Freddy Buendía cumple diez años de vender olor a tinta afuera del Metro CU

Por Agdyz

 

Foto: Cortesía Agdyz

 

Freddy, como le dicen sus amigos, se dedica a vender periódico en un puesto al pie de una de las escaleras del Metro Ciudad Universitaria.
Con mediana estatura, piel morena, una gran panza, ojos pequeños, cabello corto y una voz muy característica, Alfredo Buendía abre su puesto a las 5 de la mañana de lunes a sábado, sin contar días feriados.

Cuando camino hacia las escaleras de esta estación universitaria, me llama la atención su grave voz. “Buen día Seño”, le contestó a una señora que pasaba por ahí. Me acerqué y seguido de desearle un buen día, le pregunté qué tal iniciaba su día.

 

“Pesado, qué te crees… Mis días empiezan a las tres y media de la mañana y terminan a las 12 de la noche. Está pesado. Temprano voy a comprar todo y llego aquí a abrir como a las cinco. Pero ya me acostumbre, llevamos aquí más de diez años”, señaló al puesto de atrás.

–¿Su compadre?

–Sí– se rio. –Mi compadre, mi carnal, mi hermano del alma… El menor de los tres. Yo soy el de en medio. Se llama Beto, Humberto Buendía. A mí me dicen Freddy.

 

***

 

Una motocicleta negra se acercó velozmente. Se bajó un hombre no muy viejo con uniforme de paramédico, debajo de la gruesa chamarra de piel que se quitó rápidamente para ponerla en la parte de atrás en donde estaba el maletín de primeros auxilios.

 

“Ya pasó algo allá arriba…”, dijo Freddy. “Primero llega la moto de auxilio del Metro y después la ambulancia. Una vez, vi como bajaban a un señor en la camilla porque se tropezó por estar ebrio y le atravesó un fierro del brazo al estómago, así, en diagonal”, contó mientras sus manos apoyaban su anécdota.

Llegó la ambulancia. Salieron despavoridos los paramédicos.

 

***

 

“¡Qué tal Don Alfredo! Lo de siempre, por favor”, dijo un señor con prominente nariz y anteojos antiguos.

 

“¡Don Bernardo! Claro que sí, aquí tiene”, dijo Freddy mientras doblaba a la mitad un Récord.

 

“Nos vemos mañana, Don Alfredo, que tenga un buen día…”, dijo mientras se alejaba a paso veloz.

 

“Él es una leyenda del fútbol…”, dijo mientras sonreía agitando sus manos. “El famoso Manolete Hernández… Ahora entrena a los hijos de los que trabajan en la PGR. Va todos los días y me contaba la otra vez que tiene cuatro o cinco grupos de 15 niños de entre 7 y 11 años. Agradable el señor”.

 

***

 

Bajaron los paramédicos con una señora que, acostada en la camilla, gritaba de dolor. La vimos pasar frente a nuestras narices con su tobillo dislocado.

 

“¡Se le zafó el pie!”, dijo Freddy mientras se agarraba la cabeza. “Cada cosa que ve uno aquí… La otra vez se empezó a convulsionar un chavo aquí… ¡Aquí enfrente de nosotros! Y mi hija que es enfermera rápido que le pone un trapo en la boca y lo atendió. Nadie hizo nada y, como fue antes de las escaleras del Metro, ellos no se hacen cargo.

 

***

 

Mientras veíamos cómo se alejaba el “Manolete” Hernández, subiendo ágilmente las escaleras, le pregunté a Freddy qué otras personas pasaban por ahí. “Pues, así famosos… una reportera de Milenio y el que salía con Brozo, este… Javier Aranda”, comentó.

 

***

 

Una señora se acercó y pidió un agua. Pagó con un billete de 500 pesos y Freddy se molestó. “Es bien temprano y no se dan cuenta, pero luego sin cambio… ¿Qué hago?”, y se rio. “Es difícil, pero la verdad es que me encanta mi trabajo… Ver a la gente, platicar. El aroma del periódico, la fresca mañana… Es un placer”.

Related posts