El ruido y la furia: destrucción a todo lo que da

Por Anahí García Jáquez/Radio Gatell

Jefferson, Mississippi. Primeras tres décadas del siglo XX. La familia Compson pertenece al círculo de aristócratas del pueblo donde viven pero, durante el curso de los años, verán cómo su estructura moral y familiar, así como su poder adquisitivo y el respeto de la gente, desaparece lentamente y ante sus ojos sin que nada ni nadie pueda evitarlo.

El ruido y la furia es uno de los trabajos más reconocidos del escritor estadounidense William Faulkner, quien en 1949 se hizo acreedor al Premio Nobel de Literatura y que sitúa esta historia en el sur de Estados Unidos, esa región donde las familias de la alta sociedad viven de su buen nombre, por lo que se esperan conductas y comportamientos intachables de su parte.

Y cuando esto no sucede, la fachada empieza a caer a pedazos. Esto es justamente lo que sucede con los Compson, cuyo núcleo familiar se compone del padre Jason, la madre Caroline, y sus hijos: Quentin, Candace (Caddy), Jason y Benjamin (Benjy). 

Los cuatro son muy diferentes entre sí y tres de ellos son quienes cuentan tanto su historia como la del clan en un capítulo que se le dedica a cada uno. El cuarto capítulo está a cargo de un narrador en tercera persona que todo apunta a que sea Dilsey, la sirvienta de la mansión Compson. El relato abarca tres décadas en la vida de los personajes y es así como el lector se convierte en testigo de su evolución, o, más bien, involución.

Este texto, al estar contado a varias voces, permite que el lector conozca a fondo las personalidades de los hermanos, aun y cuando Caddy no narra ninguno. Tenemos la perspectiva de Benjy, cuya discapacidad intelectual lo ha convertido en la vergüenza de la familia y que sólo es amado y tomado en cuenta por su hermana, por lo que su parte del relato está influenciado por su relación con ella y se basa en la infancia de los hermanos. 

Después viene la historia contada por Quentin, un brillante graduado de Harvard atormentado por sus demonios, que lo van llevando al deterioro de su estado mental y emocional. A continuación Jason toma la voz para hablar sobre cómo se convierte en el sostén moral y económico de la familia, y el último capítulo le pertenece a Dilsey.

El lector se va a encontrar con una trama muy poderosa donde convergen temas fuertes tales como el amor, el odio, el incesto, el robo, el maltrato hacia los vulnerables (por cuestión de discapacidad o de raza), la ruina a nivel individual y familiar, el no estar a la altura de las circunstancias o de las expectativas de otros y hasta dónde nos pueden llevar las obsesiones. 

La forma de ser de los personajes se manifiesta en la manera en que cuentan su historia (la amargura de Jason, la sensibilidad de Quentin, la incapacidad de expresarse de Benji) lo que los convierte en narradores poco confiables ya que su perspectiva es sesgada. 

Y todo ello se complementa con la manera tan elaborada y a la vez tan precisa en la que el autor escribe este libro, donde se siente que las ideas realmente fluyen de la mente de todos ellos, lo cual deriva en un monólogo interno y, a pesar de los flashbacks y de la narración no lineal y, sobre todo, la posibilidad de desconcertar al lector, esta lectura atrapa y no suelta al lector.

El ruido y la furia, además de ser una obra maestra de la literatura universal, es un retrato de la decadencia, la pérdida y la desesperanza, a la vez que desafía al lector, quien se adentrará en las entrañas de los Compson para descubrir qué les pasó, si lo tenían todo. El ruido y la furia. William Faulkner. 1929. Editorial Alfaguara.

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