ingeniero-arquitecto, una licenciada en turismo, un periodista y una joven en la prepa. Son mi mayor orgullo”, finalizó el hombre que admiro, mi padre.

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