Su desayuno es “la piedra”

Por Érick Saldívar Rosales

El primero de octubre Roger Waters ofreció un concierto gratuito en la Plaza de la Constitución, mejor conocida como el Zócalo capitalino. Estuve ahí para que se convirtiera en una de mis mejores experiencias vivenciales, sin embargo, ese día otro suceso fue lo que predominó en mi memoria.

Germán, un dealer de la zona centro, me comentó que conocía a alguien encargado de montar los escenarios de concierto, cada que un artista sea citado para exponerse en el Zócalo. Que esa persona podría meterme a zona de prensa sin problema. Accedí y el primero de octubre nos citamos alrededor de las 9 de la mañana. Así que estuvimos puntual por entrada de “Staff” y maquinaria del montado de escenario. Marcamos al sujeto y nos sugirió que regresáramos más tarde, ya que se encontraba muy ocupado.

 

“Pues mientras acompáñame a comprar mi Mary Jane” –-dijo con una sonrisa Germán.

 

Accedí incrédulo, creyendo que sería con un dealer de por su casa. No fue así.

 

Recorrimos todo el centro hasta llegar al Eje 1 Norte, justamente por la entrada del Metro Lagunilla. El tianguis que caracteriza a esa avenida ya estaba a punto de abrir. “Es aquí”, comentó Germán y paramos en seguida.

 

Era una vecindad de color verde pistache (o al menos eso parecía, ya que la estructura estaba muy desgastada). Entramos y un joven de casi 30 años estaba al fondo, con su teléfono en mano.

 

Cuando nos pusimos frente a él, Germán preguntó que si todavía no abrían. El señor contestó que no tardaban, que sólo se despertaran y ya podríamos entrar.

 

No pasaron más de 10 minutos cuando el señor del teléfono abrió aquella puerta blanca descarapelada y todos los olores fétidos escaparon del lugar. Olores como de chicharrón, queso y un predominante olor a marihuana invadían la atmósfera.

 

Al entrar percibimos que un hombre estaba durmiendo en el suelo de la sala. Sólo una cobija color rojo con gris a cuadros lo cubría.

Esperamos otros 10 minutos cuando un joven de entre 25 y 30 años llegó junto con otros dos clientes. Era el que manejaba los “números” del expendio de drogas. Le llamaremos “el señor de cobranza”.

 

“En seguida os atiendo, ¿quién llegó primero?”, preguntó el de cobranza. Así que el señor del teléfono pasó primero.

 

Mientras lo atendía los otros dos clientes y Germán empezaron a platicar. Los otros dos muchachos pintaban de ropa de marca. No parecía que fueran drogadictos… Hablaban como si se conocieran de años, y así fue.

 

De pronto el señor que estaba dormido en medio de la sala se levantó, se talló los ojos y empezó a manosear sobre el lugar alrededor de él. Hasta que encontró su pipa debajo de su almohada. Sacó un encendedor y prendía la pipa. Dejó pasar unos segundos hasta que burbujeara “la piedra” y en seguida lo inhaló. “¡Antes desayuna cabrón!”, remitió Germán. “¡Éste es mi desayuno!” – contestó Don Pablito.

 

Todos soltaron la carcajada y siguieron hablando. “Don Pablito, ¿qué pasó con Juan?” Balbuceando, respondió, “Ese cabrón huyó con casi medio millón y ya no regresó […] Y casi casi cuando se fue, fue cuando nos cayó la PGR, cuando nos decomisaron todo y se llevaron a Gabriel… Por suerte yo me pude pelar”.

 

Nunca se prendió la luz. El lugar sólo era iluminado por la indefensa resolana solar. “Por eso nos cambiamos para acá” –sonrió Don Pablito.

 

El “señor cobranza” subió rápido al primer piso, y cuando bajó, cuatro envases de plástico lo acompañaban. Eran como aquellos donde tu madre guarda los chiles secos. Todos estaban abarrotados de marihuana. Todas de diferentes especies.

 

Después pasó German y pidió 50 pesos de cada producto. Se llevó las cuatros hierbas, un paquete de piedra y otro de coca. Pagó y empezó a platicar con el “señor cobranza”. La casa de ventas de productos ilícitos era administrada por tres personas (al menos las que estaban presentes). El “señor cobranza”, Don Pablito y un señor que se encontraba en el primer piso del hogar. Ese nunca bajó.

 

Germán se despidió de cada uno de ellos y salimos de ese infierno. Al salir al patio de la vecindad un chavo como de 15 años se encontraba tirado inhalando una mona de thiner.

 

Al salir de la vecindad, un chavo a rapa cruzó de frente nuestro. “Ese güey se dedica al secuestro” –comentó Germán.

 

Regresamos al Zócalo y el lugar ya estaba a reventar. Era imposible llegar al lugar donde entraba prensa y el staff. Así que nos resignamos y disfrutamos el concierto.

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