El diablo necesario

Por Natalia Padilla Carpizo

 

Cuando el diablo fue definido por los teólogos como un arcángel caído sin mucho poder de intervención, su figura no producía gran interés, su imagen oscilaba de la teología erudita que intentaba profesar lecciones morales, a las creencias populares y a las supersticiones surgidas de prácticas y tradiciones paganas anteriores al cristianismo. El cristianismo admitía préstamos en los sistemas de creencias populares para adaptarse a las poblaciones mediante el sincretismo, así permanecían como residuos del pasado que se mezclaban con el caudal cristiano.

En Europa los demonios no estaban relacionados directamente con el mal pues a veces se podía actuar sobre ellos para obtener su ayuda. El diablo encarnaba innumerables apariencias en forma de animales con los que los paganos representaban al mal como el perro, el león, la serpiente, el cerdo, el mono, la mosca y el macho cabrío.

En la Edad Media se desarrolló una entidad imaginaria obsesiva alrededor de la imagen demoníaca  que tenía la función de cohesionar una cultura común y de producir un lenguaje simbólico que penetrara en el imaginario colectivo, se consideraba que el diablo era capaz de presentarse bajo todas las formas humanas, disfrazarse de ángel de luz o hablar a través de un ídolo sin manifestar siempre su cara terrible. Los colores con los que solía representarse eran negro, rojo o verde, con cuernos, garras y un gran falo y se consideraba que desprendía un olor sulfuroso, la noche era su reino y los lugares desolados y fríos se asociaban a él. El norte y la izquierda tenían su preferencia ya que pertenecían al lado siniestro del universo. Su madre o abuela era Lillith, su esposa aparecía como una arpía, con sus dos hijas Muerte y Pecado cometió incesto y procreó a los siete vicios cardinales para tentar a los humanos.[1]

En una época de fragmentación política y de tolerancia religiosa frente a las supersticiones heredadas del pasado pagano, la frontera entre el Bien y el Mal aun no estaba definida, el diablo estaba debilitado por la multiplicidad de sus apariencias y su imagen estaba disuelta, todavía no tenía suficiente consistencia, orden ni poder como para desencadenar el efecto persecutor que fue teniendo después. El hombre era capaz de interceder y desafiar al diablo porque aún no alcanzaba la autoridad ni el título de Emperador infernal.

 

Imagen: www.taringa.net
Imagen: www.taringa.net

 

Hasta el siglo XII no ocupaba todo el lugar del miedo y de la angustia, todavía no conquistaba el feudo de las emociones con el que iba a acosar la libertad, los deseos y los actos de los fieles. La lucha del Bien contra el Mal dependía de la buena voluntad y de la astucia de los seres humanos, la intervención divina podía ser desviada por el talento de los hombres. Aún no se perfilaba la ofensiva cristiana destinada a dividir el mundo y el cielo en dos, en buenos y malos, creyentes y herejes.

La figura del diablo desarrolló una relevancia creciente a partir del siglo XIII, la acentuación de sus rasgos negativos y maléficos se percibió a partir del siglo XIV, cuando se planteó en concreto el problema del poder, de la soberanía y de las formas de dependencia. A partir de entonces se le empezó a representar con una estatura superior y con un aspecto más imponente.

“Lucifer creció en el momento en que Europa buscaba una coherencia religiosa e inventaba nuevos sistemas políticos, como preludio a un movimiento que iba a proyectarla fuera de sus fronteras, a la conquista del mundo desde el siglo XV.” [2]

 

Con la invención del diablo y del infierno, la Iglesia y el Estado -el papado y los reinos- consolidaron formas inéditas de control social para monopolizar los beneficios del miedo en su provecho. La imagen del diablo fue calibrada por estrategas procedentes de las elites religiosas y políticas que insertaron la obsesión demoníaca en el núcleo de la vida cotidiana y la utilizaron para impulsar a Europa hacia su expansión con el pretexto de la lucha contra el hereje.

El poder real y eclesiástico preparó la proyección de Occidente fuera de sí mismo en un intento por apropiarse de la alteridad y convertirla en un territorio propio: Las Cruzadas, el descubrimiento de América y la reconquista española.

La figura del diablo ha tenido una gran importancia política y cultural en la conformación de la sociedad occidental, fue imprescindible en la formación de un sistema de obediencia sumamente eficaz capaz de preservar el dominio de los poderosos. El miedo al diablo omnipresente, al infierno y al castigo, sirvió para controlar la libertad, aumentó el poder de la Iglesia y facilitó la tarea de vigilancia y control de la sociedad por parte del Estado.

El diablo era y sigue siendo el símbolo angular de la Iglesia, el instrumento, no de Dios, sino de sus representantes, para subyugar el alma de los hombres y mantenerla atada a la culpa, al sentimiento más rentable.

  • Bibliografía: Muchembled, Robert. Historia del Diablo, Siglos XII-XX. FCE, México, 2004.

[1] Muchembled, Robert. Historia del Diablo, p. 29

[2] Ibid, p. 32

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