El Payaso Mugrosín

 

Por Carlos Alonso Chimal Ortiz

Foto: Edgar López (Archivo)

 

Desde que cumplí mi primer año de edad me han hecho fiestas en parques, salones de fiestas, en casa y, ahora pues, ya en bares y restaurantes. Pero en especial cuando rondaba los ocho años a mis padres les dio por festejarme en un salón de fiestas que no recuerdo su nombre.

A mi hermana también le toco vivir esas bonitas experiencias, porque ella cumple el 25 de abril y yo el 1° de mayo. Obviamente nacimos en diferente año, pero nos festejaban a los dos en ese mismo saloncito.

No sé si mis papás se pusieron a hacer cuentas a la hora de querer planear a mi hermana y pensaron que si en tal día, de tal mes, llevaban a cabo sus actos copulatorios, si los planetas conspiraban, podría ser que tal vez naciera por ahí de mi cumpleaños y así se ahorrarían bastante en fiestas, ya que nos las podían juntar.

Pero no obstante de eso, mi madre cumple años el 17 de abril, entonces, pensándolo bien, desde que planearon que iban a tener un hijo, o sea yo, ¿por qué no procurar que nazca por ahí del cumpleaños de mi madre o de mi padre? Y así, si luego tenemos más hijos, pues que todos nazcan por la misma fecha y así matamos cinco o veinte pájaros de un solo tiro.

Bueno, no sé si fue así o no, la cosa es que en ese saloncito, donde nos festejaron aproximadamente cuatro cumpleaños, había una rueda de la fortuna que tenía cuatro carritos donde cabían dos niños desnutridos o un gordo por carrito. Entonces era una ruedita de la fortunita que medía de alto como tres metros, pero para los niños, mis invitados, y los de mi hermana, era algo maravilloso, aunque ahorita es más emocionante subirte al Metrobús, pero éramos niños.

También tenía una mini discoteca, antes se llamaban discotecas, ahora son antros. Entonces en ese mini antrito cabían como ocho niños o enanos y estaba oscuro, con luces de colores y ponían “Ice ice baby” o “Don’t touch this”, que eran las rolas de moda en ese entonces y nos poníamos a rapear por diez minutos, porque nos sacaban para meter otra tanda de niños para disfrutar de esas bellas melodías y danzas ochenteras.

Había dos futbolitos en donde los que disfrutaban eran los invitados de 20 o 30 años. También estaba ese mini carrusel con capacidad para cuatro infantes. Esos carruseles que están oxidados de la parte de abajo y se está medio cayendo el metal que lo recubre. Nada que la vacuna del tétanos no pueda solucionar. Tenía un comedor para los chiquitines, con mesitas y sillitas. Ahí sí cabíamos todos en una sola tanda y los más grandes ya comían en sus sillas o parados, ya que lo más común eran bocadillos o tacos de guisado.

No me acuerdo, pero debió de ser así para no complicarse la existencia. En la parte de atrás había un espacio con sillitas y sillas que estaban todas viendo hacia un pequeño escenario, así es, un escenario en donde todas las fantasías de los niños eran compensadas con la actuación de algún buen payaso, mago, títeres, perritos bailarines o algún espectáculo de los que prometen hacerte pasar una hora de sonrisas y alegrías.

A los lados del escenario había columpios y resbaladillas, para esos chicos medio rebeldes que no se pueden estar en paz en la pinche sillita y necesitan estar de un lado para otro, como si se hubieran metido algo. Entonces estaban los columpios para que, mientras disfrutaban, del espectáculo pues también pudieran andar haciendo otro tipo de actividad, o al menos me imagino que por algo están ahí esos juegos al lado del escenario. No encuentro otra explicación.

Entonces mis padres iban con una o dos semanas de anticipación para apartar el lugar, poner fecha, hora, y todo lo que conlleva la firma del contrato de tan importante evento.

¡Pero ahí!, en esa oficina, también pequeña porque no sé si esa casa que fue adaptada para fiestas infantiles era una casa de enanos o vivían puros niños, pero en esa pequeña oficina, el hombre de cabello largo y canoso, barba de algunas semanas también canosa y de vestimenta fachosa, ese hombre que cerraba los tratos, era el que también sacaba un catálogo de uno de sus pequeños cajones de su pequeño escritorio.

En ese catálogo se encontraban los sueños de la mayoría de la niñez. Había fotografías de todos los personajes y espectáculos que podrían acompañar el evento, claro, con una cantidad extra. Este hombre se pondría en contacto con aquellos personajes y amenizarían la fiesta.

Mis padres contrataron a varios personajes, creo que hasta el mago con perritos french poodle que bailaban sobre una pelota y cruzaban un aro de fuego. Algún año también contrataron al Hombre Araña y otro más a Mickey Mouse con sus amigos, pero al parecer el Hombre Araña, el mago con sus poodles y Mickey y sus cuates estaban muy ocupados por que nunca llegaron.

Minutos antes de la hora del show, el hombre del cabello largo y la barba canosa y con la misma facha, se acercaba a mis padres y les susurraba en silencio. La cara de mi papá se transformaba y la de mi mamá también. Alegaban con ese hombre y sus fachas, que ya ni por ser mi cumpleaños se ponía algo decente.

Entiendo que sudaba y andaba así porque él era el que le daba vuelta al carrusel, en la rueda de la fortuna subía a los niños y les ponía una cadena para evitar que se fueran a caer desde esa altura y le daba vuelta a la misma, luego se iba corriendo para sacar a los niños del antro y meter a los otros y poner el lado “b” del casete con los éxitos de los ochentas, ir por el lazo para amarrar la piñata y moverla para que ningún niño le pueda pegar y otras tantas actividades que realizaba.

–¡Pues ni modo! ¡Pero me va a regresar una parte del dinero porque ese no era el espectáculo que pedimos! ¡Qué poca madre! ¡Pues ni modo que me saque al Hombre Araña de las nalgas ahorita! ¡De dónde chingados saco a los perros bailarines!

Esas eran algunas de las cosas que le gritaba mi papá enfurecido al hombre fachoso y canoso.

No se preocupe. No va a venir Mickey Mouse pero sí habrá espectáculo, de eso me encargo yo.

El hombre del cabello largo siempre decía esas palabras como mirando al infinito, como muy comprometido con su negocio y, sobre todo, para no defraudar a la niñez mexicana que estaba deseosa de un buen show.

Ya estábamos todos ahí sentados frente al escenario y se escuchaba un redoble en una bocina que estaba por ahí colgada y hacia su gloriosa y esperada aparición “¡El Payaso Mugrosín!”

La verdad no sé cómo se llamaba ese payaso pero parecía un payaso que llevaba cuatro días chupando Don Pedro y el sudor ya le había corrido algo del maquillaje. Su traje tenía ya varias zurcidas y estaba deslavado, pero brillaba por tanto uso. Su actuación constaba en pasar al frente a una niña y un niño para competir en quien inflaba más rápido un globo, o quien llevaba más rápido artículos, así como:

–¡Al primero que me traiga un zapato le voy a dar un globo!

Y los papás apoyando a sus hijos se quitaban sus zapatos y se los daban rápidamente para que lo entregaran y ellos ganaran el premio. El Payaso Mugrosín hacia el viejo chiste de que olía el zapato y se desmayaba o se guardaba el billete de 100 mil pesos que tenía a Plutarco Elías Calles y todos reían. Así era su show. Después se despedía y se iba corriendo, argumentando que tenía otras presentaciones.

Todos los niños nos dispersábamos, unos se iban a los juegos, otros a “antrear” y la fila en la rueda de la fortuna ya era larga. Seis niños ya estaban desesperados, pero llegaba corriendo el hombre de la cara brillosa y maquillaje en el cuello… Sí, él era el Payaso Mugrosin y el DJ del antro, el técnico de los juegos mecánicos, el jala piñatas, el dueño del salón y el fabricante de muchas alegrías y sonrisas.

A mis papás les aplicó lo del Payaso Mugrosin las cuatro fiestas infantiles que nos celebraron ahí. No sé si regresaban a ese saloncito porque les agarraban las prisas o porque realmente la pasábamos muy bien ahí.

Después crecimos y ya no éramos de salones, de fiestas infantiles, tal vez ya fiestas en casa o en alguna discoteca o antro, pero lo triste es que hace un par de años pasé por esa calle, por el rumbo de la Carpa Astros, y ya no estaba ese salón de fiestas. Ya era una casa abandonada.

Tenía los vidrios rotos y sus paredes estaban grafiteadas. Por dentro se veía todo roto y lleno de basura. Me paré frente a esa vieja casa y la miré por un rato recordando esos momentos tan felices que pasaba en ese lugar, pero sobre todo recordé al hombre del cabello largo, barba canosa y fachoso. Sí, al original y auténtico: ¡Payaso Mugrosín!

 

 

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