México: el cinismo de la república hereditaria

Por Rivelino Rueda

Cuando de niño, allá por 1980, me deba mucha risa lo que decía el periódico El Heraldo, por cierto, ese diario que siempre llegó puntual a casa de Tía Eloísa. Pero más risa me daban los comentarios en casa. Era la época del presidente José López Portillo y de su familia, quienes nunca aspiraron al poder, pero que siempre aspiraron a hacer el ridículo.

Eran todo un festival los desplantes de Jolopo. Doña Carmen Romano y sus excesos de mujer abandonada; los deseos artísticos de la hermana “Margarita”, mejor conocida como “La Pésima Musa”; la relación extramarital con la “Doctora Alegría” (Rosa Luz Alegría, secretaria de Turismo), o el nombramiento del junior como parte del gabinete.

Para atrás me acuerdo que decían que Luis Echeverría nunca quiso exponer a su familia por el secuestro de su suegro, José Guadalupe Zuno, por la Liga Comunista 23 de Septiembre. Y más atrás lo único que se decía de Gustavo Díaz Ordaz era que su hijo, Alfredo, se había “salido del guacal”, sobre todo porque quiso traer a la Plaza de Toros a The Doors, y porque años después fue uno de los principales organizadores del legendario concierto de Avándaro.

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Nunca antes en la historia de México se había visto tal ambición y descaro de poder. Hoy los gobernantes buscan que la esposa, los primos o los hijos, hereden el bastón de mando.

Ni en las culturas prehispánicas, ni en el conquista española, ni en los dos imperios, ni en la dictadura porfirista, ni en los férreos regímenes del partido de Estado. Nunca, nunca había pasado este cinismo.

Lo curioso de este delicado tema para la enclenque democracia mexicana es que esta lógica se haya exacerbado tras la supuesta alternancia en el poder de 2000, y que los principales promotores de estas prácticas vengan de un partido presuntamente democrático: el Partido Acción Nacional (PAN).

Así es. Las esposas de los dos presidentes de la bochornosa alternancia a la mexicana cayeron inevitablemente en la nostalgia del poder, ya sea por el aliento de sus cónyuges, Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa, o porque desde el poder vieron la oportunidad de perpetuarse.

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Martha Sahagún de Fox sólo fue detenida por una carta de Alfonso Durazo Montaño, secretario particular del ranchero guanajuatense, quien en julio de 2004 renunció a su cargo con el argumento de que “la intención de reeditar el ‘dedazo’ en favor de Marta Sahagún, por parte del presidente Fox, será rechazada por los mexicanos, que han mostrado intolerancia ante las ‘tentaciones dinásticas’”.

Trece años después, Felipe Calderón Hinojosa encontró la fórmula para reelegirse, incluso amenazando a los panistas de renunciar al partido si su esposa no es candidata presidencial.

Y es que Margarita Zavala de Calderón –el supuesto rostro amable de los 100 mil muertos del calderonismo, el de los 20 mil desaparecidos, el del fraude electoral de 2006, el de los negocios con sus cuates—representa la carta más efectiva de un hombre de tentaciones dinásticas para reelegirse.

El mayor cinismo de todo esto es todavía cuestionar vía Twitter la también dinástica decisión del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, de gobernar al lado de su esposa, Rosario Murillo Zambrana, como vicepresidenta de la República de esa nación centroamericana.

El colmo del panista. Exaltar la “larga trayectoria política” de su cónyuge: diputada local en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF), diputada federal y, como primera dama, presidenta del DIF.

En este punto es muy curioso que a Zavala Gómez del Campo no se le haya cuestionado sobre los recursos que ha gastado por concepto de promoción personal, como todos los días los medios convencionales cuestionan a Andrés Manuel López Obrador.

Si uno echa un ojo a la difusión en redes sociales y en entrevistas (a modo) en prensa escrita, radio y televisión, la aspirante panista a la Presidencia de la República ya lleva millones derrochados en las ambiciones de su esposo. ¿Alguien contabiliza eso?

Pero hay casos sublimes, como el de Rafael Moreno Valle, exgobernador de Puebla. Alguien, en alguna ocasión, le dijo que podía ser presidente de México.

Rafael Moreno Valle, a su vez, le dijo a su consorte, Martha Angélica Alonso (otra Marthita) que casualmente podía ser gobernadora de Puebla mientras él habitara en Los Pinos.

“Si Peña pudo con toda la publicidad que le hicieron, tú por qué no”, le dijo alguien que hoy es un millonario vendiendo publicidad de ese personaje a diestra y siniestra. No hay lugar a donde no voltee uno que no esté ese cabello rojizo y relamido del ahijado de la maestra Elba Esther Gordillo.

Pero así es este negocio. Pagan por ocultar los excesos de una figura como Moreno Valle, pero pagan aún más por escudriñar los excesos de López Obrador, ambos con recursos de todos los mexicanos.

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En los comicios del 4 de junio, en donde se renovaron las gubernaturas del Estado de México, Coahuila y Nayarit, así como las 212 alcaldías de Veracruz, estuvo latente el vínculo familiar de los candidatos con gobernantes o exgobernantes.

En la entidad mexiquense, el abanderado del PRI al gobierno del estado, Alfredo del Mazo Maza, es primo del presidente de la República, Enrique Peña Nieto.

No sólo eso. El virtual candidato ganador en estos comicios es originario de la dinastía del llamado grupo Altacomulco de esa entidad, donde también pertenece Peña Nieto.

Su abuelo, Alfredo del Maza Véles, fue gobernador del Estado de México de 1945 a 1961 y ahijado político del creador del grupo Atlacomulco, Isidro Fabela, así como hijo de Alfredo Hilario Isidro del Mazo González (Isidro por obvias razones), mandatario mexiquense de 1981 a 1986. No, no es una novela de Gabriel García Márquez o de Mario Vargas Llosa.

Guillermo Anaya Llamas, candidato a la gubernatura de Coahuila, (quien hoy reclama airadamente su triunfo y exige el “voto por voto” y “casilla por casilla”) es compadre del expresidente Felipe Calderón Hinojosa, mientras que el virtual gobernador electo al gobierno de Nayarit por la alianza PAN-PRD-PT-PRS, Antonio Echeverría García, es hijo del exgobernador de la entidad, Antonio Echeverría Domínguez, y de la senadora albiazul, Martha Elena García Gómez.

En Veracruz, el actual presidente municipal de Boca del Río o Puerto de Veracruz, el panista Miguel Ángel Yunes Márquez, es hijo del gobernador de la entidad, Miguel Ángel Yunes Linares, y hermano del candidato ganador en los comicios de ese municipio del Partido Acción Nacional y senador con licencia, Fernando Yunes Márquez.

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A finales del sexenio de Miguel de la Madrid conviví unos meses con sus hijos Federico y Gerardo en la Universidad La Salle. Su hermano mayor, Enrique, es hoy secretario de Turismo y aspirante presidencial.

Decían que no tenían nada que ver con el poder presidencial pero llegaban en helicópteros al en ese entonces precario estacionamiento de esa institución de educación superior, donde ningún coche podía entrar ni salir. Esto lo cancelaron las autoridades universitarias.

Pero luego vinieron los elementos de Estado Mayor Presidencial, con pistola al cinto, afuera del estacionamiento, afuera de los salones, a unos pasos de ellos, platicando cualquier pendejada, incluso para ir a echar una cascarita a “la cancha de Patriotismo”, donde siempre estaba presente un gran amigo, un hermano del exjefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard Casaubón.

Lo que sí me llenó de rabia fue que mientras observaba casi hipnotizado la enciclopedia “Enciclopedia gráfica de la Revolución Mexicana. Casasola”, de editorial Trillas, que compró mi padre unas semanas atrás, uno de los hijos de Paloma Cordero de De La Madrid haya llevado unas cinco fotografías originales de los Hermanos Casasola al salón de clases.

Sí, las disfuté, pero el hijo del presidente se sacó 10 y yo un enorme ocho.

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Con Carlos Salinas de Gortari todo fue de terciopelo hasta que, al final de su sexenio, salió la “joyita” del “hermano incómodo”, Raúl Salinas. El señor de las siglas TLC y EZLN optó por autoexiliarse para, años después, regresar al plano de la política nacional.

Con palabras como “política ficción” y dos libros que no dicen nada, el gran reformador de México todavía pone a temblar a muchos y dicta más de una columna para los “grandes periodistas del país”.

Ernesto Zedillo optó por encapsular a su familia y no llevarla más allá de lo privado. Pero ya vendrían los “gobiernos de la alternancia”.

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La única ocasión en que un presidente surgido del partido de Estado se quiso salir del libreto establecido fue con Manuel Ávila Camacho, el último mandatario militar después del México postrevolucionario.

Maximino Ávila Camacho jugó en ese entonces el papel que jugó Martha Sahagún de Fox y que hoy juega Margarita Zavala de Calderón, pero el sistema detuvo de tajo las aspiraciones presidenciales del inexperto cachorro de la Revolución y optó por el primer presidente civil después del conflicto armado: Miguel Alemán Valdés.

El presidente-empresario se alineó a las reglas del nuevo pero rancio sistema político mexicano y optó por no alentar a familiares para sucederlo. Bueno, hasta que su hijo, Miguel Alemán Velasco, un “cachorro de la Revolución” y directivo del órgano oficial del partido en el poder, Televisa, se lanzó como político y llegó al gobierno de Veracruz de 1998 a 2004.

También está el caso del máximo cacique de Guerrero en la historia contemporánea del país, Rubén Figueroa Figueroa. El llamado “Tigre de Huitzuco” gobernó esa entidad a sangre y fuego (tras su secuestro por la guerrilla de Lucio Cabañas cuando era senador con licencia y candidato del PRI al gobierno de la entidad), para luego heredar el trono a su hijo, Rubén Figueroa Alcocer, quien dejó la gubernatura tras la masacre de Aguas Blancas, en 1995.

En estos menesteres no puede faltar la izquierda mexicana. El exgobernador de Michoacán, fundador del PRD y tres veces excandidato presidencial, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, le abrió camino a su hijo, Lázaro Cárdenas Batel, para ser el gobernador de una entidad que antes había gobernado su abuelo, el expresidente Lázaro Cárdenas del Río.

Y qué decir del cinismo de los hermanos Moreira en Coahuila. Humberto Moreira (hoy acusando al hermano de haberle hecho un gran fraude electoral), gobernador de ese estado de 2005 a 2011, protegido de todo el aparato priista (incluso para sacarlo de la cárcel en España), y expresidente del PRI, dejó a su hermano Rubén Moreira como su heredero al trono, cual monarquía.

Desde la derecha mexicana fundamentalmente y desde la izquierda mexicana lamentablemente, todos critican estas prácticas cuando pasan en la casa del otro. Unos arremeten en contra del régimen cubano, en donde Fidel Castro heredó el poder a su hermano, Raúl Castro, y otros simplemente hacen mutis.

Y así, México se encuentra de lleno en una república falsa, en una república hereditaria.

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Pero también esto es cierto. Felipe Calderón no ganó en 2006 en su estado natal, Michoacán. Alfredo del Mazo no ganó en su casilla del municipio de Huixquilucan en los comicios del 4 de junio, ganó la panista Josefina Vázquez Mota.

María del Carmen Ramírez García, consorte del gobernador perredista de Tlaxcala en las elecciones de 2004, Alfonso Sánchez Anaya, la llevó la ciudadanía hasta el tercer lugar de la contienda en sus aspiraciones por suceder a su consorte, y a “Marthota”, Martha Elena García (porque la “Marthitita” estaba en Los Pinos), ni siquiera la dejó llegar la población a competir por el PAN a la gubernatura de Nayarit porque era un “descaro” que su esposo  (Antonio Echevarría papá) aún estaba en el cargo.

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Ryszard Kapuściński, desde mi punto de vista uno de los más grandes periodistas de todos los tiempos, junto a Gabriel García Márquez, entregaba en 1987 su libro El Sha, una crónica alucinante sobre el Irán del último monarca de ese país islámico, Mohamed Reza Pahleví.

El gobernante que todo occidente amaba, el heredero del papá, del abuelo, el que ocuparía uno de los mandos medios en el gran negocio del petróleo, el heredero “idiota” (Como se refiró Emilio Azcárraga Vidaurreta a su hijo Emilio Azcárraga Milmo, como se refirió alguna vez Emilio Azcárraga Milmo a su hijo Emilio Azcárraga Jean)…

El que permitiría la civilización de un pueblo a modo: pobre, ignorante, sin los más mínimos insumos de democracia, milenariamente ultrajado, pésimamente educado. A ese hombre se enfocarían las loas de los demócratas, de los letrados, de los que controlan el mundo desde una oficina en cualquier ciudad del primer mundo, a ese hombre que hoy es una calca de muchos políticos mexicanos, a ese hombre y a estos hombres que Kapuściński describió en el subtítulo de este libro: “La desmesura del poder”.

Y así lo narró el maestro polaco:

“Comprenderá muchas cosas quien examine con detenimiento la fotografía de padre e hijo de 1926. En esta fotografía el padre tiene cuarenta y ocho años y el hijo, siete. El contraste entre los dos es chocante desde cualquier punto de vista: la enorme y muy desarrollada silueta del sha padre, que permanece en pie con las manos apoyadas en las caderas y con un rostro severo y despótico, y a su lado, la frágil y menuda silueta del niño, que apenas si alcanza la figura del padre, un niño pálido y tímido que obedientemente ha adoptado la posición de firmes. Visten los dos idénticos uniformes y gorras, llevan iguales zapatos y cinturones y el mismo número de botones: catorce. Esta igualdad en el vestir es una idea del padre, quien quiere que su hijo, a pesar de ser intrínsecamente diferente, se le parezca lo más posible. El hijo intuye ese propósito y, aunque su naturaleza es la de ser débil, vacilante e inseguro de sí mismo, a cualquier precio tratará de adoptar la implacable y despótica personalidad de su padre. A partir de ese momento, en el niño empezarán a desarrollarse y a coexistir dos naturalezas; la suya propia y la copiada, la innata y la del padre, que empezará a asumir gracias a los esfuerzos que se ha propuesto no escatimar. Finalmente, acabará tan dominado por el padre, que, cuando transcurridos largos años que ocupe el trono, repetirá por reflejo condicionado (aunque a menudo también conscientemente) los comportamientos del papá, y hasta en los últimos momentos de su propio reinado invocará la autoridad imperial de aquél”.

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